Se llama Mikel, se apellida Merino y es el fontanero de guardia de España cuando, cosa rara, las tuberías del engranaje de la selección pierden agua y amenazan desastre. El equipo que comanda Luis de la Fuente ganaba 2-1, pero la República Checa, con diez hombres, amagaba con buscar el empate. Hasta que apareció Merino en el área rival y, con su habilidad y pizca de fortuna habituales —el balón tocó en dos defensas antes de entrar—, anotó el 3-1 y cerró la noche. El arreón de los checos en la segunda parte le pilló frio. Poco pudo hacer en el gol, pero luego cometió un grave error que hubiera conllevado el empate si el árbitro no llega a anular la acción. El lateral del Sporting de Lisboa debutó como internacional y no desentonó en absoluto. Siempre atento, exhibió contundencia y carácter. Regresó a la selección un año después de su última convocatoria y, como les pasa a casi todos los llamados por De la Fuente, cumplió a la perfección. Experiencia y fiabilidad para comandar el eje de la zaga española. Revivió con criterio su otrora dúo de centrales con Le Normand. Más aplicado en defensa que en ataque, cumplió por la banda izquierda como escudero y guardaespaldas de Baena. Pieza imprescindible en la sala de máquinas del seleccionador, se entiende de memoria con Rodri y Pedri y es el eslabón de enganche de ambos con Lamine Yamal. Otro recital de dirección serena y eficaz, aderezada además con un gol de precisión, el 2-0, que afianzó a España en el marcador. Con la selección aún le cuesta brillar como merece su enorme calidad, pero ante los checos combinó con criterio y dio un paso más hacia su mejor versión. Hace fácil lo difícil. Y habitual, que tiene aún más mérito. Los porteros conocen su disparo de zurda favorito, pero son incapaces de detenerlo. Así abrió, un día más, el marcador y su acostumbrado recital. Definitivamente, no hay equipo donde se encuentre más a gusto e inspirado. Sin ser su noche más brillante, creó peligro cada vez que apareció. Importante labor oscura la suya. Se hartó de correr como primer peón en la labor de presión en la salida del balón checo. No tuvo ocasión de mostrar su olfato de gol. Salió con ganas desde el banquillo tras el descanso. En los primeros minutos acreditó la velocidad y verticalidad que tanto están dando que hablar en la Premier. Tuvo una buena ocasión de sentenciar el partido y en los minutos finales se entonó con un par de peligrosas cabalgadas. Pese a que su entrada coincidió con el bajón de juego de España, su presencia aportó la energía y el empuje necesarios para sostener al equipo en esos momentos de flojera. Como casi siempre, apenas necesitó unos minutos, 22 exactamente, para pisar el césped del Tartiere y anotar el gol de la tranquilidad cuando más intentaba apretar la República Checa. Sustituto de Rodri, apenas le dio tiempo a tomar el mando. Porque salió en el 76 y porque se encontró con los minutos de mayor desconcierto del equipo.