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Edición en español Viernes 4 de septiembre de 2026

Los secretos del manguito mágico de Alcaraz

Hay pequeños detalles en el tenis que lo cambian todo. Uno de ellos se desliza por el antebrazo derecho de Carlos Alcaraz cada vez que salta a la pista estos días en Nueva York . Una malla o manguito blanco, fino y técnico que cubre desde el codo hasta cerca de la muñeca. No es un adorno. Tampoco es moda. Es, en esencia, un gesto de prudencia que se va a convertir en hábito. El doctor López Capapé, traumatólogo de BiClinic Madrid, indica a ABC que «estas mallas tienen un efecto multifactorial. Es muy importante la labor de compresión que ejercen sobre la musculatura del antebrazo. Pero no es lo único. Aquí hay también alivio de molestias y prevención de una recaída de su lesión de muñeca. No sabemos si se estará infiltrando o no pero lo que sí es decisivo en el momento en el que está Alcaraz es el trabajo de fisioterapia. Eso es clave ahora». No está muy convencido, sin embargo, de los efectos beneficiosos de la malla protectora el doctor Ricardo Rodríguez de Oya, también traumatólogo y jefe médico del Hospital Asepeyo Coslada. «La evidencia de que una manga de brazo prevenga lesiones de muñeca es limitada», explica. «Lo que sí es cierto es que algunos deportistas perciben así menos molestias o una mayor sensación de seguridad». El murciano ya lució la malla con insistencia en la primavera de 2024, durante el Mutua Madrid Open y después en Roland Garros. Entonces venía de molestias en el músculo pronador redondo del brazo derecho, esa estructura que permite la rotación del antebrazo y la flexión del codo, y que en el golpeo de derecha de Alcaraz soporta cargas brutales. El manguito —una prenda de compresión— no cura por sí sola. Mejora el flujo sanguíneo, genera un calor localizado, reduce microvibraciones y, sobre todo, ofrece una sensación de contención. El propio jugador lo explicó con la sinceridad que le caracteriza. Su fisioterapeuta se la había prescrito y él confiaba ciegamente: «No sé exactamente en qué me ayuda, pero si él me dice que la lleve, la llevo». Dos años después, la imagen se repite. Tras la lesión de muñeca derecha sufrida el 14 de abril en el Conde de Godó frente a Otto Virtanen, Alcaraz ha vuelto a entrenar en El Palmar con esa misma protección. Las imágenes del club ya lo mostraban ejecutando saques y peloteos con la malla puesta. No es casualidad. La muñeca es, según los especialistas, el eslabón débil de muchos tenistas: hasta un 30 % de las lesiones del miembro superior afectan a esa articulación. Y el golpe de derecha de Alcaraz, ese latigazo que combina potencia, topspin (golpe liftado) extremo y aceleración de muñeca, es especialmente exigente. El murciano es un maestro de la dejada y la finura en los giros de muñeca. Eso también puede pasar factura. La malla no es un invento reciente. Deportistas de élite de distintas disciplinas (es muy habitual en los baloncestistas) la utilizan desde hace años. En tenis ha pasado de ser un elemento meramente terapéutico a convertirse en un accesorio casi habitual para quienes buscan recuperar sensaciones tras una sobrecarga. Mejora la propiocepción (sentido que permite al cerebro conocer la posición exacta y el movimiento de cada parte del cuerpo sin necesidad de mirarla), mantiene la temperatura muscular y, en no pocos casos, actúa como un ancla psicológica. El jugador siente que el brazo está «protegido» y eso le permite soltar el golpe sin el pensamiento intrusivo de que algo puede romperse otra vez. Alcaraz lo ha verbalizado en más de una ocasión: el miedo a volver a lesionarse es, a veces, más difícil de gestionar que el dolor físico. En 2024, incluso cuando ya no sentía molestias, siguió llevándola. En Madrid reconoció que todavía no se fiaba del todo del antebrazo y que eso le obligaba a jugar de una manera distinta, con menos derechas al máximo de potencia, más profundidad y subidas a la red. El pensamiento estaba ahí. La malla le ayudaba a silenciarlo. Días después, en Roland Garros la mantuvo durante toda la quincena y terminó levantando el título. La protección había cumplido su función. Estos días, en el US Open, el mensaje es claro: no se trata solo de la lesión concreta del momento, sino de un protocolo de cuidado preventivo. Juanjo Moreno, su fisioterapeuta de confianza, y el resto del equipo médico han convertido esa pieza de tela técnica en parte del ritual diario. Calentamiento específico de la zona, trabajo de fuerza controlado y, encima, la malla de protección. Alcaraz ha insistido en que la muñeca ya no le duele y que sólo volvería a competir si se sentía en condiciones. La presencia de la malla en los entrenamientos y la posibilidad de usarla también en los partidos confirman que la prudencia sigue mandando. El manguito no multiplica la potencia ni corrige la técnica. Lo que hace es más sutil y, en el tenis moderno, casi tan importante: permite que el cuerpo y la cabeza trabajen en la misma dirección. Es algo casi mágico. Alcaraz ha aprendido a convivir con las molestias recurrentes de la muñeca derecha, las ha tenido antes y, como él mismo ha dicho, «nunca han llegado a más». Pero cada vez que reaparece esa malla blanca, el aficionado entiende que el tenista más espectacular del circuito sigue caminando sobre una línea fina. Porque el tenis de Alcaraz no es solo talento. Es también gestión del cuerpo. La potencia de la derecha del tenista de El Palmar, la agresividad de sus subidas y la intensidad con la que disputa cada punto exigen un cuidado extremo de las estructuras que sostienen ese estilo. El manguito es el símbolo visible de ese cuidado. Un recordatorio constante de que, detrás del espectáculo, hay un trabajo silencioso de prevención, recuperación y gestión mental. En el tenis, las lesiones pueden truncar temporadas enteras y la repetición de gestos técnicos genera microtraumatismos acumulados. Por ello, cualquier herramienta que aporte seguridad se convierte en aliada. Alcaraz lo ha entendido y su equipo también. Y el aficionado, al ver esa franja blanca sobre el antebrazo derecho, se pregunta por la capacidad del jugador para seguir dominando el circuito mientras protege el instrumento que le permite hacerlo: su brazo. La malla, discreta y blanca, es hoy uno de los símbolos más elocuentes de esa gestión. No llama la atención de forma exagerada. Simplemente está ahí, haciendo su trabajo, mientras Carlos Alcaraz intenta volver a ser el mismo de siempre. O, al menos, lo más parecido posible.

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