El regreso de la Fórmula 1 a Madrid con la celebración del Gran Premio de España en el circuito semiurbano de Madring marca el fin de una ausencia de 45 años. Desde aquel lejano 21 de junio de 1981, cuando el rugido de los motores encendió por última vez el circuito del Jarama, los monoplazas no pisaban de manera oficial la capital de España. Hoy, en pleno mes de septiembre de 2026, Madrid celebra una metamorfosis radical del automovilismo deportivo. El asfalto madrileño no solo recupera una de sus citas más deseadas, sino que evidencia un abismo evolutivo, técnico, social y humano entre dos épocas de la velocidad. En 1981, la Fórmula 1 se despedía de Madrid en un circuito permanente clásico, marcado por las escapatorias de hierba, la cercanía del público y una concepción pura del riesgo mecánico. La última carrera madrileña fue conquistada por el legendario Gilles Villeneuve a los mandos de su Ferrari , resistiendo los ataques de un joven Alain Prost en una batalla antológica, y analógica, sobre el asfalto. Hoy, la máxima categoría resucita en el circuito de Madring. Diseñado en el entorno del Recinto Ferial (IFEMA) y Valdebebas, nuevo barrio al norte de la ciudad, representa el paradigma de la modernidad extrema: un trazado semiurbano de 5,4 kilómetros dotado de 22 curvas en el cual los monoplazas rozan los 320 km/h en las rectas para clavar los frenos hasta los 100 km/h en curvas de fuerte deceleración. Eso sin desmerecer una curva peraltada hacia el cielo como ‘La Monumental’ —un guiño a la tradición taurina de Las Ventas— y tramos que cruzan túneles futuristas. Comparar la parrilla que cerró la era del Jarama con el plantel actual de la F1 revela el cambio cultural del deporte. Los pilotos de 1981 eran gladiadores románticos. Figuras legendarias como Gilles Villeneuve, Nelson Piquet, Niky Lauda, Alain Prost, Alan Jones o Carlos Reutemann competían sabiendo que la línea entre la gloria y la tragedia era sumamente delgada. Eran pilotos que se basaban más en sus sensaciones que en la telemetría. La parrilla del presente es radicalmente opuesta. Los pilotos actuales son atletas de élite sometidos a un entrenamiento militar en simuladores futuristas, donde cada milésima de segundo se monitoriza. Iconos de la talla de Max Verstappen, Lewis Hamilton, Lando Norris, Charles Leclerc o George Russell representan la perfección de la ingeniería psicomotriz y digital. La intuición de antaño ha dejado paso a la optimización milimétrica de datos, y los antiguos garajes improvisados se han convertido en centros espaciales de computación en la nube. El reflejo más fiel del crecimiento del automovilismo en este país se observa al analizar la presencia española en ambos períodos. En 1981, el automovilismo de circuito en España vivía en la más absoluta periferia mediática y económica. El único representante nacional en la cita del Jarama fue el barcelonés Emilio de Villota, un auténtico pionero que se inscribió de manera privada con un bólido Williams y que acaba de cumplir 80 años. En aquella carrera, De Villota no pudo clasificar para tomar la salida el domingo, víctima de las enormes desventajas técnicas de los equipos privados de la época frente a las grandes escuderías oficiales. Correr en España era, entonces, una gesta solitaria de mecenas y apasionados. «Ahora vamos más hacia un espectáculo que a un enfrentamiento deportivo de dos talentos diferentes de pilotaje. Incluso las capacidades de los pilotos, yo creo que quedan un poco camufladas por tanta estrategia, con tanta electrificación. Ahora se habla mucho de megajulio, se habla mucho de modo adelantamiento, se habla mucho de cosas que tienen poco que ver con la historia de nuestro deporte. Pero bueno, esto no es ni mejor ni peor, es otra F1», explica De Villota en una entrevista en ‘Marca’. Tras él llegaron los Campos, Pérez Sala, Gené y De la Rosa, que enganchan posteriormente con Alonso, Alguersuari y Carlos Sainz. De hecho, España ya no es un actor secundario; es una potencia de la parrilla. Por un lado, está el héroe local el madrileño Carlos Sainz, quien además ejerce como el gran embajador de este Gran Premio. Por el otro, el incombustible Fernando Alonso, la gran leyenda viva, el bicampeón del mundo que redefinió por completo la pasión por este deporte en nuestro país. Sainz ha tenido ocasión de probar el circuito. «Hay que ver si Madring es una locura o un circuito divertido», asegura, al tiempo que lamenta: «Me da rabia, porque es el año con el peor coche (Williams) que he tenido en F1, peor que en 2015 y 2016». También se mostró ilusionado Fernando Alonso: «Tengo ganas de Madring. Será una sensación increíble. Es una nueva pista para descubrir, en casa», apuntó, refiriéndose por primera vez a la cita madrileña, en la que podría anunciarse su renovación con Aston Martin. La afición que acudía al Jarama a ver bólidos extranjeros hoy tiñe las gradas de Madring de color azul y verde, espoleada por héroes nacionales consolidados en la élite mundial. «En Madring necesitamos que Carlos y Fernando vayan para adelante, porque ahora estamos sufriendo un poco todos», apunta De Villota en relación a los problemas que ambos sufren en Williams y Aston Martin respectivamente. La transformación durante estos últimos 45 años abarca todos los ámbitos, aunque destaca una revolución tecnológica enfocada a la sostenibilidad y la seguridad. Se ha pasado del derroche de gasolina a motores híbridos con combustibles sostenibles, combinando la velocidad con la responsabilidad medioambiental. Y se han introducido medidas de seguridad (célula de supervivencia de fibra de carbono, las barreras Tecpro y el revolucionario sistema Halo) que han minimizado drásticamente el riesgo de muerte, bastante más común en aquella época. A ello se suma el impacto digital inexistente en los años 80. La F1 ya no es solo televisión de fin de semana; es un ecosistema global que incluye redes sociales interactuando en vivo, series documentales de éxito mundial y telemetría accesible para los aficionados desde aplicaciones móviles. Madrid vuelve a abrir sus puertas al Gran Circo de la velocidad 45 años después. No lo hace con la nostalgia del motor analógico, sino con el orgullo de inaugurar el Madring, un escenario llamado a redefinir el entretenimiento deportivo automovilístico global de los próximos años.