Cuando aprendemos a respetarnos a nosotros mismos, también comprendemos que estamos obligados a tolerar y a soportar a los otros: su religión, sus ideas, sus modos y sus inclinaciones sexuales, por muy diferentes que sean de las nuestras; pero no declarativamente, sino de alma.
De profundis. Epístola: in carcere et vinculis, por León Sarcos