Los pollos de perdiz van estando igualones, pareciéndose cada vez más a sus padres. Recogida la uva, las lluvias de otoño fortalecerán sus plumas y hacia San Miguel comienzan sus primeros escarceos en rastrojeras y zonas de monte. Mientras tanto, en los pelecheros nuestros reclamos van completando su muda y a primeros de noviembre pasarán a las jaulas. Por esta época se recorrían pueblos y aldeas de zonas de renombre de buenos reclamos, para obtenerlos o apalabrarlos, antes de que, afortunada o desgraciadamente, las granjas hicieran su aparición. Aunque todo aquello se eche de menos, la nostalgia no evita mantener viva la ilusión de la caza con reclamo y la emoción de un sexto sentido –y no me refiero a esa especie de premonición o preaviso del subconsciente de que algo puede suceder–. Cuando se habla o se escribe de caza surgen con frecuencia referencias y ecos de dos maestros: Ortega y Gasset y Delibes. Sus magisterios de pensamiento o del manejo del lenguaje inspiran a otros autores que, en algún caso, nos producen una doble sensación de admiración y humildad ante el convencimiento de la imposibilidad de alcanzar la altura y profundidad de sus ideas o de la precisión, belleza y matices de sus expresiones. Así ocurre al leer a Eduardo Coca Vita, escritor, ensayista, independiente y defensor de lo auténtico, apasionado del mundo taurino y cazador. Sus obras y la recopilación de artículos y conferencias son un magisterio en el fondo y en la forma y un excelente caudal y fuente de conocimiento de la naturaleza, del campo o de la caza; y, en definitiva, de la vida. De una de sus conferencias –«Pregón Taurino de la Feria de Ciudad Real en 2011»– surge el título y contenido de este artículo, porque es suya la idea de que a los cinco sentidos que posee el hombre hay que añadir un sexto sentido: el «sentido del alma», que es el sentimiento. El sentimiento es emoción, algo que ni se explica ni se entiende; lo que queda cuando se olvida todo, como el poso del recuerdo en el camposanto del alma. Y si se es cazador de reclamo o se pretende conocer este ancestral arte de caza, surge la figura de otro maestro, Juan José Cabrero, médico jienense, autor del inmejorable libro ‘La perdiz con reclamo’ (Tikal Ediciones, 2008), la mejor obra, a mi juicio, de las ochenta publicadas hasta hoy desde los primeros manuscritos de 1788. Escritor que ha sabido definir al auténtico cazador de reclamo como un «cazador de lances» y que escribe «para transmitir sentimientos, lo único que de verdad tiene valor». Es ese «sexto sentido del sentimiento», sentido del alma, el que puede explicarnos en algún modo el arte de la caza de la perdiz con reclamo, que se siente más que se comprende cuando escuchamos sus cánticos. La periodista y socióloga Judith de Jorge recogía en ‘ABC’ las conclusiones de un estudio llevado a cabo por científicos de Yale y del Instituto Smithsoniano de Investigaciones (STRI), en el que se señalaba que las llamadas más atractivas de los animales en la naturaleza también lo son para los hombres, extremo que ya destacaba Charles Darwin en su teoría del «gusto por la belleza». Sistemas sensoriales, biología evolutiva y otros factores conducen a la atracción por sonidos que reflejan combinaciones complejas de tonos, intensidad y duración, prefiriendo aquellos más bajos y con adornos acústicos. Esto explica nuestra predilección por reclamos hondos y sonoros, de muchos golpes, variedad de sonidos y matices, intercalados de pitas y cuchichíos acompasados. A lo largo de 70 años cazando el reclamo habrán pasado por mis manos alrededor de 300 machos de perdiz y solamente dos, Lolo y Balear, poseían reclamos inolvidables por su sonoridad: roncos, profundos, como de ultratumba. Habría que añadir a estos dos el de un tercer pájaro cuyo reclamo escuchado hace años en el monte, cercano al puesto, me sobrecogió por su fuerza y hondura. Al mismo tiempo, en esta modalidad de caza se escucha el silencio; en la intimidad y maravilla del aguardo, si en la jornada de caza ha habido algo de escapatoria familiar, nace un sentir para justificar quizás un cierto remordimiento, como recoge este fandango: Aunque tú no te lo creas yo cazando pienso en ti aunque tú no te lo creas. En un puesto de perdiz siempre me ronda la idea de quererte hasta el morir. A solas contigo mismo, sin espectadores. En el aguardo, nuestros ojos y oídos están atentos con la esperanza puesta en el pollo, que desde el tanto iniciará sus cánticos de amor y desafío con las campesinas. Pendientes desde la tronera de lo que ocurra en la plaza, mientras llevamos a la boca seca unas hojillas de romero que nos han perfumado la mano. La belleza y el ritual de la perdiz que entra nos hará dilatar el momento de sentir el frío del contacto en nuestra cara con la culata de la escopeta para dejar a la perdiz campera inmóvil al pie de la jaula, a la vista de nuestro reclamo. También en parte se va aquietando nuestra emoción, porque oímos a lo lejos otra perdiz y nuestro reclamo ha reanudado la faena. Sentido del sentimiento y emoción que da trascendencia a lo captado por los demás sentidos y que te lleva, por ejemplo en el momento de recoger la perdiz muerta al pie del tanto en la plaza donde acudió al desafío, a atusar y alisar su plumaje mientras la acaricias. Y, dado ese «fondo inquieto de conciencia ante la muerte» que señalaba Ortega, nos lleva a recordar al poeta Luis Aguilera: Después de haberla matado la vida le devolviera, para que de nuevo entrara de aquella misma manera. Porque no podemos olvidar que es la modalidad de caza donde el cazador no querría matar la pieza. Imponente afición, una forma de vida y modalidad de caza que perdurará siempre pese a quien le pese mientras –como dice Vázquez del Río en su ‘Memorias de un Reclamo’– haya pueblos, perdices y hombres sencillos de los que nos alimentamos de ilusiones.