Una de las imágenes más llamativas del derbi asturiano entre el Oviedo y el Sporting de Gijón del pasado domingo, saldado con victoria por dos a cero para los primeros, fue ver a Santi Cazorla, todo un doble campeón de Europa con la selección española, integrado entre los aficionados carbayones durante el recibimiento al equipo en las inmediaciones del Carlos Tartiere. El exjugador, retirado el pasado verano, se distinguía a la perfección entre el humo azul de las bengalas, muy efusivo a la hora de agitar su bufanda mientras sus antiguos compañeros pasaban en el bus hacia el estadio. La imagen se ha convertido en un clásico instantáneo y demuestra que muchas veces los futbolistas no solo se mueven por dinero, sino por sentimiento. El caso de Cazorla es de sobra conocido. Tras una carrera de leyenda, donde defendió los colores de clubes icónicos como el Villarreal, el Arsenal inglés o el Málaga, fichó en verano de 2023 y con 38 años por el Oviedo, el escudo de sus amores y el de su ciudad natal, con la intención de ayudarlo a volver a Primera división tras 24 años alejado de la élite del fútbol español. La apuesta fue todo un éxito, pues el mediapunta, en junio de 2025, metió un espectacular gol de falta contra el Almería que lanzó a los asturianos a la final del playoff de ascenso, que ganarían más tarde. El cuento de hadas, sin embargo, acabó con un sabor agridulce cuando se confirmó el descenso del conjunto hace unos meses. Desde ese momento, Cazorla pasó al otro lado del muro y se mimetizó con la afición. El caso del asturiano no es único en nuestro fútbol. En marzo de 2013, el defensa y canterano del Celta de Vigo Hugo Mallo se infiltró con los radicales del conjunto gallego para viajar a La Coruña y ver en directo el derbi contra el Deportivo. Durante el choque, las cámaras de televisión captaron al lateral haciendo gestos obscenos e insultando a aficionados blanquiazules, e incluso la Policía tuvo que pedirle que se relajara. Antes del pitido inicial, se hizo viral una foto de Mallo sujetando un cartel de ‘Se vende’ para burlarse de la delicada situación económica que vivía el Dépor por aquel entonces. Un sainete que acabó con el propio futbolista pidiendo disculpas en una rueda de prensa explícitamente convocada para la ocasión. Fuera de las fronteras españolas, Daniele de Rossi, mito de la Roma, siguió un camino similar aunque menos polémico que Mallo. Durante su etapa en el Boca Juniors, el mediocentro, en enero de 2020, aprovechó un parón de la liga argentina para viajar a la Ciudad Eterna y presenciar un choque de su exequipo contra la Lazio, una de las rivalidades más calientes de la bota. Tan venerado es en la capital italiana que De Rossi tuvo que ponerse una peluca, gafas y maquillaje para poder acudir a la Curva Sud del Estadio Olímpico con el resto de ultras romanos y disfrutar del fútbol. Una práctica que también llevó a cabo su gran amigo Franceso Totti, ídolo por antonomasia de la Roma. Jamie Carragher, leyenda del Liverpool y ahora comentarista, ha convertido en costumbre unirse a los desplazamientos de la hinchada roja, sobre todo en los partidos de la Champions League. Por las redes circulan decenas de vídeos del ya retirado central en trenes y pubs con sus camaradas, cantando como uno más e integrado en las gradas visitantes de diferentes estadios, tanto ingleses como europeos. Un caso similar al de Kevin-Prince Boateng , ex de Las Palmas y Barcelona. Después de colgar las botas en 2023 con el Hertha de Berlín, club donde se formó de niño, se integró en la grada de animación ‘Ostkurve’ y ha sido captado en las últimas temporadas incluso con un megáfono en la mano, abanderando los cánticos por su antiguo club. En Inglaterra, cuando el movimiento ‘hooligan’ estaba al alza hace un par de décadas, las historias no eran tan entrañables. Por ejemplo, en 2002, Dai Thomas, exjugador del Cardiff City, fue condenado a 60 días de prisión por provocar disturbios tras un duelo de la copa contra el Leeds United, donde incluso llegó a lanzar una valla a los aficionados rivales. Que su apodo cuando estaba en activo fuese ‘Psycho’, psicosis en español, lo dice todo. El británico Lee Trundle y su amor por el Swansea City; los argentinos Leonardo Ponzio y Fernando Cavenaghi y su pasión por el River Plate; o el alemán Kevin Grosskreutz, que aprovechaba cualquier sanción o lesión para integrase con los ultras del Borussia Dortmund en el temido ‘Muro Amarillo’, también tienen cabida en esta fascinante lista. Pero sin duda, fue Diego Armando Maradona el primer futbolista moderno en iniciar este movimiento. Icónicas son sus imágenes entre los barras bravas de La Bombonera, poseído animando a su Boca, incluso teniendo que ser sujetado por sus compañeros de grada para no precipitarse hacia el vacío. Fiel a su estilo, nunca se tuvo que infiltrar: era como ver a un dios caminando entre humanos.