«Hemos echado a un aficionado vuestro», comunica el jefe de seguridad del Fútbol Club Barcelona, Xavier Porcuna, a su homólogo del Real Madrid . Hasta fichar por el Barça , Porcuna ejerció como comisario de los Mossos d’Esquadra y precisamente con ellos sigue trabajando en la Unidad Central Operativa (UCO) del Camp Nou , donde el inspector Andreu González coordina el dispositivo, junto al intendente Óscar Fernández Barbeito. En esta ocasión: ante un partido que Antiviolencia declaró de alto riesgo: el clásico celebrado el domingo 25 de octubre. Y con un añadido: se ha constituido el centro de mando en Egara, cuartel general de la Policía catalana en Sabadell, ante el temor a réplicas tras los disturbios que la noche anterior se saldaron con más de un centenar de detenidos y una treintena de comercios saqueados en Barcelona. El madridista expulsado, uno de los 399 que ocupan la grada visitante, realiza en cinco ocasiones el saludo nazi. Tal y como puede comprobar ‘in situ’ ABC, el acta del VAR de los Mossos así lo recoge para proponer una sanción administrativa, según fija la Ley contra la Violencia en el Deporte. Es Ricard, mosso dedicado a la vigilancia de este tipo de eventos, el que congela la imagen de una de las cámaras distribuidas por todo el estadio, y la revisa, una y otra vez, hasta asegurarse de que su sospecha es real. No lo aprecia en un primer momento, sino después de que un aficionado blaugrana ondee una señera contra la suerte de pecera que separa a los seguidores del equipo rival de los azulgranas. Es entonces cuando el hincha merengue alza el brazo derecho hacia adelante y hacia arriba, con la mano recta. «Esto es interpretable», admite el policía, tras visionar la grabación. No así lo que aprecia tras rebobinar: las cinco veces anteriores, cuando el individuo realiza el gesto fascista, pero entonces dirigido hacia el frente. «Hemos propuesto una sanción administrativa», comunica el jefe de seguridad del Barça. A las 21.58 horas, lo echan del estadio. Pero, ¿cómo hacerlo sin provocar altercados? «Le avisa personal del club. No le dicen directamente que lo van a expulsar, le piden que los acompañe. Si hay algún problema, acuden los Mossos», ilustra el inspector González. Y así, desde que el VAR de la policía catalana capta la simbología nazi hasta que el aficionado es invitado a abandonar el Camp Nou transcurren escasos 14 minutos. Sin ningún incidente, el partido sigue su curso. Las cámaras captan su recorrido hasta que, ya a las puertas del estadio, le comunican lo ocurrido. La sanción económica —que podrá recurrir— oscila entre las 3.001 y los 15.000 euros. Como pena accesoria se le puede prohibir el acceso al campo durante seis meses o un año. Lo mismo ocurrirá con los aficionados locales que han portado bufandas de los Boixos Nois. Dos integrantes de la Brigada Móvil (Brimo), de paisano —algo excepcional, por reorganización de efectivos—, acceden a la UCO de Camp Nou a escasos minutos de finalizar el encuentro. Portan, bien custodiados y etiquetados, los objetos incautados. Pequeñas cantidades de droga —entre esta, desvela su tufo, marihuana—, un spray pimienta y varias bufandas de los ultras del Barça a los que el actual presidente, Joan Laporta, prohibió la entrada ya en 2003, durante su primer mandato. (No está de más recordar que una de las facciones de los Boixos, los Casuals, derivó en delincuencia organizada). Cuando llega el segundo gol de Mbappé, el que dará la victoria a los de Mourinho, se produce otro incidente, que protagoniza un ‘supporter’ del Barça, al lanzar desde la grada una bandera y golpear a un vigilante de seguridad. Los Mossos se arremolinan sobre las cuatro pantallas en las que diseccionan las imágenes de las varias cámaras de seguridad, y tratan de recopilar todos los planos disponibles para lograr distinguir quién es el agresor. Amplían, congelan y escrutan los diferentes ángulos. Primero, la duda se extiende sobre tres hinchas. Finalmente, acaban identificando al sujeto. Lo hacen con ayuda de los responsables de seguridad del club, quienes