
El estado Mérida, tradicionalmente reconocido por su clima frío, sus imponentes paisajes andinos y su vibrante vida universitaria y turística, atraviesa hoy por un laberinto de problemas.
Por LaPatilla.com
Lejos de avizorar soluciones, esta crisis se ha convertido en la cruz diaria de sus habitantes, que suplican una urgente atención gubernamental.
Los merideños están sometidos a un racionamiento implacable de energía eléctrica a cualquier hora y sin previo aviso, así como también a la falta de agua.
José Díaz reside en pleno centro de la ciudad de Mérida, en el municipio Libertador, en un edificio que data de varias décadas y durante la semana al menos 3 días pasa sin suministro de agua por tubería. Se ve obligado a comprar botellones recargables para aguantar la sequía y así cocinar y “medio asearse”.
Los cortes de energía, que oscilan entre 4 y 8 horas diarias en promedio, golpean por igual a todos los ciudadanos.
Las fallas eléctricas impactan en la ama de casa que intenta conservar alimentos, al estudiante que depende de la conectividad para cumplir con sus tareas y al empresario o comerciante que lucha por mantener a flote su negocio.
Intentar planificar una jornada laboral o académica se ha transformado en un reto casi imposible.
No existe un cronograma oficial confiable, y cuando este ha sido publicado, rara vez lo cumplen, lo que denota una falta de respeto hacia los usuarios.
Es común ver cómo en pleno centro de Mérida, los locales quedan completamente a oscuras en horas pico de la mañana o la tarde, obligando a detener actividades que, por su propia naturaleza, dependen estrictamente de la electricidad.
Algunos tratan de operar con plantas de generación eléctrica, pero al pasar largas horas sin el servicio de energía, el mantenimiento de estos aparatos suele ser costoso.
Esto se traduce en pérdidas económicas irreparables, daños a equipos y una precarización absoluta del empleo formal.
La combinación de apagones prolongados y la sequía en las tuberías dibuja un panorama crítico para Mérida.
Los ciudadanos no solo deben lidiar con la angustia de no saber cuándo se interrumpirán los servicios, sino también con el desgaste físico y mental que implica almacenar agua, lidiar con la pérdida de alimentos y ajustar la cotidianidad según la disponibilidad o no de estos servicios.
