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Edición en español Viernes 2 de octubre de 2026

Lamine-Mbappé: la batalla por el Melón de Oro

No imagino a un caballero como Kevin Keegan sosteniendo en público algo tan poco sutil como «yo y Rummenigge somos los mejores del mundo». Eso dijo hace poco Yamal de él mismo y del francés, «yo y Mbappé somos los mejores del mundo». Yo. Y Mbappé. Todo indicaba que aquel gesto tan hortera teñido de un vanidoso amarillo neón que le tiraba a uno de espaldas supondría el culmen de la absurda carrera que habían librado para dilucidar cual de los dos tenía un ombligo más grande, ¡quién podría superar semejante memez!, pero hete aquí que, a punto ya de enseñar la bandera a cuadros, Engañé sacó fuerzas de flaqueza, tiró de riñón, escondió la camiseta en apoyo a Ceuta y el duelo del bochorno arrancó de nuevo. El viejo fútbol agoniza, también lo noto en los jugadores que se van muriendo. Utilizamos el adjetivo de edad de un modo muy similar a como lo hacían los romanos para distinguir por ejemplo a sus Plinios, el escritor y militar del ahijado abogado, el fútbol de los campos de barro y el humo de puro en las gradas y el del glam, los trajes de buzo y los discursos vanos e inacabables. Keegan murió de un modo muy similar a como ganó sus dos Balones de Oro , en un diplomático silencio, de repente y sin querer molestar, sin estridencias, como lo hace un grande de verdad, un crack, uno de los emblemas del fútbol de antaño. Está tan desacreditado el premio de France Football que lo mismo da que da lo mismo quién lo gane o lo deje de ganar. El Melon d’Or sí debería ser concedido sin embargo ex aequo a Engañé y a yo, yo, Yomal, a fe mía que se lo han trabajado. El último y ridículo Trivial que han escenificado para ver quién respondía más rápido al quesito de la capital de Eritrea y así seducir a los miembros africanos del jurado nos avergüenza a los del viejo fútbol, que aguanta a trancas y barrancas con la respiración asistida, pero es jaleado por los fans del nuevo porque, al parecer, encuentran flow en lo zafio como en las pelis de Ed Wood, que acabó siendo todo un clásico.

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