Ángel Rafael Lombardi Boscán: La pureza que se tiñe de sangre

Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora. Apocalipsis, 8

Simón Bolívar era como mentirosillo. Lo dice un testimonio mesurado y creíble: el del Regente Heredia. Arropado por el bronce y la ideología, una niebla protege sus deslices.

“El Dictador” (Ednodio Quintero) encontró en el año 1813 el amor por la degollina. Hubo un Bolívar antes que un Boves. Aunque la Historia Patria se empecine en blanquear a uno y enlodar al otro.

Cómo seres oscuros y perturbados, la guerra fue para ambos su elemento. Analfabetas emocionales con cerebros programados para suprimir la culpa. Egos inflados en bondades mínimas.

Psicópatas clínicos sin dictamen médico. Locos de atar con una sagacidad incontestable. La Independencia dejó de ser Independencia en 1813 y 1814. Se hizo Holocausto Tropical. Población en Venezuela: 800.000 almas. Homicidios: 200.000 almas.

Desde el barro inventamos la gloria. Criminales devenidos en Héroes. Identidad nacional ungida en sangre. Olvidos convenientes. Memoria reinventada al servicio del Estado y con el Ejército como su principal custodio. Lobotomía social.

El Decreto de Guerra a Muerte (1813) es una efeméride nacional. Los jóvenes en el liceo pudieran pintar cabezas decapitadas del enemigo español colocando sus autorías en el idioma del Don Quijote de la Mancha.

Rufino Blanco Fombona, un bolivariano insobornable, tuvo la sospecha de que al Libertador le resbaló el coco. Eso de separar a los bandos a través del “séptimo sello” es una imbecilidad sin nombre.

Instalado en el inconsciente colectivo venezolano sigue aupando la cotidianidad política desde la negación al opositor. Además, de racista y nazi.

Los únicos que tenían derecho a vivir eran los criollos americanos. Los blancos peninsulares y canarios fueron condenados a muerte “aun siendo indiferentes”.

Sólo que la motivación de fondo apenas es atisbada por los historiadores atrapados en la telaraña mental del matrix independentista.

Un canario menos era aumentar el botín de guerra. Los criollos de la aristocracia a la que perteneció Bolívar nunca se propuso financiar una guerra que no entraba en sus cálculos.

La Independencia tenía que ser un pacto entre la élite colonial desasistida por la Metrópoli (1808). Además, sin sobresaltos. Mucha moderación y cero radicalismos. La experiencia jacobina nunca fue del agrado de los “padres fundadores”.

En Brasil, otro proceso espejo, la Independencia en 1822 preservó la integridad de las elites coloniales. Y apenas hubo violencia. En Venezuela se suicidaron sin siquiera sospecharlo.

El Decreto de Guerra a Muerte proclamado en Trujillo (1813) echó al traste con esa aspiración. Y catapultó en el escenario público de una colonia marginal: una ambición patológica muy al estilo de Robespierre. La pureza que se tiñe de sangre.

DR. A. R. LOMBARDI BOSCAN

@LOMBARDIBOSCAN

Director del Centro de Estudios Históricos de la Universidad del Zulia

Representante de los Profesores ante el Consejo Universitario de LUZ

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Author: Pablo Perez