La Otra Cara: "No somos mirones de palo" Por José Luis Farías

El alumbramiento de la nueva mesa de diálogo entre la Asamblea Nacional de 2015 y el gobierno que encabeza Delcy Rodríguez —quien, sin explicación que valga, ha ocupado el sitial que la Asamblea oficial preside Jorge Rodríguez con la complacencia gringa— no fue un hecho fortuito. Lo precedió, más bien, una coincidencia cuyo peso específico no puede, de ninguna manera, deslizarse bajo el mantel de la negociación. Porque esa coincidencia, lejos de ser un mero azar, revela con elocuencia muda el verdadero tablero de fondo: dice mucho, acaso todo, acerca de desde qué despacho se mueven realmente los hilos y hacia dónde se dirigen las miradas de quienes, desde el principio, han tejido esta trama.

Cuando leí la resolución del Senado y, al mismo tiempo, las declaraciones de Rubio a Newsweek, supe que aquello no era casualidad. En política, como en el ajedrez, las piezas no se mueven solas. Alguien las empuja. Alguien ha calculado los tiempos, los espacios, las distancias. Y lo que vi fue una coreografía perfecta: el martillo y el cirujano, el ruido y el bisturí, el Congreso que exige y el Ejecutivo que administra. La misma mañana, el mismo objetivo, el mismo eco.

Me vino a la memoria aquel viejo diplomático cubano, el de la sonrisa cansada y los ojos de pez, que en una entrevista en La Habana, dijo: “Los norteamericanos no improvisan, hijo. Improvisan los débiles. Los fuertes ensayan”. Y yo, que he visto demasiados ensayos fallidos, no pude evitar pensar que aquel día, en Washington, el ensayo había sido perfecto.

La resolución de Ted Cruz y Jeanne Shaheen no era un simple papel. Era una declaración de guerra política. Decía que Delcy Rodríguez “no cuenta con un mandato electoral”, que era “incapaz de ganar una elección libre y justa”, y exigía elecciones “de forma expedita”. No había matices en esas palabras. No había esa hipocresía fina que suele adornar los comunicados del Congreso. Había, más bien, la contundencia del que golpea la mesa y dice: esto no puede seguir así.

Pero el martillo, por sí solo, no construye. Solo golpea. Y el ruido del martillo, si no va acompañado de una mano que lo guíe, puede romper lo que pretende arreglar. Por eso, al mismo tiempo, Rubio salía a hablar con la prensa. Y lo que decía era distinto, aunque pareciera lo mismo. Hablaba de “meses, no años”. Hablaba de condiciones: libertad de prensa, participación de múltiples partidos, reconciliación, un consejo electoral creíble. No fijaba fechas. No se comprometía con el tiempo. Solo ponía reglas.

¿No es esa la esencia del poder? Poner reglas. Decir cómo, cuándo, de qué manera. El Senado grita ¡ya!, y Rubio susurra despacio. El Senado exige urgencia, y Rubio administra la demora. El Senado es el padre que se enfada, y Rubio es el hijo que calma, que explica que las cosas no son tan simples, que hay que sentar bases sólidas, que la prisa es enemiga de la perfección. Dos voces, un solo mensaje: nosotros mandamos aquí.

Recuerdo una conversación con un viejo periodista venezolano, ya muerto, que había cubierto demasiadas crisis como para creer en coincidencias. “Cuando Washington habla con dos voces”, me dijo, “no es que esté dividido. Es que está ensayando. Una voz dice lo que piensa, la otra dice lo que conviene. Y las dos, juntas, dicen lo que quieren”. Aquella tarde, en un café de Caracas que ya no existe, entendí que la política es, ante todo, un arte de la sincronía. Y lo que vi aquel día en Washington era la prueba más reciente de esa verdad.

Porque la resolución del Senado y las declaraciones de Rubio no se contradicen. Se complementan. El Senado marca la urgencia, el ritmo, la presión. Rubio marca los límites, los plazos, las condiciones. El Senado es el martillo que golpea la mesa, y Rubio es el cirujano que detalla la operación. Uno dice esto es inaceptable, y el otro dice esto es lo que hay que hacer para que sea aceptable. Uno amenaza, el otro administra la amenaza. Uno pone la cara dura, el otro pone la cara amable. Pero los dos, en el fondo, están haciendo lo mismo: imponer su voluntad.

