
La sucesión de terremotos de gran magnitud registrados durante 2026 en países como Venezuela, Colombia y México ha alimentado la percepción de que el planeta atraviesa un período sísmico fuera de lo común. Sin embargo, expertos citados por El Tiempo explican que estos movimientos responden principalmente a la dinámica natural de las placas tectónicas y que no existe evidencia de que formen parte de un fenómeno global anómalo.
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La reciente sacudida de magnitud 7,4 en Colombia, ocurrida el 10 de agosto con epicentro en el departamento del Chocó, volvió a poner el tema sobre la mesa. El Servicio Geológico Colombiano la ha identificado como el sismo de mayor magnitud registrado en el país durante este siglo.
La geóloga colombiana Adriana Ocampo, quien desarrolló durante décadas su carrera en la NASA, explicó que los grandes movimientos registrados en la región no necesariamente tienen un vínculo entre sí. “La actividad sísmica de 2026 responde a la dinámica tectónica natural de la región, no a un fenómeno anómalo. El sismo en Colombia (M7.4) fue por subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana, mientras que el doblete en Venezuela (M7.2 y M7.5) obedeció a una falla de rumbo entre las placas del Caribe y Sudamericana. Son procesos independientes y no están conectados”.
La explicación ayuda a entender por qué varios países pueden experimentar terremotos fuertes en un período relativamente corto sin que exista necesariamente una causa común. Colombia y México forman parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las zonas tectónicamente más activas del planeta, mientras Venezuela se encuentra fuera de ese cinturón y sus terremotos recientes obedecieron a la interacción de otras placas.
Además, la aparente concentración de terremotos puede estar influida por la forma en que actualmente se detectan y difunden estos fenómenos. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) señala que las variaciones temporales en la actividad sísmica son normales y que un aumento o disminución durante un período determinado no significa que esté por ocurrir un gran terremoto. El organismo calcula que, en promedio, ocurren alrededor de 16 terremotos de magnitud 7 o superior cada año a escala mundial, aunque esa cifra varía considerablemente de un año a otro.
Otro elemento que ha generado especulación es el posible vínculo entre temperaturas oceánicas, actividad solar y terremotos. Ocampo señaló que “por lo que se conoce hasta el momento, no hay evidencia científica que vincule el calentamiento oceánico con sismos tectónicos profundos”. Existen investigaciones que exploran posibles relaciones entre variables solares y actividad sísmica, pero estas hipótesis todavía no forman parte de un método científicamente establecido para predecir terremotos.
La profundidad también explica por qué terremotos de magnitud similar pueden provocar consecuencias muy diferentes. El movimiento colombiano se produjo a más de 100 kilómetros de profundidad, mientras que los terremotos venezolanos fueron mucho más superficiales. La distancia hasta la superficie, el tipo de suelo y la calidad de las construcciones pueden determinar cuánto daño termina produciendo la energía liberada.
En definitiva, 2026 no significa que la Tierra haya comenzado a producir terremotos de una manera completamente distinta, aunque la sucesión de eventos fuertes en lugares cercanos haya incrementado la percepción de riesgo. La ciencia sísmica puede identificar zonas de amenaza y calcular probabilidades, pero todavía no puede determinar con precisión cuándo, dónde y con qué magnitud ocurrirá un terremoto.
