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Hay quienes pretenden presentar el liderazgo de María Corina Machado como una fuente de confrontación. Pero la realidad venezolana dice otra cosa: millones de ciudadanos arrastran una rabia acumulada tras años de privaciones, atropellos y frustraciones. María Corina representa la posibilidad de transformar esa rabia en esperanza, organización y voluntad de cambio.
La indignación venezolana tiene raíces profundas. Nace del dolor de un pueblo que ha visto deteriorarse su economía, sus instituciones, sus servicios públicos y la estabilidad de sus familias. Nace de la angustia de quienes sienten que les arrebataron la posibilidad de vivir dignamente en su propia tierra. En medio de esa calamidad, María Corina Machado ha encendido una luz de esperanza en el alma de millones de venezolanos. Allí reside la fuerza de su liderazgo: en convocar a quienes tienen razones de sobra para protestar y ofrecerles motivos para creer, organizarse y luchar por una Venezuela distinta.
¿Que los venezolanos están indignados? Por supuesto. ¿Que tienen motivos para protestar? Sobran razones. ¿Cómo pedir resignación al productor agropecuario de Calabozo o Portuguesa, que siembra y cosecha arroz con enormes sacrificios y luego enfrenta precios que apenas cubren el costo de llevar su producción al mercado? ¿Cómo exigir silencio a quien trabaja la tierra, arriesga sus recursos y vive bajo la amenaza permanente de la ruina? ¿Cómo pedir paciencia a los agricultores y ganaderos de Mérida, Táchira, Guárico o Falcón cuando escasea el combustible para mover vehículos y tractores, y faltan semillas certificadas, fertilizantes y pesticidas? Quien quiere producir alimentos tropieza, demasiadas veces, con una cadena interminable de obstáculos.
¿Cómo explicarles a las familias zulianas de Maracaibo y Cabimas que deben acostumbrarse a apagones prolongados? La electricidad desaparece de sus hogares, interrumpe el trabajo, daña los alimentos y convierte las noches en una prueba de resistencia. ¿Cómo pedir calma a la gente de Cumaná, en el estado Sucre, cuando el turismo languidece y tantas familias sobreviven sin un suministro confiable de agua? Pareciera que algunos quisieran que los venezolanos aprendieran a vivir como camellos, soportando días enteros sin el agua indispensable para una vida digna.
¿Cómo pedirles silencio a los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, la Universidad de los Andes, la Universidad del Zulia, la Universidad de Carabobo o la Universidad Rómulo Gallegos? Ellos ven cómo la insuficiencia presupuestaria, la falta de equipos y la fuga de profesores golpean el porvenir de la educación superior. ¿Y qué decir del paciente obligado a hacer colas interminables para recibir atención médica? ¿Cómo pedir serenidad a una madre que busca medicamentos para su hijo, a un enfermo que necesita una intervención o a una familia que vive con la angustia de llegar demasiado tarde?
A ese drama se suma el dolor de millones de familias separadas por el exilio. Hijos, padres, hermanos y amigos tuvieron que partir porque Venezuela les cerró las puertas de su propia casa. Esa ausencia pesa cada día en la mesa familiar, en las llamadas a distancia y en los abrazos postergados.
¿Puede alguien decretar el silencio de un pueblo con tantas heridas abiertas? La indignación también surge ante el manejo opaco de los recursos públicos, la falta de transparencia y las respuestas insuficientes frente a necesidades elementales. Los venezolanos tienen derecho a exigir rendición de cuentas, instituciones que funcionen y autoridades sometidas a la ley.
Protestar es un derecho. Denunciar es un deber ciudadano. Reclamar justicia es una expresión de dignidad. Una sociedad democrática necesita canales para expresar el descontento, instituciones capaces de escuchar y dirigentes dispuestos a conducir las aspiraciones colectivas por vías cívicas, constitucionales y pacíficas. Cuando esos canales se cierran, la frustración crece y la nación paga un precio demasiado alto. Por eso Venezuela necesita una salida democrática: transformar el dolor en fuerza ciudadana y la rabia en una causa nacional de reconstrucción.
El 24 de julio de 2027 ha sido propuesto como fecha para celebrar elecciones presidenciales libres en Venezuela. La iniciativa, planteada por el senador estadounidense Bernie Moreno y coincidente con el natalicio de Simón Bolívar, ha recibido respaldo del congresista Mario Díaz-Balart y del senador Rick Scott. Esa fecha puede convertirse en una meta para encauzar una transición democrática, reconstruir las instituciones electorales y devolver a los venezolanos el derecho de decidir su destino mediante el voto. Para ello se requieren garantías plenas: un árbitro electoral independiente, participación sin inhabilitaciones arbitrarias, observación internacional y respeto absoluto a la voluntad popular.
Venezuela merece llegar al 24 de julio de 2027 con un pueblo movilizado, organizado y preparado para convertir la esperanza en victoria democrática. Allí cobra mayor importancia el liderazgo de María Corina Machado: su presencia ofrece una oportunidad para que el sufrimiento encuentre un propósito compartido y el descontento se convierta en una fuerza de transformación democrática.
La rabia está presente en el campo que lucha por producir, en el hospital sin recursos, en la universidad que pierde profesores, en el hogar que permanece a oscuras y en la familia que cuenta los días para volver a abrazar a los suyos. El desafío consiste en convertir esa realidad en una causa nacional, capaz de unir a los venezolanos alrededor de objetivos democráticos y de una voluntad firme de reconstrucción. La rabia, sin rumbo, desgasta y divide. La esperanza reúne voluntades, alimenta la perseverancia y transforma el dolor en compromiso.
Eso es lo que está en juego. Quienes intentan presentar a María Corina Machado como una amenaza para la paz confunden —deliberadamente— el origen del descontento con la posibilidad de encauzarlo. Venezuela enfrenta una crisis que ha obligado a sus ciudadanos a convivir demasiado tiempo con carencias, abusos y respuestas insuficientes. La paz exige justicia. La estabilidad necesita instituciones legítimas. La convivencia democrática se construye con soluciones, respeto a los derechos humanos y voluntad política.
La indignación debe encontrar cauce en un liderazgo legítimo, con capacidad de convocatoria, compromiso democrático y voluntad de cambio; un liderazgo que transforme el sufrimiento en fuerza constructiva y abra las puertas a una transición pacífica, electoral y democrática. Ese es el sentido de la esperanza que hoy encarna María Corina Machado para millones de venezolanos: cambiar rabia por esperanza, convertir indignación en ciudadanía y hacer del sufrimiento una fuerza de reconstrucción. Esa es la Venezuela que queremos recuperar. Esa es la Venezuela por la que vale la pena luchar.
Antonioledezma.net