
Donald Trump ha abierto un nuevo frente arancelario con Canadá, y una de las nuevas víctimas colaterales de la disputa es la cartografía. Al igual que hizo a comienzos de su mandato con el golfo de México —que dentro de Estados Unidos pasó a denominarse “golfo de América”—, el presidente estadounidense ha decidido intervenir sobre otro accidente geográfico que comparte con su vecino del norte. En una nueva orden firmada el jueves, dispone que el lago Ontario pase a llamarse “lago América”. Pero ¿es tan sencillo cambiar el nombre de un lugar geográfico? ¿Qué alcance real puede tener una decisión de este tipo?
Por El País
“Crear esa innovación por decreto en pleno siglo XXI habla más de la personalidad del autócrata que de otra cosa”, opina Jesús Burgueño, geógrafo y catedrático de la Universidad de Lleida. Según explica, los cambios de nombres geográficos suelen plantearse en los institutos cartográficos, donde los países cuentan habitualmente con comisiones de toponimia, que estudia el origen y la evolución de los nombres propios de los lugares. No ha sido el caso de la decisión unilateral de Trump.
Pese a no ser fruto de un proceso histórico acordado durante años por especialistas, la decisión sí tendrá efectos dentro de Estados Unidos. “En cuanto al valor efectivo, desde luego lo tiene”, comenta Burgueño. En primer lugar, porque no es en absoluto insólito que un mismo espacio físico reciba denominaciones diferentes, especialmente cuando se trata de territorios fronterizos. El catedrático pone como ejemplo uno de los principales ríos de América del Norte, que delimita parte de la frontera entre México y Estados Unidos: en México se conoce como río Bravo y en Estados Unidos, como río Grande.
Algo similar ocurre con el mar de Japón, que en ambas Coreas recibe el nombre de mar del Este. La coexistencia de denominaciones puede darse incluso dentro de un mismo país. En España, por ejemplo, conviven “golfo de Bizkaia” y “golfo de Gascogne”, pese a que la primera denominación fue históricamente muy mayoritaria, apunta Burgueño.
Pero el alcance de la decisión de Trump en el ámbito interno se ve especialmente reforzado en un momento en que el republicano acumula más poder. “Todas las administraciones estadounidenses están ahora bajo el control de la Casa Blanca, incluida la Junta de Nombres Geográficos de EE UU”, subraya Frédéric Giraut, profesor de geografía política en la Universidad de Ginebra y titular de la Cátedra de la Unesco Denominar el mundo. La gobernadora del Estado de Nueva York, Kathy Hochul, sin embargo, ya declaró que su administración no incorporará el cambio.
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