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Edición en español Domingo 18 de octubre de 2026

Luis Merlo: «Me fascinaba la hípica, pero me he vuelto animalista y ya no me gusta cómo tratan a los caballos»

—¿Qué es el deporte en su vida? —Eso que siempre aplazo. —Pues yo diría que está usted estupendo para aplazarlo tan a menudo. —Porque camino mucho, tengo buena genética y he hecho mucho. Pero lo aplazo porque siempre hay una excusa que me lleva a plantearme ¿libro o gimnasio? Y siempre sale libro. —¿Por qué ese rechazo hacia el fútbol, que me consta que tiene? —Pues porque, de pequeño, mis padres decían: «Hoy hay fútbol, no va a ir bien la función». Le cogí manía porque era algo que venía a quitarnos el pan a mi casa. ¡Fíjate qué estupidez! —Pero hombre, ha llovido desde entonces. ¿No ha vuelto a intentarlo? —Me llevaron una vez a un partido de fútbol, a la parte de arriba y yo no veía la pelota, sólo a futbolistas correr. En fin… pero hay una cosa que me parece estupenda y es la gran publicidad, promoción y trascendencia social que se le da en este país al mundo del fútbol y no se le da al mundo del cine, ni del teatro, ni de la literatura, ni del arte. En otros países sí sucede. En Inglaterra pueden coexistir con mucha pasión las diferentes formas de cultura. —Adentrémonos en esos deportes que sí le impelen a convertirse en espectador. —Me fascina el tenis, pero a unos niveles increíbles. Me fascina la gimnasia rítmica, el patinaje sobre hielo, me fascinaba la hípica. Ahora, menos. Me he vuelto animalista, que no he sabido muy bien nunca en qué consiste ese adjetivo, pero me ha dejado de gustar cómo tratan a los caballos y he dejado de seguirlo. —O sea que el tenis… —Sí. En efecto. Pero de verme un Open entero o de ir y comprarme una entrada en la primera fila de Wimbledon para ver la final, ¡eh! O en Roland Garros, que también he estado en finales. —Lo siguiente que me va a decir usted es que todo se debe a Nadal y su influjo, ¿cierto? —Claro, por favor, con esa capacidad de lucha y de superación en cada golpe. Pero no sólo a él, al que he tenido la suerte de conocer. También admiro a Carlos Alcaraz y a Arancha Sánchez Vicario. —Una grande entre las grandes, sin duda. Ganadora de cuatro Gran Slam. E insuficientemente reconocida, si se me permite. —Es tan grande como todas las grandes. Cuanto más grande se es, más fácil es dejar de ser grande y más normal se es. Fíjate lo que supuso para mí tenerla al lado y estar hablando de tú a tú con ella. No creía que me pudiera estar pasando a mí. —Le va a hacer ilusión leerle y saberse admirada por alguien como usted. —Cuando admiro a alguien, me pasa. Y me pongo tímido y torpe. —Pues con los padres que ha tenido, no sé cómo puede llegar a sentirse intimidado. —Ya. Pero ella me parecía lo más. Casi no llegaba a la red y ya estaba armándola en Roland Garros. Cambió el tenis femenino total y absolutamente. Creo que dio un empuje y un aire moderno a la manera de jugar. Brutal. Yo la admiro muchísimo. —El fútbol y el teatro tienen mucho en común: héroes, villanos, impulsos primarios que acaban con las reglas del fair play… como en su obra. —Y sobre todo que hay una cosa que pasa mucho en esta función . Las broncas que hay en las parejas, cuando termina la función, los espectadores salen pensando: «Oye, que tú y yo nos parecemos a esto, que lo que hemos visto nos ha pasado». Todo en tono de humor. —El siguiente paso es representar a un deportista, Luis. Si tocara, ¿se limitaría a aprender el papel o intentaría adentrarse en la vida del personaje? —Por supuesto que querría saberlo todo. Además, te digo a quién me gustaría interpretar. A Manolo Santana. Lo vería todo sobre él, porque es la riqueza de cuando haces un personaje real. Como cuando tuve la posibilidad de hacer Calígula, de Albert Camus. Y, de repente, quise saber todo lo que realmente sucedió, aunque esto sea una excusa de un autor para hablar, en este caso, del existencialismo. Pero hacer un Manolo Santana adulto, con todo lo que le había sucedido ya, a mí eso me encantaría y querría saberlo todo. —Usted decía antes que la convivencia entre el fútbol y otras formas culturales, en España, es complicada. —Igual siento un poco de envidia y me hace ponerme un poco en contra, sí. —Cite algunas ideas que lleven a pensar que es posible. —Proponer cosas llenas de energía, llenas de vida, llenas de verdad. Es la misma energía. ¡El teatro, como el fútbol, es divertidísimo!. —No quisiera encizañarle pero se van a pagar como mínimo 460 euros para un Barça-Real Madrid. Los campos se llenan; las salas, no. —Pues debería hacernos pensar. No hay cosa peor para el teatro que el mal teatro. Estoy en contra absoluta de que a unos niños que no han ido nunca al teatro los lleven a ver La Celestina, que no están preparados y les resulta un pestiño. El fútbol, no. Haz lo de Inglaterra, haz que jueguen con el teatro, que participen, como en el fútbol, que no sea una cosa sesuda desde fuera, que no vuelven los chicos con la educación de los clásicos. —No me diga que no le hubiera gustado presenciar en vivo la final del Mundial. —Me producen mucho miedo las aglomeraciones. Puedo ver una final en casa, aunque la del Mundial no pude verla, pero los campos llenos de gente no me van. Y mira que, gracias a Dios y verdaderamente lo agradezco, siento el cariño del público muy cerca, como para se me acerquen y me pidan que nos hagamos fotos. Y hay un momento en el cual no me puedo permitir ser un espectador más. Eso también influye. —Si es por eso, le ponemos a usted una gorra y unas gafas y ni se enteran de que está usted allí. —Pues mira, yo he sido, y digo que he sido porque ahora tengo menos tiempo y otra edad, pero yo he sido un forofo que he seguido a gente del mundo del deporte, del tenis, como te comento. —Aún estamos a tiempo de que amplíe su espectro y le coja el gusto al balón. Sobre todo, con la selección nacional, capaz de unir lo que los clubes separan. —Sí, es verdad. Es una generación espectacular que nos está dando grandísimos éxitos. Es una manera de normalizar a través del deporte. Como los Juegos Olímpicos, a otro nivel, sí. Todo lo que sea unir, bienvenido sea.

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