Sin salario no hay prensa libre: La precariedad como forma de censura, por Edgar Cárdenas

Durante años se ha teorizado sobre los mecanismos con los que el poder asfixia al periodismo. Conocemos de sobra el catálogo tradicional: el bloqueo de portales web, el uso punitivo del marco legal, la hegemonía comunicacional y el asedio a medios independientes.

Sin embargo, existe un dispositivo de control mucho más silencioso y persistente que no requiere de sentencias judiciales ni de órdenes de bloqueo: la precarización económica de quien informa.

Se suele hablar de la libertad de prensa como un derecho abstracto o un principio normativo. En la práctica diaria, la libertad de prensa tiene un rostro humano y una dimensión material ineludible. Un periodista es un trabajador que debe pagar alquiler, cubrir la canasta básica y sostener a su familia.

Cuando el ejercicio de la profesión deja de garantizar las condiciones mínimas de subsistencia, el terreno de la información independiente se erosiona desde sus propias bases.

Esta fragilidad no es un accidente fortuito ni un simple reflejo de la crisis general; es el resultado del quiebre del ecosistema de medios.

Por un lado, operó la asfixia financiera deliberada: la destrucción del tejido empresarial privó a la prensa de la pauta publicitaria privada, mientras el Estado utilizó la pauta oficial como mecanismo de premio o castigo. Por el otro, la transformación digital global absorbe la mayor parte de la renta publicitaria a través de grandes plataformas, dejando a los medios con ingresos marginales.

El resultado es la desarticulación del trabajo formal. La desaparición de las grandes salas de redacción pulverizó las convenciones colectivas y empujó al periodista al freelance forzado, al pluriempleo y a la informalidad.

Se le exige rigurosidad ética, inmediatez y asumir riesgos personales, pero dentro de un esquema de contratación a destajo que traslada todo el riesgo económico y operativo al propio profesional.

Esta vulnerabilidad laboral opera como una censura por erosión. Cuando un comunicador debe sumar dos o tres empleos ajenos al oficio para completar el mes, el tiempo para la investigación rigurosa, el contraste de fuentes y la verificación de datos se reduce drásticamente.

La prisa impuesta por la sobrevivencia económica alimenta involuntariamente la tiranía del clic y deja el campo libre a la desinformación. No por falta de ética, sino por asfixia operativa.

Escribir sobre la crisis salarial en el gremio periodístico no es un ejercicio de victimización corporativa; es una advertencia sobre la calidad de la democracia. Un entorno donde los periodistas están acorralados por la precariedad es un espacio frágil, expuesto al desgaste profesional y a la fuga de talentos.

Defender el derecho de la sociedad a estar informada exige comprender que la libertad de expresión no solo se vulnera cuando se apaga un micrófono o se bloquea un portal web; se atenta contra ella cuando se normaliza que contar la verdad sea una actividad insostenible.

Garantizar condiciones dignas para el ejercicio del periodismo no es una concesión: es la condición indispensable para que la verdad mantenga un terreno firme sobre el cual ponerse de pie.

Edgar Cárdenas

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Author: Pablo Perez