El World Football Summit (cumbre del fútbol mundial) celebra esta semana en Madrid sus diez años como congreso de referencia en la industria del fútbol. Dicho así puede sonar burocrático y aburrido, pero Jan Alessie, su director ejecutivo y uno de sus fundadores, cuenta que en esos dos días de ponencias germinan muchas de las relaciones que después van marcando el paso en el mundo del fútbol. «Hay mucha gente que se ve solo una vez al año y lo hace durante el World Football Summit, es una oportunidad para hacer contactos nuevos y también para reforzar relaciones ya existentes», recalca. Los ejemplos son numerosos, pero recuerda que cuando Arabia todavía no era un actor en el fútbol mundial realizaron un evento allí y salieron con la sensación de que se iba a hablar mucho de ellos, como así sucedió. O cómo para entender que el Betis tenga una academia en Ghana habría que echar la vista a la aplicación del congreso en la que se conocieron. Diez años hablando de fútbol dan para haber visto muchos más cambios de lo que podría esperarse, y eso que es una industria que tiene una etiqueta de conservadora, de aversa a los cambios. «Quizá sí que ha ido un poco por detrás de otras industrias en profesionalizarse, pero ahora está cogiendo mucha fuerza, cada vez se usa más la tecnología y el fútbol es pionero en algunas de ellas. Sí, en el fútbol todo se mira con lupa, todo el mundo tiene opinión, y por eso quizá hay más miedo al cambio, pero creo que luego la gente se adapta», explica. Este lunes presentan un documento que recoge lo que ha cambiado el mundo del fútbol en esta década, desde la gobernanza hasta la televisión, pasando por la tecnología del juego o el fútbol femenino. «Nosotros hacemos un congreso específico de fútbol femenino, el primero fue en 2017 y facturamos 3.000 euros, una ruina, pero el año pasado hicimos una semana entera en Bilbao y fue un éxito económico, con eso ya se ve el cambio que se ha dado en ese sentido», remarca. Quizá el mayor cambio de la década sea algo tan poco concreto, y tan ligado al propio congreso, como el hecho de que todo esto se pueda considerar una industria. «Una de las razones por las que no existía un evento como el nuestro antes es porque no había una industria del deporte en España. Unos años antes la mayoría de clubes estaban quebrados, y un evento así no era necesario. Pero hubo un cambio, los clubes que son empresa se reforzaron económicamente y ahora en estos diez años esto ha ido cada vez a más, con la llegada de fondo de inversión, o gente de otras industrias que ha pasado al fútbol. Es un sector más profesional y eso era impensable», reflexiona Alessie. Hay, es obvio, cierta resistencia de muchos aficionados que sienten que todos esos excels y sofisticados programas de estadísticas están hundiendo el fútbol que ellos amaron, que les arrancan de las manos su pasión. Un poco de ludismo deportivo. «Creo que la transformación es imparable, pero eso no quiere decir que los aficionados no tengan derechos, todo lo contrario. El fútbol sin los fans no existiría, ellos son los que soportan toda la industria. La relación entre los que gobiernan el fútbol y los aficionados es el gran reto pendiente», cuenta Alessie, buen conversador. Porque además, hay evoluciones que incluso el fan más reticente podría abrazar: «Una de las cosas que se tienen que confirmar está en el tema de los derechos de televisión, en cómo los aficionados pueden ver un partido de fútbol, que sigue siendo algo muy fragmentado. Hace unos años la industria de la música estaba prácticamente quebrada por la piratería, pero Spotify permitió que se pagara por la música, porque el producto era mucho mejor que piratear. El fútbol tiene ese oportunidad también, yo creo», remarca. El evento, con muchas ponencias, no deja de ser también un polo empresarial. «Invitamos a clubes, ligas y federaciones, porque son los grandes deseados por parte de las empresas o los asistentes, que pagan su entrada o patrocinan un evento. Quieren prestar servicios o trabajar para esas propiedades deportivas», relata Alessie. Es esa semana en la que unos y otros dicen muchas veces «a ver si nos tomamos un café», y aunque muchas veces no llegue a darse, si dos consiguen sentarse en una mesa el mundo se mueve más rápido.