Duele la imagen. Los 24 títulos de Grand Slam, las 38 grandes finales, las 428 semanas de número 1, los récords de todos los colores encogidos sobre sí mismos para paliar el dolor físico y mental. Un Novak Djokovic , 39 años, agazapado y agarrotado en este primer partido del US Open 2026. No es solo un partido. No es solo un torneo. No es solo un Grand Slam. Es toda una leyenda la que sucumbe. Y toda una generación la que llora las lágrimas del serbio, al observar con la respiración y la emoción contenidas cómo el mejor tenista de todos los tiempos cae en la Arthur Ashe, derrotado por Mariano Navone, por la humedad, por su propio cuerpo. Un adiós doloroso en lo tangible y en lo sentimental que desdibuja no solo su figura sino la de toda una era. Problemas estomacales, vómitos, pinchazos, calambres, gestos de dolor, frustración, sufrimiento acechan al serbio esta noche, un problema que sufre desde hace tiempo. Ni de negro ni de blanco cambia el guion, incapaz, sin solución por mucho que el corazón anhele, la cabeza sepa y la ambición empuje. Un 7-6 (5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1 de cuatro horas y 36 minutos que devuelve a la grada las dudas y el temor de que no haya mucho más Djokovic por delante. «Sufro desde hace tiempo lo de vomitar. Todo mi cuerpo empieza a colapsar con calambres y dolor. La espalda me falló, el hombro me falló, y no pude rematar», admitía después sin que nadie tocara la palabra ‘adiós’, ya implícita desde, quizá, el oro olímpico en París 2024. La ilusión del Grand Slam 25 se desvanece día a día. De sopetón en este US Open rompe el serbio esa esperanza y mucho más: una racha de 78 primeras rondas inmaculadas. Primera derrota en el partido inaugural en el US Open, en 84 participaciones; solo la tercera vez que sucumbe en un gran estreno; la anterior, en Australia 2006. Se asume el final, ese en el que tantas veces se le incluyó, ese del que tantas veces y con tanta rabia ha salido; cuesta dejar marchar a los ídolos que han llenado las tardes de sentimientos y alegrías. En septiembre de 2022 Roger Federer anunció el adiós; en noviembre de 2024, Rafael Nadal. Pero se aferra el personal a este Djokovic que permanece como vestigio de un tenis de tanto calibre que seguía en pie ante el empuje de los veinteañeros, que solo Carlos Alcaraz y Jannik Sinner han sido capaces de doblegar por potencia la experiencia del serbio. No existe una razón objetiva que pueda medir su deseo de continuar. No es dinero ni récords ni ego. Es un factor en los deportistas de alto nivel que han basado toda su existencia. «El contexto del deportista de alto rendimiento es muy particular y no es comparable con los amateurs. Djokovic es una rara avis, una persona muy peculiar, maniática, obsesionada. Es un animal competitivo, nadie sabe muy bien por qué hace lo que hace ni cómo lo hace. Pero sí hay un factor que tenían también Federer y Nadal, el hambre. Son personas adictas, en el buen sentido, a competir, a ganar y a perder, y a seguir entrenando para ganar», explica Carlos Revuelta, director del Máster de Alto Rendimiento del Deporte de la Universidad Europea de Madrid, y prosigue: «son personalidades que no se dan generalmente en la vida normal. Y hay que entenderlos como tal: no son personas normales. Son personas obsesionadas. Para nosotros es un tesoro, poder ver a estos deportistas durante tantos años peleando por lo máximo aunque la edad pueda decirles otra cosa desde fuera. Pero para ellos es muy doloroso. Es un tipo de vida muy exigente porque nunca están satisfechos con lo que han hecho». Es así para Djokovic, como lo fue también para Federer y Nadal. ¿Por qué parar si el juego está ahí, la cabeza quiere, el corazón anhela, siempre hay espacio para otra oportunidad? Pero es el cuerpo el que decide casi siempre. «Tengo que mirar cuánto puede seguir así», expresó casi como sentencia. Es el único que puede ponerle fecha de caducidad. Que no gana un Grand Slam desde Australia en 2023, pero fue semifinalista en Melbourne, Roland Garros, Wimbledon y Nueva York el año pasado; que fue finalista en Australia y semifinalista en Londres este año, que se ha ganado el derecho a seguir intentándolo hasta que quiera. Como ha hecho toda su carrera. Se coló de golpe en una fiesta a la que no fue invitado. Ahí estaban Federer y Nadal, extremos complementarios en una rivalidad que se repartía los títulos hasta la irrupción del serbio. El de Belgrado creyó alcanzar el cielo al ganar Roland Garros en 2016, los cuatro grandes. Pero se dio la vuelta y vio la sombra del suizo y del español tan alargada como alargada empezó a ser su obsesión. Les arrebató la dualidad, hasta 10 trofeos en 2011, otros 11 en 2015, tripletes de Grand Slam en 2011, 2015 y 2021. Y puso casi todos los récords a su nombre. También los de longevidad que amenazan ahora con fulminar su deseo y cerrar una etapa irrepetible que más de uno empezó a añorar esta noche del domingo en Flushing Meadows. Ovación cerrada de la grada para acompañarlo a la salida, respuesta emocional en el de Belgrado: ojos llorosos, manos en forma de corazón, manos agradeciendo más de 20 años de éxitos. Quién sabe si la última vez que pisa como tenista el Arthur Ashe Stadium. «Tengo que mirar qué está pasando y cuánto puedo seguir así», comentó al bajar el telón, que nadie quiere que sea de la obra de toda una era.