
La hispanidad es un mundo particularmente sorprendente, colmado de cotidianidad y a la vez misterioso. Pisar suelo hispánico, sea en Colombia, Chile, Costa Rica o España es llegar a un hogar semejante, sentirse en casa mientras los olores de la gastronomía revelan en su esencia los saberes ancestrales junto con los sabores del fogón encendido. En Madrid conocí a Domingo, un manchego de la España profunda. Hijo de un sitio oculto entre los espacios más recónditos de Castilla La Mancha, conocido como Daimiel, el pueblo de las brujas.
El lugar ya existía desde la Edad de Bronce. Después fue ocupado por celtas y romanos, musulmanes, judíos y cristianos hasta mediados del siglo XVI, cuando lo ocuparon las brujas. Una de ella, Juana Ruiz, fue acusada por la Inquisición de hechicería. También Isabel de la Higuera y otras más. Todas, sin embargo, lo que hacían era desarrollar la incipiente ciencia de la Botánica y la Herbolaria. “Sanaban y ayudaban con las hierbas a sus vecinos cuando se enfermaban”, comentaba Domingo mientras hablaba con orgullo de su pueblo.
En su miraba y su voz apreciaba su encantamiento ancestral cuando señalaba algún rincón de su amada Castilla La Mancha, como Puerto Lápice, lugar donde se estuvo Cervantes, el padre de don Quijote, el ilustre tasador que transitó el viejo pueblo en los tiempos cuando vivió y trabajó para la administración de ese antiguo lugar.
Con Domingo degusté los vinos de la región, sus quesos y jamones y los deliciosos melones de Castilla: inmensos frutos, verdiblancos y dulcísimos. Encaramados en los cerros del pueblo de Consuegra conocimos los molinos de viento que el Manco de Lepanto confundió con gigantes. Dentro de uno de ellos supe de los diferentes vientos que hacen mover sus astas; como el viento Toledano, el Villacañero, el Matacabras, entre otros. Desde esas pequeñas ventanas se divisa en la lejanía el suelo amarillento y seco que se junta en el horizonte con el cielo azulísimo y entonces todo es un solo espacio que se abre ante la mirada que se ahonda y todo es plenitud: vientos que se encuentran, se entrecruzan en el silencio de la contemplación. Hacia allá, hasta el pueblo Camuñas, dejé que mi mirada llegara para saludar a un cura que vivió en la telúrica Guayana venezolana.
Sí, La Mancha es un lugar cervantino, de antiguos hechizos, íntimo y lejano, donde la mirada se pierde en lejanías. Y nuestro guía sigue emocionado mostrando, señalando y nombrando sitios, como el parque de Las Tablas de Daimiel, que visitamos ya para el atardecer. Un lugar de aguas tranquilas, con un bosque de juncos, eneas, carrizos y el tradicional taray. Ellos cubren el suelo del gigantesco humedal. “El lugar era sitio de caza de la realeza en tiempos pasados”, menciona Domingo mientras nosotros caminamos sobre las huellas de quienes veraneaban por estos parajes ripios y fangosos. Todavía los patos y otras aves dibujan los cielos del humedal manchego.
Pero Domingo sigue empeñado en mostrarnos la gastronomía de su región: el pisto y las gachas, las migas, atascaburras y duelos y quebrantos y el zarajo. También las rosquillas y los nuégados y fritillas. Y todos degustamos con los vinos de Valdepeñas, que también es pueblo hermoso y limpio. Su amplia plaza mayor con la antigua iglesia gótica de Nuestra Señora de la Asunción, construida en el siglo XIII, aún mantiene su imponente y gran campanario. En Valdepeñas transité en soledad sus calles y aprecié la belleza de sus puertas en sus tradicionales casas del centro histórico.
El manchego siguió con nosotros guiándonos hasta otro lugar un poco más lejano, el castillo de Peñarroya, una fortaleza del siglo XII que contiene la imagen de Nuestra Señora de Peñarroya, venerada por la población de Argamasilla de Alba. Las altas paredes de piedra del castillo soportan en silencio la soledad de siglos. Sus espacios, gran parte de ellos de tierra, forman un laberinto de pasadizos, y caminerías donde solo habita el viento. Detrás y a lo lejos se muestra una laguna que contrasta en sus colores de azules intensos con el sepia de la fortaleza. El verano manchego es intenso, sofocante y seco. El calor se intensifica por un viento que sopla y pega en el rostro y lo aplana, uno queda mirando el suelo donde solo hay piedra y polvo.
Después, siguiendo un camino estrecho, desolado y silencioso llegamos a Lagunas de Ruidera, sitio de aguas tranquilas y calmas. Desde los cerros se aprecian varias lagunas rodeadas por inmensos y envejecidos árboles. Laguna de san Pedro, Tinaja, Tomilla, Conceja, todas bañadas por el largo y silencioso río Guadiana. Son aguas frescas y puras. Contemplar el atardecer sobre uno de sus cerros es acercarse a Dios, descifrar en sus enrojecidos tonos la plenitud de la creación.
La felicidad siempre viene acompañada por la calma de una tarde, por la sobremesa donde la tertulia se expresa en la mirada aquietada por la sabia presencia de eso que llamamos “los dones de la vida”: el abrazo fraterno del manchego, Domingo, mientras se desnuda el rostro y se encuentra al Otro semejante, agradecido, iluminada la mirada en la serenidad de sabernos tan humanos, tan cercanos.
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