conocen a gran parte de ellos —como no podía ser de otra manera— por sus nombres de pila. Una seguridad que se cuida muy mucho de frenar a la primera los cánticos susceptibles de sanción. Ejemplo: 21.11 horas, la gradería culé (gol sur) comienza a corear «¡ese portugués, que hijo puta es!», en inequívoca alusión a José Mourinho, técnico merengue cuyo laureado palmarés como entrenador llegaría después de haber militado cuatro temporadas en el ‘staff’ del Barça. Los responsables del club se coordinan para frustrar el conato ultra en la gradería y, acto seguido, se da un aviso por megafonía y se proyecta en las pantallas del estadio un rótulo que condena los insultos. Si el protocolo no se activa, sería el equipo local el que tendría que asumir la multa de LaLiga. Pese al estrés que podría intuirse para velar por el correcto desarrollo del encuentro, «el momento más complicado y de mayor tensión es cuando llega el autobús del equipo visitante», certifica el subinspector Josep, de la Unidad de Drones. Ellos son los encargados de velar por la seguridad de el clásico desde el aire. La cámara térmica capta a los aficionados en las inmediaciones del estadio, donde, dos horas antes de arrancar, centenares ya calientan motores, bengalas —e incontables cervezas— incluidas. «Mejor fuera que dentro», desliza uno de los agentes. Y es que en otros países europeos su uso está prohibido también en el exterior del estadio. En España sólo en su interior, o en los accesos. Pero el dispositivo ha arrancado ya mucho antes, cuando las unidades Canina y de Subsuelo han peinado el recinto y sus alrededores. Y es que España sigue en nivel 4 (sobre 5) de alerta antiterrorista. La planificación del despliegue policial comienza en los días previos. Se fija el itinerario desde los hoteles de concentración; se decide qué plantel accederá antes al estadio —sí, hubo lanzamientos contra el bus del Madrid— y, además de las unidades de orden público a pie de calle, los drones emiten su señal al centro de mando para que el jefe del dispositivo pueda tener una visual de los aledaños. Lo habitual es que haya dos equipos de aeronaves no tripuladas —en este caso, modelo Matrice—: el binomio que se encarga de captar lo que ocurre antes de que los jugadores salten al campo, y el equipo de detección e inhibición. ¿Su función? «Detectar otros drones y a quien los pilota», explica el subinspector. Les delata la radiofrecuencia. Y es que el dron se maneja por control remoto o una aplicación móvil, y cuenta con un sistema de navegación tipo GPS que revela su ubicación. «El objetivo es ir a por su piloto», apunta el subinspector. Si simplemente inhibiesen su señal, la aeronave descendería poco a poco, igual que cuando se queda sin batería, pero la Policía perdería la opción de localizar al infractor. Escenario que sólo se valoraría en caso de sospechar que el aparato porta algún material peligroso (léase explosivos, por ejemplo). «Para nosotros sois luz. Sois ya imprescindibles», se dirige al mando intermedio la jefa de los Mossos en Barcelona, Montserrat Estruch, a su llegada al búnker que vela por la seguridad del partido, cuando parte de la unidad de drones, además de en las inmediaciones del estadio, se había desplegado también en Gerona ante la previsión de nuevos disturbios, igual que el día anterior hicieron lo propio durante las algaradas en los alrededores de plaza Cataluña de la Ciudad Condal. Pasan pocos minutos, y aún no ha arrancado el encuentro cuando en la sala se escucha a un responsable de seguridad del club: «Se lo han llevado ‘enmanillado (esposado)’. Sabía que no era trigo limpio». El acta policial también recoge la pérdida de un menor de 12 años, que finalmente es entregado a su progenitor. Se registran también una veintena de asistencias médicas en el estadio, entre estas la de un aficionado con exceso de alcohol en sangre junto a la tribuna. El dispositivo culmina con efectivos de la Brimo escoltando a los aficionados madridistas hasta el metro y al bus de los blancos hasta el aeropuerto. Sin altercados en ambos casos.