La obra de Luis Enrique Martínez García (Gijón, 8 de mayo de 1970), como todo buen libro, tiene muchas lecturas. Tantas como capítulos personales y profesionales ha escrito este entrenador, antes jugador, que acaba de proclamarse campeón de la Champions League con su actual equipo, París Saint-Germain (PSG) , por segundo año consecutivo. Es el vigésimo primer título del considerado hoy mejor técnico de fútbol del mundo. Hombre de carácter desbordante, es precisamente esa forma de ser la que le ha empujado siempre a mirar hacia arriba. Fue un futbolista ambicioso que, criado en la cantera gijonesa de Mareo, siempre soñó con vestir la camiseta de un club grande. Emigró encantado al Real Madrid (1992-96) y luego, cuando ese encanto tornó en frustración y enojo, voló hacia el enemigo y se afilió para siempre al Barcelona (1996-2004). Allí vivió sus años dorados sobre la hierba y fue absorbiendo modos y maneras de comandar un vestuario. Tras colgar las botas, dedicó cuatro años a completar su formación sin descuidar nunca el aspecto físico practicando deportes varios con asiduidad y dureza. Su estreno en un banquillo se produjo en junio de 2008, cuando se puso al mando del filial azulgrana, Barcelona B. El asturiano sustituyó a Pep Guardiola, recién ascendido al primer equipo, y firmó tres campañas que ya permitían vislumbrar una prometedora carrera. Así, llevó a los cachorros azulgranas a Segunda (2009-10), algo que no sucedía desde hacía once años. Y aterrizado en la División de plata, el Barça B finalizó la temporada 2010-11 tercero, la mejor clasificación en toda su historia. Esas buenas sensaciones le hicieron mirar, una vez más, para arriba. Y, sin miedo, dijo adiós y se aventuró a cruzar la frontera. Se plantó en Italia, nombrado entrenador del histórico AS Roma, pero esta segunda experiencia terminó pronto (duró un solo ejercicio, 2001-12) y nada bien. Poco antes del cierre del curso, él mismo comunicó a su jugadores que, pese a tener otro año de contrato, abandonaba la nave romana. Lucho, como le llaman algunos allegados, se tomó otro año sabático, antes de regresar al escaparate. Aceptó la oferta del Celta, donde también completó un único curso. El equipo gallego acabó noveno en la Liga 2013-14, y la imagen que quedó del paso del gijonés por Vigo fueron los sorprendentes entrenamientos dirigidos, cómo no, desde las alturas. En sus primeras semanas como técnico del Celta, Luis Enrique solía subirse a la ladera de un montículo cercano a la Ciudad Deportiva A Madroa para observar mejor la disposición y movimientos de los futbolistas. Buscando mayor comodidad y facilidades, se le ocurrió solicitar el montaje de un andamio a pie de campo para seguir el trabajo táctico y los partidillos con esa perspectiva que él consideraba ideal. Las peculiares imágenes del entrenador en las alturas dieron la vuelta a España. Y la dieron todavía más durante su etapa como entrenador del Barcelona y, sobre todo, como seleccionador de España. En mayo de 2014, se hizo público su fichaje por el Barcelona. Era una apuesta arriesgada y, quizás, definitiva. El asturiano llegaba con el antiguo aval de su buen hacer en el filial azulgrana, pero con las dudas italiana y gallega en los bolsillos. La incertidumbre cayó pronto y con alegre estrépito merced al espectacular triplete (Liga, Copa y Champions) logrado a la primera (2014-15). Ganaría media docena de títulos más antes de cerrar su etapa barcelonesa. En 2018 la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) anunció su nombramiento como seleccionador nacional. Luis Enrique vivió el lustro más difícil tanto en lo futbolístico como en lo vital. En junio de 2019 tuvo que abandonar momentáneamente el cargo debido a la enfermedad de su hija Xana, fallecida poco después, y regresó a finales de año. España cayó eliminada ante Italia en las semifinales de la Eurocopa y en octavos del Mundial 2022 ante Marruecos. A finales de ese mismo año expiró, sin ser renovado, su contrato con la RFEF. No tardó mucho en encontrar nuevo destino. En junio de 2023 afrontó un reto considerable, el del millonario PSG que llevaba buscando un entrenador que le colocase a la altura de su poderío económico. El club galo halló en el español lo que no había encontrado con Blanc, Emery, Tuchel o Pochettino. Luis Enrique recuperó el andamio y desde las alturas aplicó su filosofía de esfuerzo general y obligatorio. Lidió con jugadores de gran calidad pero no demasiado compromiso, supo desde el primer momento lo que quería y, en pos de su objetivo, no le disgustó en absoluto perder a Mbappé, futbolista franquicia y estrella absoluta en su club y en su París natal. El técnico gijonés ha sabido aplicar su método y, a la vez, explotar los recursos casi ilimitados que pone el PSG a su disposición. Tiene a su cargo a 42 personas (analistas de vídeo, médicos, administradores…) y bien que las ha aprovechado.