Pasa el tenis nacional español masculino de no haber podido nunca levantar el trofeo del Masters 1.000 de Shanghái a tener un enorme campeón, Alejandro Davidovich , y un enorme finalista, Rafa Jódar. Juntos brindan una final fantástica en la que exhibieron potencia, liderazgo y también resistencia y creer en uno mismo. Ahí está ese aguerrido, orgulloso y convencidísimo Davidovich, que ha entrado en la dimensión de los campeones tras superar barreras mentales propias. De aquellas lágrimas de frustración tras perder una final tras otra, algunas con punto de partido incluido, a esta media sonrisa en la que esconde un crecimiento mental abrumador con el que se lleva por delante una final que tuvo perdida durante cerca de una hora. Se citan en esta final asiática, donde antes naufragaron David Ferrer, Roberto Bautista y Rafa Nadal, los dos jugadores más en forma del circuito. El madrileño venció a Tirante, Lehecka, Van de Zandschulp, y Ruud remontando un set en contra y una semifinal de lujo ante Medvedev (6-3 y 6-4); el malagueño, a Brooksby, Tiafoe ( levantando una bola de partido ), Hurkacz, Gea y Zverev, número 2 del mundo. Son, lo dicho, los jugadores con mejor prestancia en estos momentos del curso. Davidovich se ha liberado con esos dos títulos en Mallorca y China después de cinco finales perdidas, y despliega con alas de titanio el mejor tenis de su carrera para alcanzar la segunda final de Masters 1.000 tras Montecarlo 2022. Del madrileño ya se han dicho todas las maravillas posibles, pero también le faltaba esta lección, la de padecer el bajón y la frustración de un par de torneos sin pasar de primera ronda (US Open y Tokio), y levantarse para brindar un nuevo espectáculo en esta recta final de curso, con su primera final de Masters 1.000. Es su primer enfrentamiento entre ellos, así que hay tanteo, estudio, descubrir las armas del rival y proteger las propias. Pero le dura poco la paciencia a Jódar, que atiza con todo a pesar de la paliza que ya lleva encima y aprieta el botón de la agresividad para presionar la resistencia en el fondo de Davidovich hasta derribarla con el primer ‘break’ del partido. Es un mensaje cargado de intenciones, de que el madrileño está fresco, fino, sólido, convencidísimo, con una aceleración de brazo que aturde al malagueño. Se suelta el más veterano, consciente de la dureza del contrario, mantiene la compostura e intenta cambiar el paso: latigazos por doquier y a jugarse todo porque no queda otro recurso. Pero Jódar está en su máximo esplendor: ya está ahí esperando cualquier pelota, con más saña y velocidad de piernas, de ideas y de brazos que el malagueño, que sufre otra rotura porque al madrileño le sale todo de diez. Y en 28 minutos es un 6-1 de auténtico acoso y derribo. Lo intenta Davidovich, buena actitud a pesar del vendaval que le llega del otro lado de la red. Pero es complicado imponer su criterio ante una bola rapidísima que lo presiona desde el resto y no lo deja respirar. Ni el cansancio, ni la primera final de Masters 1.000, ni la presencia de Roger Federer en la grada inmutan al de Leganés. Sigue atacando con dos grados más de aceleración en cada golpe, con un ritmo supersónico y una efectividad milimétrica. Cada acierto es un error al otro lado, 16 en la cuenta del malagueño en los cuatro primeros juegos, pero es injusto señalar que no sean forzados porque de alguna manera a Davidovich se le hace casi imposible mantener el tono ante este Jódar. Para el quinto juego, la rotura. Lo que muestra este Davidovich crecido después de haber roto sus propias barreras mentales, dos títulos tras cinco finales perdidas, es esta capacidad de aguantar con la mejor de las actitudes, bien sea ese punto de partido contra Tiafoe o este aluvión llamado Jódar. Paciente y activo, busca