Un mes bajo los escombros: el dolor continúa, la indignación también, por Juan Pablo García

Ha transcurrido un mes desde que la tierra tembló en Venezuela, quebrando vidas, hogares y futuros. Para el mundo, el sismo ya es una noticia del pasado; para miles de venezolanos que lo perdieron todo, el dolor es una herida abierta que sangra cada mañana. La emergencia no ha terminado. Quienes hoy sobreviven entre las ruinas no solo luchan contra la intemperie, sino contra el olvido.
Si algo ha quedado demostrado en estos treinta días de angustia, es la grandeza del propio pueblo venezolano. Con las manos agrietadas y el corazón roto, la ciudadanía se ha levantado para sostenerse a sí misma. Ha sido el vecino compartiendo su último trozo de pan, el voluntario que no duerme por rescatar sonrisas y el ciudadano común tendiendo la mano allí donde el poder decidió mirar hacia otro lado. La solidaridad popular es admirable, pero no debe usarse como escudo para camuflar la negligencia de los responsables.
Mientras el pueblo salva al pueblo, el Estado profundiza el desamparo. Es inaceptable que la ayuda internacional, vital para aliviar tanto sufrimiento, siga retenida por burocracias mezquinas y obstáculos políticos. ¿Hasta cuándo? Hoy, miles de familias malviven en carpas miserables que no protegen ni del frío ni de la desesperanza. Los hospitales, colapsados y sin insumos, intentan milagros para atender a amputados y heridos graves. Hay niños desprotegidos, ancianos desamparados y madres que lloran, en un mismo golpe, la muerte de sus seres queridos y la pérdida del patrimonio de toda una vida.
Un mes después, hablar de reconstrucción es una burla si se limita a discursos vacíos. No existe un plan real, serio ni transparente que responda a la magnitud de esta catástrofe. No hay respuestas para el hoy, ni promesas creíbles para el mañana. Cuando la vida y la dignidad humana están en juego, la indiferencia y la inacción estatal no son negligencia: son una crueldad que jamás puede normalizarse.
Por todas estas circunstancias, para poder salir de esta barbarie que padecemos los venezolanos, se vuelve una urgencia impostergable exigir elecciones libres y democráticas ¡YA! Solo un cambio profundo y legítimo nos devolverá un gobierno que responda a su gente y no a sus propios intereses.
Las víctimas del terremoto no piden limosna; exigen justicia, atención y el respeto básico a sus derechos humanos. La ayuda humanitaria debe fluir sin cadenas, sin filtros ideológicos y sin intereses políticos.
Hoy no basta con conmoverse ante las fotos del desastre. Es hora de romper el silencio. Es momento de alzar la voz con rabia y con fuerza por quienes hoy no tienen voz, de exigir responsabilidades y de fiscalizar a quienes tienen el deber de actuar. La dignidad del pueblo venezolano no puede quedar sepultada bajo los escombros de la desidia. Mientras una sola familia siga durmiendo sobre las ruinas, nuestro reclamo no va a callar.
¡Exigimos soluciones reales y libertad ya!

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Author: Pablo Perez