En una época en la que muchos consideran que la fe es cosa de viejos, resulta refrescante encontrar a nuevos líderes que la viven con autenticidad, naturalidad y sin temor al juicio ajeno. Eso es precisamente lo que ha ocurrido con los integrantes de la selección española de fútbol, recientemente proclamada campeona del mundo.
Más allá del triunfo deportivo, han dejado un testimonio que merece ser destacado: no han tenido miedo de reconocer públicamente que creen en Dios y que practican su fe.
Luis de la Fuente, seleccionador nacional, ha hablado en distintas ocasiones de la importancia que los principios cristianos tienen en su vida. Así ocurrió antes de poner rumbo al mundial cuando confirmó: “Sí yo soy católico y estoy feliz, me encanta, me da mucha fortaleza, mucha seguridad y me ha permitido ser la persona que soy hoy…”. Lo ha hecho con la serenidad de quien entiende que la fe es una fuente de equilibrio y superación para afrontar tanto las victorias como las derrotas. Del mismo modo, jugadores como Ferrán Torres, el autor del gol decisivo, han expresado abiertamente su agradecimiento a Dios y han reconocido que encuentran en la fe una fortaleza que trasciende el terreno de juego. Da gusto ver como al entrar al campo de juego: Mikel Merino, Nico William, Rodri y casi todos se persignan y se ponen en manos de Dios y la Virgen, tal y como lo han dicho. También lo hacen cuando meten un gol.
En un mundo donde lo material pareciera que lo es todo, estas visiones y ejemplos resaltando el valor de lo espiritual, pueden repercutir de manera muy especial en los jóvenes si les transmitimos el mensaje.
Quienes han triunfado en esta Copa Mundial saben que el talento, por sí solo, nunca es suficiente. Hace falta mucha disciplina, sacrificio, capacidad para levantarse después de cada derrota y humildad para no dejarse deslumbrar por el éxito. Esa fortaleza puede encontrarse en los principios cristianos y en la fe. Quizá esa sea la enseñanza más valiosa que deja esta selección. En una sociedad necesitada de verdaderos referentes, estos campeones han demostrado que es posible alcanzar la cima sin renunciar a las propias convicciones. Han recordado que la fe no es un signo de debilidad ni un vestigio del pasado, sino una fuente de esperanza para millones de personas que encuentran en la fe razones para vivir.
Como escribió Benedicto XVI: “…no hemos sido creados para la comodidad, sino para la grandeza”. Tal vez esa grandeza no se mida únicamente por los títulos conquistados, sino también por el coraje de vivir con coherencia aquello en lo que se cree. Y, en ese sentido, esta selección ha conquistado mucho más que otra estrella: ha demostrado que la fe también puede jugar, inspirar y, en ocasiones, marcar los goles más importantes, aquellos que se anotan con amor más allá del estadio y permanecen en la memoria de toda la humanidad. Gracias campeones…