El juez de silla que sacaba de quicio a Nadal: «El árbitro no puede pensar que tiene la última palabra»

Hubo una vez un primer Nadal – Federer. Fue en Miami, en 2004, y ganó el español, a pesar de que el suizo ya era buena parte de lo que al final llegó a ser. Había adquirido tanta repercusión el duelo que nadie se fijó en el juez de silla, pero ahí estaba Carlos Bernardes, testigo de excepción de este y otros 8.000 partidos sentado en el punto más privilegiado de la pista: la silla del juez. Retirado hace dos años la misma semana que Nadal colgaba la raqueta, habla ahora con ABC en una conversación en la que hay espacio para la nostalgia y las anécdotas sobre discusiones, trucos para ser mejor juez y mejor persona, experiencias y hasta previsiones de futuro para este deporte. -¿Cómo se ve el tenis desde ese punto de la pista? -Es una posición muy especial. No es solo estar en la pista, sino dentro mismo de la pista, dentro del partido; es ser parte del propio tenis. -¿Cómo empezó en esto? -Fue por curiosidad. Era profesor de tenis y me apunté a un torneo. Fue en una Copa Federación (ahora Copa Billie Jean King) en la que había muchas jugadoras top ten. Me quedé encantado porque era una cosa distinta a todo, era ser y formar parte del partido. -Aunque usted sea el juez, ¿le impresionaban aquellos jugadores que veía por televisión como aficionado? -Sí, sí. Era increíble porque son tus ídolos y estás ahí con ellos. Después de tanto tiempo, te das cuenta de la persona que hay detrás, y que son normales. Pero es difícil transmitir lo que sientes porque no es solo ver a tu ídolo tan cerca, o hablar con ella, sino trabajar con él, interactuar con él, eres importante de alguna manera. Es fantástico. Tuve la suerte de conocer a todos estos fenómenos cuando eran niños. Rafa, Novak, Del Potro, Roger. -¿Guarda buena relación ahora? -Sí, muy buena relación con todos. Cuando nos encontramos siempre me tratan muy bien. Con Boris Becker nos sacamos una foto el año pasado porque hacía tiempo que no nos veíamos. Son cosas que te quedan y que son muy bonitas. Antes jugábamos partidillos con los jugadores, o al fútbol. Yo gané un partido en un torneo de Brasil contra unos doblistas que estaban en el cuadro principal. Me acuerdo de irme a cenar tras un torneo de Mallorca en el que Moyà ganó a Tilstrom. Me encontré con Tilstrom y terminamos cenando juntos. Si hoy pasa algo así, se saca una foto y ese árbitro es criticado. -¿Cómo fue encontrarse con algunos de ellos? -Recuerdo un torneo, en San José, en el que había cuatro árbitros: uno hacía de supervisor, otro era el juez de silla y otros dos para las finales. A mí me designaron para las semifinales. Y ahí estaban: Andre Agassi, Jim Courier, Michael Chang y Mario Watson. Ese torneo me abrió muchas puertas porque cada partido es un examen para los árbitros. Para nosotros cada partido es una final, aunque sea una primera ronda o una previa. Ese fue mi mayor examen, pues no hay muchos partidos con estos jugadores con tanto carisma y tan estrellas. -¿Qué características debe tener un buen juez de silla? -La principal, para mí, es que no puedes pensar que tienes la última palabra. Tienes que admitir que cometerás errores. Hay que ser lo más honesto posible cuando hablas con el jugador, cuando le explicas una situación, porque el tenista está en un momento de adrenalina y concentración, y le tienes que hacer entender que también te puedes equivocar. Y la otra característica es la tranquilidad. Puedes estar muy nervioso por dentro, pero tienes que transmitir calma. Si consigues trasladar eso al tenista, todo es más fácil. -Eso no se aprende en una escuela. -No, algunas cosas tienes que trabajarlas desde dentro de ti. El sentido común es difícil de enseñar, y que aprendes con el tiempo, con trabajo, con partidos, conociendo a los jugadores, haciendo errores. Si en un partido cometes un error y continúas pensando en ese error, vas a hacer muchos más. En tenis cada punto es independiente, y cada punto es el más importante. Pasa lo mismo con los jugadores: si hablas de una forma y no funciona, hay que cambiar para la siguiente. -Pero ustedes tienen siempre la última palabra. -Tienes que analizar cada situación y no puedes ir contra las normas, pero hay que aplicar el sentido común. Hay veces que podrías aplicar la norma y ya está, pero