La sala permanece en silencio.
En una escena de la película aparece un hombre roto, pero de pie, que contempla por fin la costa de Ítaca, después de veinte años de ausencia. No hay fanfarrias ni héroes victoriosos levantando espadas. Solo un rostro marcado por el tiempo y una mirada en la que caben todas las pérdidas del camino.
Odiseo, interpretado por Matt Damon, ha sobrevivido a la guerra, a los naufragios, a los cíclopes, a las sirenas y a los dioses. Sin embargo, el mayor de sus desafíos apenas comienza. ¿Cómo se regresa a un lugar que ya no es el mismo? ¿Cómo vuelve uno a ser quien era después de todo lo vivido?
Mientras observaba esa escena de La Odisea, la extraordinaria adaptación cinematográfica de Christopher Nolan, pensé que, más que una película sobre la antigua Grecia, estaba viendo una historia profundamente venezolana.
Porque, aunque hayan transcurrido casi tres mil años desde que Homero escribió su poema, pocas historias describen mejor el viaje que ha vivido nuestro país. Durante mucho tiempo creímos que La Odisea era una historia de monstruos y aventuras. En realidad, siempre fue una historia sobre el regreso.
No es casualidad que la palabra “odisea” se haya convertido en sinónimo de cualquier viaje que se complica mucho más de lo previsto. Pocas naciones conocen tan bien su significado como Venezuela.
Tampoco somos los primeros en encontrar en Ítaca un espejo del exilio. El influyente poeta griego Constantino Cavafy ya lo hizo hace un siglo con ese mismo mito, usando el viaje a Ítaca como metáfora de la vida y una invitación a valorar el camino recorrido, no solo el destino. Derek Walcott, premio Nobel de Literatura (1992), también se inspiró en La Odisea para escribir su Omeros. El regreso ha sido, desde siempre, una obsesión literaria.
Después de conquistar Troya, Odiseo tarda diez años en volver a Ítaca. En el camino enfrenta tempestades, gigantes y hechiceras. Pero el verdadero enemigo nunca fue ninguno de ellos. Fue la posibilidad de olvidar quién era. Cada isla le ofrecía una vida distinta. Podía quedarse. Comenzar de nuevo. Renunciar a Ítaca.
No lo hizo.
Quizá esa sea la razón por la cual este relato sigue conmoviendo a la humanidad. Porque todos, alguna vez, emprendemos un viaje cuyo mayor desafío no es llegar a otro lugar, sino conservar intacta nuestra identidad. También Venezuela ha vivido su propia odisea.
Durante décadas fuimos una tierra que recibía inmigrantes, abría oportunidades y miraba el futuro con confianza. Después comenzó otra guerra: sin trincheras visibles, pero devastadora. Una guerra contra las instituciones, la economía, la convivencia y la esperanza.
El resultado está a la vista del mundo: millones de venezolanos emprendieron el mayor éxodo de nuestra historia contemporánea. No navegaron el Mediterráneo. Cruzaron aeropuertos, carreteras, trochas, selvas y fronteras, dejando atrás hogares, profesiones, amigos y proyectos de vida.
Como Odiseo, descubrieron que la verdadera fortaleza no consiste en vencer, sino en resistir sin dejar de creer que existe un camino de regreso. Pero el paralelismo con La Odisea es todavía más profundo. Los venezolanos no solo hemos sido Odiseo.
También hemos sido Penélope, interpretada por Anne Hathaway.
Mientras millones partían, otros permanecían sosteniendo familias, empresas, escuelas, hospitales y comunidades: esperando llamadas, celebrando cumpleaños por videollamada, guardando una habitación que algún día volvería a ocuparse. Como Penélope, tejieron esperanza de día y tuvieron que destejerla muchas noches para soportar una nueva despedida.
También hemos sido Telémaco, interpretado por Tom Holland.
Toda una generación creció viendo a sus padres por la pantalla de un teléfono: hijos que aprendieron a amar un país contado en anécdotas y fotografías, antes de poder recorrerlo.
Y todos llevamos dentro algo de Argos.
Odiseo regresa a Ítaca disfrazado de mendigo, irreconocible incluso para quienes lo criaron. Pero Argos, el viejo querido perro que lo esperó veinte años, apenas lo ve, levanta la cabeza y lo reconoce de inmediato. Cumplida esa última misión, muere en paz.
Pocas escenas de la literatura universal hablan con tanta fuerza sobre la memoria. Porque hay vínculos que ni el tiempo ni la distancia consiguen borrar.
Quizá por eso basta escuchar un cuatro, probar una arepa, oír un “¿cómo estás, vale?” o ver una bandera tricolor para que millones de venezolanos vuelvan, por un instante, a casa.
Los pretendientes
Pero hay otro episodio de La Odisea que suele pasar inadvertido. Mientras Odiseo luchaba por regresar, otros ocupaban su hogar. Los pretendientes se sentaban a su mesa, consumían sus bienes y actuaban como si el verdadero dueño jamás fuera a volver. Es una poderosa metáfora. No basta con ausentarse para correr el riesgo de perder un hogar; basta con que otros crean que ya no regresarás.
Por eso el regreso nunca consiste únicamente en abrir una puerta. Consiste en recuperar aquello que parecía definitivamente perdido. Toda odisea termina formulando la misma pregunta. ¿Qué encuentra, en realidad, quien por fin regresa?
El hogar no es un lugar. Es un estado interno.
Cuando Odiseo vuelve no recupera el pasado. Encuentra una casa ocupada, relaciones rotas y un orden que necesita restaurarse. Comprende que regresar no consiste en volver atrás, sino en construir un futuro diferente. Esa será también la tarea de Venezuela.
No bastará con reconstruir carreteras, puertos, hospitales o escuelas. Será indispensable reconstruir aquello que nunca aparece en los planos de ingeniería: la confianza, la institucionalidad, el respeto por la ley y la capacidad de volver a encontrarnos como sociedad. Porque las grandes naciones no renacen cuando levantan edificios. Renacen cuando vuelven a creer unas en otras.
El regreso
Mientras aparecían los créditos finales imaginé una escena que todavía no existe: un aeropuerto venezolano lleno de abrazos interminables, aviones llegando no para despedir familias sino para reunirlas, profesionales regresando para abrir empresas, enseñar en universidades o dirigir hospitales, hijos descubriendo por fin la Venezuela que solo conocieron por fotografías y relatos. Pensé que ese podría ser el verdadero final de nuestra odisea.
Y comprendí algo. El día que ese regreso ocurra, ningún director tendrá que filmarlo. Porque ninguna pantalla IMAX, por inmensa que sea, podrá contener la emoción de una nación que, después de su propia odisea, vuelva por fin a reconocerse a sí misma. Ha llegado el momento de volver a ser Ítaca.
@luiseloy360