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Edición en español Viernes 30 de octubre de 2026

Soledad Morillo Belloso: Dos mujeres se visten de blanco

29 de octubre de 2026 — Día de San Narciso de Jerusalén, el santo paciente que soportó la calumnia antes de ver justicia.

Dos mujeres se visten de blanco y hablan, pero el blanco, como todo en este país golpeado, depende de la luz con que se mire. Para la una, atrincherada en un despacho oficial en el que está sin legitimidad, la bata blanca es un disfraz de pulcritud con el que pretende lavar la mugre del colapso, una coraza impoluta desde donde recitar la prórroga infinita, administrar la penuria a cuentagotas y pedirle a la gente que espere al 2027. Para la otra, con los zapatos sucios de la polvareda del camino y el blanco zurcido de abrazos apretados de la calle, la palabra no busca aplazar el destino sino sacudirle las pulgas a la resignación.

Y en medio de ese duelo de trajes sastre y verbos, el venezolano de a pie las mira de reojo desde la cola del pan o el autobús destartalado, sabiendo con esa sabiduría vieja del cansancio que mientras el poder habla para estirar su eternidad, la calle habla para no morirse por dentro.

Delcy: La retórica del despacho

El día amanece en Caracas con la misma neblina tibia de siempre. Pero abajo, en el cemento, el país no respira poesía; respira política, o lo que queda de ella después de tanto manoseo. Habló Delcy. Y cuando la vocería oficial toma el micrófono, en los cafetines de Chacao y en las colas de los Valles del Tuy se produce un silencio denso: el de una población que aprendió a leer entre líneas porque las líneas gruesas vienen siempre con tramposa costura.

Delcy no le habla a la nación; le habla al tablero y al tutor. Su discurso busca marcar terreno frente a los espejos del poder y las cancillerías extranjeras mediante una técnica depurada de cinismo institucional: envolver la grieta en celofán patriótico y vender el estancamiento como virtud estratégica.

Decir que el «horizonte político no se mide por una fecha» es, en el catecismo del poder, una forma elegante de clausurar el futuro. En la Venezuela profunda, el tiempo es una cuenta regresiva que duele en la nevera vacía y en la medicina impagable. Prometer que no habrá prisas electorales equivale a pedirle al paciente en terapia intensiva que se acomode en la almohada mientras los médicos debaten el color de la sala. El régimen sabe que el tiempo es su mejor recurso de amparo: mientras el ciudadano consume sus días resolviendo la supervivencia doméstica —el agua que no sube, la luz que agoniza, la gasolina que se evapora—, la cúpula teje una prórroga infinita. La fecha no importa cuando se es dueño del calendario.

La reacción ante el retorno de María Corina siguió el libreto clásico: llamar «show» al movimiento de la acera de enfrente. Se minimiza el peso de la contraparte con la misma soltura con que se niega la crisis o se afirma que «no hay persecución política», una aseveración que requiere una dosis superlativa de amnesia voluntaria. Es el país del revés: la oposición debe pedir permiso para existir mientras el poder se reserva el derecho de admisión al debate nacional.

El contraste resulta trágico. Por un lado, la mirada puesta en las bóvedas de Londres reclamando lingotes de oro con firmeza; por el otro, la promesa deslucida de que «pronto llegará el alivio» a un Sistema Eléctrico Nacional que agoniza. Imputar el colapso exclusivamente al bloqueo externo es una pirueta retórica que ya no convence. El ciudadano que perdió la nevera por un bajón de luz en Barquisimeto o lleva tres días sin señal en Maracaibo sabe que las turbinas no se arreglan con adjetivos en televisión.

En la contabilidad oficial, el salario dejó de ser el pago digno por el sudor para convertirse en una promesa que se estira al ritmo del calendario. Prometer con sonrisa de vitrina que «se trabaja en la recuperación de los ingresos» mientras el sueldo mínimo expira es pedirle al trabajador que haga milagros con los panes y los peces. El régimen prefiere la bonificación sin incidencia, la dádiva que no genera jubilación; ese goteo que no llena la olla pero marea el hambre, al más acabado estilo de todos los regímenes facistas.

Hablar de 2027 es tirar una moneda al aire que siempre cae del mismo lado: un chicle que el régimen estira para pedir paciencia hoy, tranquilidad mañana y resignación siempre. Para el venezolano de a pie, no es una meta ni una esperanza, sino una promesa más en la lista de mañanas que nunca llegan a la mesa. La alocución deja el sabor amargo del café recalentado. El poder habla para sostener su arquitectura; la calle escucha con la resignación cansada del que ha visto pasar demasiadas promesas por la misma avenida.