quizá primero tienes que esperar un poco, hablar con el jugador antes de castigarlo. O a veces es cuestión de no hablar nada porque ves que el jugador te responde todo el tiempo y no se solucionada nada. Esto lo aprendes con manejando el partido y conociendo a los jugadores. Porque tú has visto a Federer, por ejemplo, muchas veces en la tele, pero no sabes cómo es él en la pista, cómo es contigo. Tienes que ver cómo te habla, si hace preguntas; y para la segunda vez estás más preparado, pero la primera, bufff. Es muy difícil porque nunca sabes cómo va a reaccionar un jugador. Incluso un mismo jugador en diferentes momentos. Y a ellos les pasa lo mismo contigo. -¿Así que también hay que ser un poco psicólogo? -¡Desde luego! La gente no tiene ni idea de la presión que existe en el tenis, para todos. Es entender al jugador, el partido, el juego. El árbitro tiene que tener personalidad a pesar de que esté el reloj. Sé que teníamos muchas críticas por esto, pero era para manejar el partido; te tienes que poner en la piel del jugador. Jugar 60 golpes y un saque directo no es lo mismo. Y hoy todavía es más difícil porque cada error sale mil veces en redes sociales. -¿El mejor árbitro es aquel del que no se habla? -Exacto. Como en el fútbol. Porque a veces los malos entendimientos vienen de no saberse el reglamento. Si el jugador no se sabe bien las normas siempre estará intranquilo porque pensará que nos equivocamos todo el rato. En tenis son solo unas 150 reglas, pero no todos las saben. Y ahí a veces llegan los malos entendidos. -¿Cómo hacen para no menearse de allí durante cuatro o cinco horas, sin ir al baño siquiera? -Podemos ir al baño, ¿eh? Cuando se acaba un set, puedes pedirlo y los jugadores te esperan igual que tú los esperas a ellos. Si son partidos con una adrenalina tan alta como la semifinal entre Alcaraz y Zverev de Australia, o una final, te aseguro que puedes aguantar cuatro, cinco, o diez horas. Porque es algo único, una sensación increíble estar ahí dentro de ese partido con tanto nivel. Es lo más gratificante de tu profesión. En un partido más sencillo, un 6-0 y 6-0 en el que no pasa nada, ahí lo pasas peor aunque dure 20 minutos. Pero en este otro tipo de partidos, sabes cuánto tiempo estás en pista porque hay relojes, pero si los quitaran, no notas las horas que pasan. Entras en una burbuja de adrenalina fantástica para un árbitro. -¿Y no les apetece aplaudir algunos puntos? -A veces tenía que sujetarme las manos. Tenemos el mejor sitio del torneo, estás tan cerca que sientes todo. Sientes el juego, cómo golpea el jugador. Eres parte del juego. Y a veces sí tienes las ganas de dar un aplauso, porque estás con esa misma energía que transmiten, pero no podemos hacerlo, desgraciadamente. -Tendrá anécdotas para escribir cien libros. ¿Tiene un resumen de los mejores? -Nunca había pensado en eso hasta que me retiré. Empiezas a pensar en todos los países, ciudades, estadios, jugadores que has arbitrado. Todos los números 1 con los que he trabajado. Podemos escribir tres, cuatro o cinco libros: sobre torneos, sobre jugadores, sobre ciudades. Es algo que me está encantando pensar ahora porque mientras trabajaba, solo eran partidos y se olvidan muchas cosas. -¿Qué datos lo sorprenden incluso? -He hecho 8.000 partidos, he trabajado con 25 de los 29 números 1, arbitré el primero partido de Federer y Nadal, el de Miami. Y me preguntan por este tipo de situaciones y la gente me recuerda cosas de las que yo no me acuerdo. -Y de lo que recuerda, ¿qué partido o situación le impresionó más? -Wimbledon fue el primer torneo que vi por televisión cuando tenía 13, 14 años, y eran partidos increíbles. Y estuve ahí para hacer la final entre Nadal y Djokovic en 2011 , y ya había hecho partidos en la pista central, pero aquel encuentro fue un momento muy especial. Porque fue todo extraordinario. -¿En qué sentido? -Enric Molina debía hacer esa final, pero estaba Nadal y no puedes arbitrar a un jugador de tu país. Al principio de la semana me comentaron que habría alguna posibilidad de hacerlo yo, dependiendo de cómo fueran los resultados: si perdía Nadal, lo hacía Enric; si ganaba Nadal, lo hacía yo. Imagina la tensión desde el lunes hasta el viernes en el que Nadal gana a Murray y me seleccionan para esa final. Me invitaron al vestuario para la prueba del traje, para