Uno se pregunta entonces: ¿quién coordina esta coreografía? ¿Quién decide que el Senado hable hoy y Rubio hable mañana, o el mismo día, o a la misma hora? ¿Hay un hombre detrás de todo esto, o es el sistema, la maquinaria, el engranaje, el que funciona solo? Yo, que he visto demasiadas maquinarias, creo que no hay un hombre. Hay una lógica. Una lógica que se repite, que se reinventa, que se adapta, pero que en el fondo siempre es la misma: la del que impone las reglas y espera que los demás las cumplan.

El Senado no fija fecha. Rubio no fija fecha. Pero ambos dicen que la fecha está cerca. El Senado dice de forma expedita, y Rubio acerca el mingo: “meses, no años”, para calmar las aguas. Y Caracas escucha y sabe que el tiempo corre, pero no sabe cuánto, ni cómo, ni de qué manera. Porque el tiempo, en la política, no es tiempo. Es un arma. Y quien lo maneja, maneja también la esperanza y el miedo de los que esperan.

¿Y Delcy Rodríguez? ¿Y los venezolanos que miran estas noticias desde sus casas, desde sus colas, desde sus silencios? Ellos son el tablero. Ellos son el campo de batalla. Ellos no pueden ser reducidos, como como en el dominó, a la condición de “mirones de palo”. Ellos son los que esperan mientras los que deciden se reparten los papeles. Ellos son la gente, los que verdaderamente importan. Y yo, que he escrito demasiadas crónicas sobre esperas, sé que la espera es lo peor que le puede pasar a un pueblo. Porque la espera no es paciencia. La espera es desgaste. Y el desgaste, en política, es el primer paso para la rendición.

Rubio habla de reconciliación, de partidos, de libertad de prensa. Y yo pienso en el viejo diplomático cubano, en el café que se enfría, en la calle que se vacía. Y pienso que quizá la reconciliación no sea más que otra palabra para decir aceptación. Aceptación de las reglas del juego. Aceptación de los tiempos del otro. Aceptación de que la historia, al final, la escriben los fuertes.

Camino por las calles de mi ciudad mientras escribo. No es Washington, no es Caracas, pero el pensamiento no entiende de fronteras. Me detengo en un café y pido un cortado, como aquel viejo periodista que ya no está, y pienso que la política es, ante todo, un teatro. Y en este teatro, el Senado y Rubio son dos actores que interpretan el mismo papel: el del poder que se muestra unido, que habla con una sola voz aunque parezcan dos, que exige y administra, que golpea y cura, que todo lo puede porque todo lo ha calculado.

¿Y los venezolanos? Ellos son el público. Y el público, en el teatro, solo puede mirar y esperar. Mirar la coreografía. Esperar el desenlace. Pero el desenlace, como el café, se enfría. Y los que esperan, a veces, esperan para siempre.

O casi siempre. Porque el público, cuando reconoce su propio peso, tiene la facultad de levantarse del asiento y recordar que el teatro no es la vida, sino apenas su reflejo. Y que la vida, a diferencia de la función, admite intervenciones. Los venezolanos no están condenados a ser meros espectadores de su propia historia. Pueden, si así lo deciden, interrumpir la obra y reclamar el derecho a escribir el siguiente acto. Pueden, si la memoria no les falla, recordar que la espera, cuando se vuelve eterna, deja de ser virtud para convertirse en condena. Y entonces, quizá, revienten la espera.

Miro la taza vacía. Miro la calle que se llena de sombras. Y pienso que quizá el poder no sea más que eso: la capacidad de sincronizar las voces para que todas digan lo mismo, aunque parezca que dicen cosas distintas. La capacidad de hacer creer que hay debate cuando solo hay ensayo. La capacidad de imponer la espera como si fuera una virtud, cuando en realidad es una condena.

El Senado golpea. Rubio administra. Y Venezuela espera, por ahora. Como siempre.

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Author: Pablo Perez