
Veinticinco años después, el 11 de septiembre de 2001 sigue siendo una de esas fechas que dividen la historia en dos. Antes y después. En menos de tres horas, cuatro aviones secuestrados por 19 terroristas se convirtieron en armas contra algunos de los principales símbolos del poder económico y político de Estados Unidos: las Torres Gemelas, en Nueva York y el Pentágono, en Washington. El cuarto avión cayó en un campo de Pensilvania después de que los pasajeros intentaran recuperar el control.
Por infobae.com
Aquel martes murieron 2.977 personas y unas 25.000 resultaron heridas. Pero el alcance de los ataques fue mucho mayor que esas cifras. La conmoción se extendió por todo el mundo y alteró la sensación de seguridad de un país que, hasta entonces, pensaba su territorio como un lugar relativamente protegido de una amenaza de esa magnitud.
El impacto tampoco terminó cuando las Torres Gemelas se derrumbaron. La respuesta de Estados Unidos abrió una etapa de guerras y operaciones militares en el extranjero, transformó los controles en los aeropuertos y amplió las políticas de seguridad. También dejó consecuencias sobre las libertades civiles y una generación de sobrevivientes, bomberos y policías que años después todavía sufren enfermedades vinculadas con la exposición a los escombros.
Para entender cómo aquella mañana llegó a existir hay que retroceder a fines de la década de los noventa. El ataque fue el resultado de un plan que llevaba varios años en marcha.
Eran 19 hombres, divididos en cuatro grupos. Cuatro habían aprendido a pilotear aviones. Los demás tenían otra función: controlar a los pasajeros y a las tripulaciones para permitir que los pilotos tomaran el mando y cambiaran el rumbo de los vuelos.
Entre ellos estaba Mohammed Atta, un egipcio de 33 años que había estudiado arquitectura en El Cairo y continuó su formación en Alemania. Allí entró en contacto con Marwan al-Shehhi y Ziad Jarrah, que años más tarde pilotarían dos de los aviones secuestrados, y con Ramzi bin al-Shibh. Ese grupo terminaría formando parte de la llamada “célula de Hamburgo”.
Todos habían sido reclutados por Osama Bin Laden, entonces líder de Al Qaeda, y por Khalid Sheikh Mohammed, un pakistaní considerado el cerebro de los ataques del 11 de septiembre, hoy en prisión, en manos de Estados Unidos, y a la espera de un juicio que se realizará en 2028.
Mohammed ya había concebido en 1995 un proyecto para secuestrar varios aviones y utilizarlos contra objetivos en Estados Unidos. Para Bin Laden, la idea era impracticable. En una escala menor, terminó convirtiéndose en el plan que llevaría adelante Atta.
En marzo de 2000, Atta comenzó a contactar escuelas de vuelo estadounidenses para averiguar cuánto costaban los cursos y dónde podía alojarse. El entrenamiento fue financiado mediante transferencias encubiertas. Durante los meses siguientes, los integrantes del grupo fueron llegando a Estados Unidos y comenzaron a prepararse para la ejecución de los atentados.
Durante el verano de 2001, Atta, Jarrah y al-Shehhi viajaron por el país en vuelos comerciales. Observaban el trabajo de las tripulaciones, sus rutinas y las posibilidades de tomar el control de una aeronave. Al mismo tiempo, Jarrah y Hani Hanjour estudiaban rutas relacionadas con Nueva York y Washington y practicaban cómo manejar aeronaves pequeñas.
El plan ya estaba en marcha. Faltaba una fecha.
A fines de agosto, Atta comunicó a Al Qaeda que el ataque sería el segundo martes de septiembre. El motivo exacto de la elección nunca quedó establecido. Los investigadores plantearon distintas hipótesis, entre ellas que los secuestradores esperaban encontrar menos pasajeros un martes o que la fecha 9/11 evocara el número de emergencias de Estados Unidos. Ninguna pudo confirmarse.
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