Avances tecnológicos vertiginosos, crisis de confianza, desinformación, reconfiguración geopolítica… ¿Cómo afronta la universidad un tiempo de cambios acelerados, como los que estamos viviendo? ¿Qué claves deben guiar la formación de los estudiantes universitarios? ¿Qué mundo encontrarán quienes inician ahora su formación superior? Hablamos con Rosa Visiedo, rectora de la Universidad CEU San Pablo, de cambios, regeneración y de los desafíos que plantea la inteligencia artificial. ¿Estamos viviendo un momento disruptivo, tal como parece? Todas las generaciones piensan que el suyo es un tiempo clave. Pero ahora confluyen aspectos que nos permiten hablar de un momento decisivo en el desarrollo de nuestra sociedad que, posiblemente, haga necesaria una regeneración. Por una parte, una revolución tecnológica sin precedentes, con cambios muy rápidos, que producen algo de vértigo. Por otra, la reconfiguración del orden geopolítico. Y una cierta pérdida de confianza en las instituciones tradicionales. En este tiempo de cambio, la universidad no puede permanecer al margen, porque tiene la capacidad de generar pensamiento alrededor de los grandes temas que nos afectan y puede actuar como guía. Queremos contribuir a que esta transformación ayude realmente al progreso de la humanidad. ¿En qué aspectos es necesaria una regeneración? ¿En qué aspectos debería basarse? No se trata sólo de una regeneración institucional, que también. Debería empezar por cada uno. Solo a través del cambio, la implicación y la regeneración personal podemos lograr una verdadera transformación de las instituciones y la sociedad. La persona y su dignidad tienen que estar siempre en el centro y orientar esta regeneración. Además, en un tiempo de fake news y desinformación, la búsqueda de la verdad debe de tener un papel predominante. Y evidentemente, la responsabilidad individual de quienes tenemos cierta capacidad de dirigir los destinos de instituciones o grupos. Y por último, la vocación de servicio a la sociedad debe ser otra guía que oriente nuestras decisiones. La revolución tecnológica que estamos viviendo, ¿puede ayudar en esos cambios o volverse en contra? La inteligencia artificial, como otras tecnologías, es una herramienta. Y las herramientas son capaces de amplificarlo todo, lo bueno y lo malo. Debería ayudarnos a desarrollar nuestras capacidades, a llegar más allá. Pero la IA y todas las tecnologías que vendrán después serán lo que las personas queramos que sean. Nuestra responsabilidad como universidad es formar a personas con la capacidad suficiente para discernir, pensar críticamente y tomar las decisiones adecuadas. Porque el quid de la cuestión no es si usamos esas herramientas sino para qué y cómo las usamos. No todo lo que es posible técnicamente es aceptable éticamente. A su juicio, ¿humanismo y tecnología deberían ser complementarios, no contrarios? Creo que debería haber un encuentro: a más tecnología, más humanidades. Las humanidades nos dan un contexto general, nos ayudan a generar el pensamiento crítico y un criterio que es fundamental para el buen uso de las tecnologías. Nos ayudan a pensar para qué estamos aquí, a tener una vida con sentido y a decidir con criterio, responsabilidad y vocación de servicio por el bien común. La tecnología debe estar siempre modulada por las humanidades para que se centre en la persona, en ayudarla a desarrollar todas sus capacidades. ¿Qué límites deberían plantearse al desarrollo de estas tecnologías? El humanismo, y en nuestro caso el humanismo cristiano que es el fundamento del proyecto educativo de la Fundación Universitaria San Pablo CEU y de la Universidad CEU San Pablo, es la brújula que debería orientar nuestros pasos, también en el uso de esas tecnologías que ya forman parte de nuestra vida. No podemos darles la espalda y actuar como si no existieran. Esa brújula que viene de las humanidades nos va a ayudar a tomar las decisiones adecuadas y a formar a quienes deben tomarlas para que estén comprometidos con el bien común y el progreso de la sociedad. Sí creo que debe haber límites al desarrollo tecnológico. De entrada, todos los necesarios para no comprometer los derechos humanos ni vulnerar la intimidad y la dignidad de las personas. ¿Qué mundo van a encontrar los estudiantes que ahora inician su formación universitaria cuando salgan al mercado laboral? Con la velocidad de los cambios que estamos viviendo, se encontrarán un mundo distinto. Quizá hayan cambiado o desaparecido las profesiones para las que se han formado y se habrán creado otras nuevas. Por eso es importante que la universidad no forme solo en conocimientos y habilidades técnicas, que tienen un período de obsolescencia, sino también en capacidades humanas sin fecha de caducidad. Cualquier empresa querrá tener a personas comprometidas, leales y creativas, que sepan trabajar en equipo y tengan capacidad de comunicación y liderazgo. Las universidades debemos comprometernos a formar en conocimientos y habilidades técnicas, pero también en esas capacidades que serán una mochila imprescindible para un recorrido profesional que, seguramente, no será tan recto como hace 20 o 30 años. Tendrán que cambiar varias veces de empresa, de puesto e incluso de profesión. Por eso es muy importante que les traslademos la vocación de seguir aprendiendo siempre. ¿Es posible ofrecer una formación que no se quede obsoleta ante el ritmo de avances al que nos enfrentamos? ¿Qué claves debía tener? Por supuesto, hay que seguir ofreciendo conocimientos, porque es sobre lo que se construye todo. Una persona que no tenga los conocimientos necesarios, no puede tomar buenas decisiones. Por supuesto, debemos formar a nuestros estudiantes en habilidades técnicas, pero también en esas capacidades humanas que van a ser siempre apreciadas y son decisivas para aportar valor a la sociedad. ¿Qué tipo de personas quiere formar el CEU? Personas que compartan los principios y valores de nuestra institución. Que sean competentes y se comprometan con el servicio a la sociedad; capaces de poner su conocimiento al servicio de las transformaciones necesarias en cada momento, pero sin perder esa orientación que les dan los principios y los valores del humanismo cristiano. En ese sentido, usted considera que el liderazgo del futuro debe ser comprometido y no puede ser neutral. ¿Por qué? La neutralidad es a veces la posición más cómoda, pero no siempre es la mejor. Las personas necesitamos principios que nos ayuden a tomar decisiones y valores que nos permitan sostenerlas. Creo que las personas sin principios ni valores no son las que necesitamos para que la transformación que se está produciendo contribuya al progreso y al desarrollo humano. Hablando de principios y valores, ¿estamos viviendo una crisis de ambos? Es posible. Cuando los cambios suceden tan rápido y vamos tan deprisa, especialmente los jóvenes, a veces se pierde esa brújula. Y sin embargo, igual que ha habido una pérdida de ciertos principios y valores, creo que también hay una búsqueda de otros. Nuestros jóvenes buscan cada vez más referentes que les ayuden a pensar y a tomar decisiones orientadas, que les guíen y les acompañen en ese camino. Y creo que las universidades tenemos mucho que hacer en este aspecto. Tenemos una gran responsabilidad porque estamos formando a las personas en cuyas manos estará nuestro futuro.