la cena del domingo. Eliges a los jueces de línea. Es una tradición y muy distinto a todos los torneos. Fue el partido más emocional que recuerdo. -¿Se ponen nerviosos? -Sí, mucho. Tienes que tenerlos. Vas a lidiar con muchas cosas, con personas, con los jugadores, con el público, que tienes 100 o 1.000 o 10.000 personas. No sabes cómo van a reaccionar ni unos ni otros. Pero una vez empieza el partido, entras en esa burbuja y te concentras y te olvidas de los nervios. -Dice que no se acuerda de los errores, pero supongo que sí de las discusiones. Tuvo una muy encendida con Nadal. -Cuántas veces he escuchado esto: «Me está diciendo una barbaridad, Carlos», «No tienes ni idea»… Pero fue un momento del partido, así te lo tomas. Siempre recibí un respeto muy grande por su parte y su familia. Fui a arbitrar a su academia, he hecho dos veces el challenger. Como juez sabes que nada tiene que tomarse como algo personal. Si te lo tomas así, no puedes ser árbitro. -¿Se le olvidaban pronto esas situaciones? -Sí. Entiendes perfectamente que un jugador esté más temperamental, te habla de una forma, pero sabe que no pueden cruzar una línea porque serían descalificados, habría multa; la consecuencia es muy grave. Muchos se acercan a la línea y luego bajan. Son momentos. No es fácil manejar esa situación, pero sabía que eso se quedaría ahí, en esos minutos. Cuando termina el partido, se olvida todo. Puedes estar un tiempo sin arbitrarlos, pero después vuelves. Estamos con los jugadores más tiempo que con nuestras familias. Así que la cosa personal no puede existir. Sé que hice errores, pero también pedí perdón. -Desde el primer partido hasta el último, ¿en qué notó que el tenis iba evolucionando? -La velocidad. Hoy parece un partido de tenis de mesa. Ya no es solo una evolución tecnológica de raquetas, pistas, pelotas. Es global. Son tenistas que juegan a una altísima intensidad durante cinco horas. Yo empecé en partidos en los que los tenistas ni se sentaban en el cambio de lado. Todo era muy lento. Antes los saques llegaban a 160 kilómetros por hora, y ahora eso lo hacen de revés o de derecha. Desde la silla ves que es imposible que lleguen a una pelota, pero llegan, y con facilidad. Es impresionante. -También los jugadores, sus personalidades, y la sociedad ha cambiado. -Sí, es evolución general: técnica, física, psicológica. Y esta parte ahora mismo es más difícil que antes. Si hacen algo, a los cinco segundos está en todos los lados. Te controlan todo. Si se beben un refresco, saltan los comentarios. Y son chicos de 22, 23 años. -¿Habla por Carlos Alcaraz? -Lo criticaron por irse a Ibiza de vacaciones. Y decían, cómo va ser esto profesional. Creo que el jugador que vive su vida lo más normal posible es el que rinde en la pista y fuera. Y es difícil porque se enfrentan dos cosas. Por eso veo que hay jugadores con problemas de salud mental: ganan un torneo, se marchan de vacaciones y empiezan las críticas. Es muy difícil ahora. -¿Qué le parece la llegada de la tecnología? -La tecnología llegó para ayudar. A los jugadores porque no es posible ver una pelota que toca un milímetro la línea, cuando el 99 % del mundo la ha visto fuera. Antes veías lo que veías y se aceptaba, podía haber discusión, opiniones, pero se adaptaban a la decisión. Ahora el jugador acepta sin discusión. Y se torna algo frío, sí. Porque esa discusión era la parte más mágica de ser árbitro. Ahora no hay errores, y no sé hasta qué punto estamos haciendo un árbitro y jugador mejor o peor, porque puede pedir el VAR, pero lo que diga ya no acepta nada más. Ya no hay comunicación, ni iniciativa para decidir sobre una situación. Y el proceso parece muy rápido, y va a llegar al final que no será necesario un árbitro. -¿A veces les entraron ganas de corregir a la máquina? -Ahora ves una pelota y ese 99 % de la gente, incluido tú, la ha visto dentro, pero no puedes decir nada porque la máquina ha visto ese milímetro en que la pelota ha tocado. El tenista joven va a crecer con este procedimiento, y va a estar más tranquilo en términos de que la decisión es la correcta, pero va a perder los matices de la personalidad de ese jugador cuando se enfrentaba a una duda. Es como un videojuego: pum, pum, pum, pum. No hay más interacción. Una pena.

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Author: Pablo Perez