El Real Madrid 2.0 de José Mourinho cuenta las horas para su debut oficial. Será mañana por la noche, en Cornellá (21.30 horas). Primer partido de Liga ante un Espanyol que dejó una goleada en su estreno ante el Levante (3-0) y que, como ya sucedió en la primera vuelta de la pasada temporada, tiene buena pinta. Prueba interesante para este nuevo Madrid que, con la vuelta del técnico portugués y la mini revolución de este verano entre altas y bajas, ha levantado un alud de expectativas. Hace 16 años, Mourinho llegó al Madrid como el mejor entrenador del mundo, campeón del triplete con el Inter y con el objetivo de devolver al equipo blanco a la élite tras años de decepciones en Champions y el pánico a una era gloriosa del Barça de Guardiola. Esta vez, el contexto es bien distinto. Mou dejó de ser un técnico ganador, como él mismo ha admitido esta semana en su entrevista con Pedrerol, pero está convencido de que su segundo matrimonio con el Real Madrid es la unión perfecta para volver a serlo y para poner fin a los dos años en blanco que suma el club de Concha Espina. Para ello, Mourinho tiene en sus manos una plantilla con seis caras nuevas que vienen a solucionar carencias y a darle un salto de calidad al vestuario, pero el mismo Mourinho sabe que el éxito de su Real Madrid no es solo una cuestión de nombres. Una insuficiente cultura del trabajo en las dos últimas temporadas ha sido una de las máximas responsables de no levantar trofeo ninguno, y ese es el primer objetivo del entrenador portugués: «Todo lo que les he pedido desde el primer día ha sido sentido común. Eso es el fútbol de hoy. Si les digo que tienen que llegar una hora antes del entrenamiento y no cinco minutos, es sentido común. O si tienen que desayunar siendo vigilados por el nutricionista o hacer trabajo de prevención, es sentido común. Y hasta ahora su comportamiento ha sido intachable», detalla el luso. Esa solidaridad y generosidad en el esfuerzo, que se convirtió en un fantasma en el último año de Ancelotti y el pasado curso con Alonso y Arbeloa, son los cimientos de un Madrid intenso y colectivo con el que Mourinho pretende edificar lo que en mayo se espera que sea una casa con una o varias copas dentro. El famoso compromiso colectivo, que llevado a la jerga de Mourinho sería ‘morir por el compañero’, es la base de un equipo cuyo sistema de juego se acercará mucho al de la Francia de Deschamps de este último Mundial. Seguridad defensiva para lograr el mayor número de porterías a cero y velocidad en la circulación del balón para llegar cuanto antes a la portería contraria. Para eso tiene arriba tres correcaminos como Diomande, Vinicius y Mbappé. Con Dumfries, Konaté y Cucurella, el Madrid gana quilates en defensa, aunque el rendimiento de Huijsen y Rüdiger, más el cómo regresará Militão en octubre, serán claves en esa elevación del nivel. Diomande también le da al Madrid algo que pedía a gritos desde hace un tiempo: un futbolista por banda derecha cuyas cualidades se asemejen a las de Vinicius. Hasta aquí, todo sobre el papel está bien hecho. Veremos si es así también en el centro del campo. Con Rodri de azulgrana y sin otra opción en el mercado para cubrir ese puesto que tanto necesita el equipo tras el adiós de Kroos, habrá que ver cómo se las apaña Mourinho con un doble pivote donde Bernardo pondrá la varita y Tchouaméni (o Valverde) la pierna. Varita que también se necesitará de Bellingham y Arda, cuya competencia en la mediapunta pondrá a prueba la meritocracia de Mourinho. Intenso, solidario, veloz y goleador. Ese es el Real Madrid que quiere Mourinho en su regreso al club blanco.