como puede el resquicio que lo haga entrar en el marcador. Hay una primera pelota de rotura que el madrileño le tumba con un saque magnífico y una derecha portentosa, pero hay otra que sí logra con esa capacidad de aguante que ha mejorado en las últimas temporadas: carrera hacia la dejada y passing para empatar a 3. Y quizá empezar otro partido. Hay tres grandes saques por parte del malagueño y aun así es una bola de rotura para el madrileño de inmediato. Pero salva Davidovich, que hace del sufrimiento su zona de confort, y del orgullo su bandera. Hay poco que hacer con este Jódar, que vuelve a meter una marcha más y encauzar la final hacia lo que él quiere y dónde lo quiere y cómo lo quiere. Pero el malagueño sabe bien qué hacer con ese ‘poco’. «Fantástico. Ahora, ahora», señala Rafa Jódar sénior desde la banda. No tiene que decir mucho más porque el pupilo/hijo se ha rehecho de esa rotura que no entraba en los planes y sacude las ilusiones del rival en otra bola de ‘break’ en el octavo juego (4-4) que levanta con otro punto de saque y derecha como si nada. Este Davidovich, no obstante, responde, resiste, se niega a claudicar. Hace maravillas en los límites por los que se escabulle del rival. Este Davidovich que se mantiene en pie, que se saca de vez en cuando la rabia: «¡A él le entra todo y a mí nada!», que se planta con firmeza para reducir dos bolas que podían suponer el 6-5 y saque del rival con dos saques directos y una templanza que minimiza las diferencias que se han visto hasta ahora. Incluso tiene un 30-30 para llevarse el segundo set al resto con 6-5. Ahí sigue Jódar: saque directo y casi directo para confirmar el ‘tie break’. Pero ahí sigue Davidovich, impertérrito esta vez para bloquear por fin los restos del madrileño e imponer su coraje, su estilo, su ritmo, sus cambios de altura, de dirección, su mentalidad y su puño en alto porque estaba desesperado hace 15 minutos y ahora se eleva en el desempate para irse al banco con la final igualada. De la adrenalina de uno y otro, se rompen los servicios nada más iniciarse el tercer capítulo. Hay cansancio en la pista, pero también mucho desgaste mental en uno y otro. Y la final, al completar las dos horas de juego, se vuelve una batalla psicológica de a ver quién aguanta mejor con la gasolina en las últimas reservas, cuando la mano ya no es tan firme ni las ideas tan claras ni la efectividad tan fácil de procesar. Ahí está Davidovich, ejerciendo de veterano, con un plus físico que parece faltarle a Jódar, que acumula errores y hasta los saques ya no lo sujetan. Es el malagueño el que se eleva con otra rotura mientras el madrileño debe pedir el fisio para que le quite la tensión del muslo derecho. Con 27 años, y en otra dimensión mental y de tenis, Davidovich aguanta mejor por físico y por confianza, que no le tiembla el pulso ni en ese juego con saque para ganar, de línea a línea y atizando a un maltrecho Jódar, que sufre las inclemencias de los calambres y la portentosa capacidad de aguante y sufrimiento de Davidovich. Este Davidovich que completa una remontada espectacular en la final del Masters 1.000 de Shanghái, donde se corona por fin con un título de esta categoría. De las cinco finales perdidas a la gloria de su tercer trofeo en este inmenso 2026. Y con una lección de creer en sí mismo que sirva de ejemplo para nuevas generaciones. «Seguramente es lo que entrenas cada día, para estos momentos, para vivir este momento. Hoy he estado más nervioso, porque era otra oportunidad para mí, pero no podría describir lo que siento. Solo decir gracias a mi familia, a mi equipo. Ha sido un año duro, pero nunca hemos dejado de sufrir ni de creer ni de trabajar duro para tener al menos una oportunidad de vivir esto otra vez», comentó Davidovich, el mejor Davidovich.