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Edición en español Martes 8 de septiembre de 2026

Aquel Inter de Mourinho que hizo rabiar al Barça de Guardiola bajo los aspersores del Camp Nou

Al Inter de Milán no le pega la historia de la cenicienta, porque siempre será un grande de Europa, pero en aquel verano de 2009 nadie hubiera sido capaz de pronosticar lo que iba a suceder unos meses más tarde. El equipo había ganado la Serie A los cuatro años previos, sí, aunque casi más por incomparecencia de sus clásicos rivales, con el Milan en caída libre y la Juventus aún afectada por los coletazos del Moggigate, que por ser un equipo redondo. Mourinho llegó un año antes y ganó la Liga, pero en su segunda temporada se le pedía algo más en Europa. No es que el club hiciese saltar la banca para asegurarle ser competitivo, más bien al contrario. Vendió a Ibrahimovic, la máxima estrella, y a cambio fichó a Eto’o, Sneijder, Lucio, Motta o Milito . Son todos buenos nombres, indudablemente, pero no eran grandes fichajes. El Inter se aprovechaba con los tres primeros de los descartes de otros gigantes europeos, y con los dos últimos fichaba dos buenos futbolistas del Génova. Era un mercado de retales, que se sumaba a una estructura que llevaba tres años seguidos pegándose de bruces con los octavos de final en la Champions. Con ese punto de partida, el Inter abrazó esa frase que explotan los no favoritos: «Nadie cree en nosotros». Lo ha explicado en múltiples ocasiones Javier Zanetti, el capitán. «Mourinho nos convenció de que éramos capaces», suele decir el lateral, que al terminar la final le regaló el brazalete que había llevado en el encuentro, con una petición para que se quedara un año más, algo que Mou no aceptó. Mourinho, en el Inter, replicó lo que ya había enseñado en el Oporto y el Chelsea. El portugués iba de victoria en victoria a lomos de la periodización táctica, su gran aportación a la parte estructural del fútbol y, por encima de eso incluso, de una capacidad legendaria de hacer creer a los suyos que son mejores de lo que en realidad son. «Mou trabaja mucho sobre la psicología», explicaba tiempo después Julio César, el portero. Era todavía aquel un Mourinho vitriólico, no como el que se ve en Madrid estas últimas semanas. Cada semana montaba un zafarrancho de combate en la sala de prensa y llevaba a sus jugadores a unos extremos emocionales que, según la hoja de resultados, funcionaban. «Un año con él vale más que diez años con otro entrenador», ha explicado Sneijder. La intensidad del equipo se sintió así, como si fuera cada noche la última vez. Quizá el ejemplo más claro de aquel despliegue de emociones se encontraba en la delantera formada por Eto’o y Diego Milito. «Tuve que hacer un sacrificio por Mourinho», ha explicado el camerunés. En un jugador que había salido del Barcelona peleado con Guardiola, en parte por su carácter díscolo, Mou encontró un soldado de excepción dispuesto incluso a ponerse de carrilero derecho si la ocasión lo requería. Eto’o asumió que su labor principal iba a ser ayudar a Milito, por más que el argentino, que había llegado con 30 años y después de una carrera buena pero no despampanante, no tuviese el pedigrí que sí tenía el camerunés. Milito, con un doblete en la final, probó a todos que la decisión era la correcta. ¿Cómo lo hizo Mourinho? Todo el que le conoció en aquella época señalaba una capacidad de convicción digna de líder de culto. Aunque quizá el partido que condensa mejor aquel año fue el de la vuelta de semifinales. El Barça era favorito, pues estaba haciendo historia en el fútbol europeo, y además tenía una especial ambición por jugar una final en el Bernabéu. En la ida el Inter ganó 3-1 después de que los catalanes hubiesen tenido que ir hasta Milán en autobús por culpa del volcán Eyjafjallajökull. La vuelta es aquel partido memorable en el que Motta quedó expulsado a la media hora y el Inter, en una exhibición histórica de resistencia y amor propio, logró limitar los daños hasta un insuficiente 1-0 a favor del Barcelona . En la historia quedará como el partido de los aspersores, pues Mourinho, que tenía pasado azulgrana y cierta inquina al club, celebró a lo grande en el césped del Camp Nou y terminó mojado por el repentino riego. Tan inolvidable e icónica fue la escena que este lunes un periodista italiano le regaló a Mou un aspersor. Aquel fue también, de alguna manera, el inicio del idilio de Mou con el Madrid. Unas semanas después ganó la Champions en el Bernabéu al Bayern, pero ni siquiera llegó a celebrarlo por las calles de Milán. Se quedó ya en Madrid, que era su siguiente morada, otro club enorme en su carrera, una historia también intensa, aunque muy distinta a la del Inter.

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