María Corina: La urgencia de la calle

En la Universidad Católica Andrés Bello (mi alma mater), el aire de esta mañana tenía esa densidad particular que antecede a los acontecimientos. No era la vibración habitual de los pasillos a la hora de la primera clase, sino esa tensión que se instala cuando el país real irrumpe en las aulas y el concreto parece volverse testigo. María Corina regresó al recinto universitario para marcar una posición de corte lapidario en el tablero de las urgencias nacionales.

Vestida de ese blanco impoluto que ya no es una simple elección textil sino una declaración de principios, se plantó ante los micrófonos sin las evasivas de la retórica política. Acompañada por estudiantes y profesores, desmontó de un plumazo la pretensión oficial de convertir el cambio democrático en una espera indefinida, soltando sin anestesia: «Aquí nadie se traga el cuento del 2027; la dignidad de un país golpeado no admite más prórrogas ni pactos de trastienda».

Frente a la narrativa de Palacio que intenta anestesiar el descontento, contrapuso la terquedad del presente y la urgencia de la calle. Dirigiéndose a quienes pretenden administrar la resignación a cuentagotas, fue directa al hueso: «El régimen se mide por el tiempo que quiere ganar, pero los venezolanos medimos la vida por el tiempo que nos han robado». Su mensaje caló hondo en la herida abierta del ciudadano común, recordándole al auditorio que «la libertad no se negocia en una mesa de sombras ni se pide de favor; se conquista de pie».

Para Machado, las prioridades no se dibujan en las pizarras de la burocracia: la tarea impostergable es desmantelar la estructura del colapso para restituir la libertad, rescatar la dignidad del salario frente a la limosna del bono y reconstruir los servicios públicos. Por encima de cualquier programa, su prioridad medular es detener la hemorragia de la migración y construir garantias para un retorno seguro. Asimismo, la atracción de inversiones no se concibe como un asunto de remates a oscuras, sino como un marco de estricta legalidad, seguridad jurídica y transparencia absoluta donde la ley sea la misma para todos.

Al despejarse el salón y quedar vacías las escalinatas de la UCAB, flotando en el ambiente permaneció una certeza incómoda para la cúpula del poder. Mientras en los despachos oficiales se insiste en manipular el calendario, en la acera de enfrente la paciencia se agotó y, como sentenció al cerrar su intervención: «El futuro no es una promesa en lata para cuando a ellos les convenga, sino una cuenta pendiente que se cobra en el asfalto diario».

Balance

Así se cierra esta jornada de blancos enfrentados y verbos dispares: de un lado, la moqueta oficial atrincherada en el cinismo de las prórrogas; del otro, la calle viva resistiéndose a que le congelen la esperanza. En esta singular versión de debate a distancia —un circo sin carpa donde los atriles fueron sustituidos por la frialdad de las pantallas y el eco de los pasillos universitarios— la verdadera contienda no se libró en la sutileza de las ideas, sino en la desfachatez para mirar a la cara a un país saqueado.

Perdió, con la contundencia trágica de lo grotesco, la oratoria de la intrusa de Miraflores, esa fábrica insaciable de mentiras enlatadas incapaz de llenar con adjetivos la nevera vacía o encender con decretos el bombillo apagado. Ganó, en el terreno desgarrador de la necesidad, quien supo traducir el crujir de tripas y la rabia contenida en una causa con nombre y apellido.

Ya vendrán los encuestólogos con sus carpetas bajo el brazo, sus decimales esterilizados y sus gráficos en PowerPoint a pontificar sobre quién subió un milímetro o quién trastabilló en el fango; ya dirán los politólogos qué renglón sumó más aplausos en el mapa de las vanidades. Pero en el marcador despiadado de la calle, la sentencia quedó dictada sin apelación: mientras un bando jugó con un descaro miserable a ganar tiempo, el otro dejó al desnudo que a Venezuela se le agotó la anestesia.

Entre los comunicados impolutos del Palacio y la mugre cotidiana del asfalto, el ciudadano de a pie apaga hoy la luz —o espera con resignación feroz a que regrese— sabiendo que las promesas no se comen, que los cínicos no se regeneran y que ningún imperio de adjetivos, por más blanco que se vista, sobrevivirá al juicio lapidario de un pueblo que perdió hasta el miedo a quedarse a oscuras.

«Estamos mal, pero vamos bien», diría Teodoro. Invito a tirios y troyanos —a hunos y a otros— a revisar con calma ambas declaraciones. Al final, la democracia exige ciudadanos analíticos, no personas que se dejen llevar a ciegas.

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