Para evitar la subjetividad a la hora de juzgar las actuaciones, la natación artística decidió a partir de los Juegos de París 2024 imponer unas normas que intentan hacer más objetiva la sincronización, la dificultad, la técnica y el arte. Antes de cada rutina, las seleccionadoras dan a los jueces una tarjeta de entrenador donde están detallados todos los elementos que se ejecutarán en la piscina. Movimientos, giros, alturas, grados de dificultad, acrobacias. A partir de ahí, las nadadoras tienen que clavar cada uno de los elementos sin fallo ni desviarse lo más mínimo de ese guion. En caso de que la ejecución de alguno de los elementos reflejados en la tarjeta no corresponda exactamente con lo que observan los jueces en directo sobre el agua, haya un fallo grave o no se alcance el nivel estipulado previamente, se produce un ‘base mark’; es decir, se da una nota base en la dificultad, una fracción del valor total que no deja de ser una penalización y que puede dejar sin valor el resto del ejercicio. Es lo que les ha pasado a Iris Tio y Lilou Lluis en la prueba del dúo técnico. En el elemento del híbrido, en lugar de aparecer una luz verde que daba por hecha la superación de dicho elemento, apareció el color naranja que significa que los jueces revisarían esa parte de la actuación. Después de volver a verlo, se notificó el ‘base mark’ para España, lo que dejó en apenas 0’5 puntos esa ejecución de altísima dificultad que no lograron realizar exactamente como estaba escrito en la tarjeta de entrenador. Es la apuesta que hizo España: porque a mayor riesgo en la tarjeta también más opciones de fallar. A pesar de tener un ejercicio mayúsculo, reducida una de las mejores notas a ese 0,5 puntos, lastró el resto de la coreografía con todo lo bueno que había. Como esa puntuación en impresión artística que fue superior a todos los demás países. Y aun así, octavas al final.