
Este jueves se cumplen catorce días de la entrada masiva de unas 80.000 personas a Ceuta desde Marruecos, que sacudió las fronteras de esta ciudad española del norte de África. Dos semanas después, la ciudad vive fracturada en dos realidades opuestas.
En el centro urbano, la presencia constante de patrullas policiales y unidades militares logró devolver una apariencia de calma y cierta normalidad a la rutina comercial y ciudadana, aunque el goteo de migrantes que deambulan sin rumbo por los paseos principales sigue siendo constante.
Sin embargo, alejándose de las avenidas principales y adentrándose en las barriadas de la periferia, la normalidad se percibe como una meta aún muy lejana.
En zonas como el barrio de Hadú, los vecinos conviven a diario con la cara más cruda de la emergencia. En los callejones y rincones a la intemperie, cientos de jóvenes y menores improvisan cada noche un lugar donde descansar sobre cartones o directamente en el suelo.
Entre el civismo voluntario y el malestar de la convivencia
Pese a la extrema precariedad en la que malviven, la actitud de los migrantes asentados en Hadú, un barrio de la periferia de Ceuta, muestra matices de convivencia que los propios residentes destacan. “Aquí al menos son pacíficos”, relata una vecina de la zona.
Es habitual ver a grupos de jóvenes barriendo a primera hora de la mañana los tramos de acera donde pernoctan o acercándose a echar una mano a las señoras mayores del barrio, cargando con las bolsas de la compra hasta los portales. Gestos cotidianos de civismo con los que intentan integrarse y agradecer el trato recibido mientras aguardan un destino incierto.
No obstante, la buena voluntad no logra amortiguar las secuelas de un hacinamiento masivo sin infraestructuras básicas. La falta de aseos y servicios de limpieza suficientes provoca que el hedor en las calles sea cada día más intenso y persistente.
“Ya estamos cansados los vecinos de baldear. Yo no me puedo estar gastando mi sueldo en baldear y en darles de comer, ya no podemos más”, lamenta un residente de la zona, quien denuncia que las noches se hacen insostenibles por el ruido, las discusiones y la falta de descanso.
Tensión, inseguridad y el colapso del pequeño comercio
Aunque los vecinos reconocen que las disputas suelen darse entre los propios recién llegados, impulsadas en muchos casos por la desesperación o el consumo de alcohol, la tensión constante rompe la tranquilidad habitual de la ciudad.
Ismael, otro residente y comerciante, relata el impacto en su ámbito personal: “Intento salir lo menos posible a la calle y que mis dos hijas tampoco salgan, aunque una de ellas trabaja y tiene que hacerlo sí o sí. El otro día vi cómo se colaban en el portal de enfrente en un segundo. Aunque luego los sacaron, entrar entran”.
Para los pequeños comerciantes de los barrios, estas dos semanas han supuesto un gran parón en su actividad. “Las ventas están hundidas totalmente, es una catástrofe. La gente mayor no quiere salir y los jóvenes tampoco, porque andamos con peleas continuas y del día a la noche la cosa cambia muchísimo”, detalla Ismael.
Según su relato, “no se trata de racismo, en Ceuta siempre hemos convivido las cuatro culturas perfectamente. Esto es una invasión y una pena, porque estas criaturas tampoco van a encontrar aquí el futuro que les prometieron”.
Cansancio ante las visitas políticas y exigencia de soluciones
Entre la ciudadanía ceutí crece también el desencanto hacia la respuesta de los representantes públicos. Los vecinos critican lo que consideran una sobreexposición mediática sin medidas concretas sobre el terreno.
Los residentes coinciden en que la actuación de la Policía y la Guardia Civil resulta insuficiente al no disponer de protocolos de realojo efectivo: “Los echan de un sitio y al rato vuelven o vienen más”.
Ante esta parálisis, las barriadas exigen un realojo inmediato y controlado, o la repatriación con garantías. “Nosotros pagamos impuestos para que los políticos nos solucionen esto. Estamos aguantando, pero ¿hasta cuándo?”, concluyen los vecinos, mientras Ceuta afronta el inicio de su tercera semana de crisis al límite de sus fuerzas. EFE
