
Desde el pasado 3 de enero, Delcy Rodríguez no deja de sorprendernos. Quien durante años fue una activa militante y alta funcionaria del chavismo-madurismo, identificada con la defensa del modelo político, económico e ideológico instaurado por Hugo Chávez, aparece ahora en una faceta que contrasta notablemente con su trayectoria, la de una dirigente que reivindica principios y propuestas que durante mucho tiempo estuvieron ausentes de la práctica gubernamental que ella misma contribuyó a sostener.
Por Elsa Muro
Su actual condición de presidenta encargada, por obra y gracias del Tío Donald y no de la Constitución, en medio de un escenario político e institucional excepcional y de controversias sobre su fundamento constitucionalidad , plantea interrogantes que van mucho más allá de la coyuntura.
¿Estamos ante una verdadera conversión ideológica? ¿Se trata de un ejercicio de pragmatismo político impuesto por las circunstancias? ¿O estamos presenciando una estrategia diseñada para garantizar su permanencia en el poder, administrar la transición y construir una nueva plataforma de control sobre las bases del chavismo-madurismo?
Mi impresión de abuela huérfana de hijos y nietos, es que Delcy no estaría trabajando exclusivamente para completar el período de gobierno hasta el vencimiento del mandato constitucional, desconociendo su vigencia.
También podría estar construyendo una estructura política propia, capaz de reorganizar y mantener bajo su influencia las bases del chavismo-madurismo, mediante una suerte de renovación pitiyanki del discurso revolucionario, adaptado a las nuevas circunstancias.
El pasado fin de semana tuvimos una muestra particularmente llamativa de esta nueva narrativa. El Noticiero Venevisión difundió en sus redes sociales diez de los que presentó como pensamientos o principios fundamentales de Delcy.
Lo que vimos y escuchamos resultó, cuando menos, sorprendente.
Vimos a una Delcy proclive a defender las libertades económicas, precisamente aquellas que fueron severamente restringidas durante los años en que ocupó importantes responsabilidades dentro del aparato gubernamental. No podemos olvidar que fue parte de un proyecto económico caracterizado por la intervención estatal, los controles, las expropiaciones y la planificación centralizada.
Vimos también a una dirigente preocupada por los derechos fundamentales de los ciudadanos. Una defensora de libertades y garantías individuales que contrasta con la actuación del gobierno del cual formó parte y en cuya estructura tuvo responsabilidades relevantes.
Escuchamos a una Delcy modernizadora, partidaria de simplificar los procedimientos administrativos y preocupada por la ineficiencia del Estado. Por momentos, parecía una convencida promotora de las reformas estructurales que tradicionalmente han defendido los economistas vinculados a los organismos financieros internacionales. Una Delcy, en definitiva, inesperadamente fondomonetarista.
También nos encontramos con una Delcy respetuosa de los procesos electorales, de la transparencia y de la voluntad popular. ¡Qué admirable conversión! Pareciera haber olvidado las controversias y denuncias que rodearon las actuaciones de su hermano, Jorge Rodríguez, al frente del Consejo Nacional Electoral, y de pupilos Tibisay y Amoroso, así como los cuestionamientos sobre la transparencia de los procesos electorales y, particularmente, los acontecimientos relacionados con las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 y la falta de publicación de resultados desglosados que permitieran verificar plenamente el resultado anunciado por el organismo electoral.
Vimos y escuchamos a una Delcy defensora de la libertad de pensamiento y expresión, proclamando que «todos tenemos derecho a pensar distinto, sin temor a represalias de ningún tipo».
Una declaración que merecería nuestro aplauso si no fuera porque parece desconocer la realidad que ha vivido y continúa viviendo el periodismo independiente venezolano. ¿Acaso olvidó que durante años se han producido persecuciones, restricciones, amenazas y procedimientos contra medios de comunicación, periodistas y plataformas digitales?
Que les pregunten a Alberto Ravell y a Miguel Henrique Otero por las circunstancias que rodearon a La Patilla y a El Nacional. Que nos expliquen cómo encaja esa nueva defensa de la libertad de expresión con las actuaciones del poder frente a quienes se atrevieron a disentir.
La nueva o hackeada Delcy también parece haberse convertido en una celosa defensora de la libertad personal. La hemos escuchado instruir a los cuerpos de seguridad para que ninguna persona sea detenida arbitrariamente y para que las privaciones de libertad se produzcan conforme a los procedimientos legales.
¡Qué extraordinario descubrimiento del Estado de derecho!
¿Será que la flamante presidenta encargada desconoce las denuncias sobre actuaciones de funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana y de la Guardia Nacional, relacionadas con restricciones ilegales a la libertad de tránsito, amenazas, extorsiones y otras actuaciones contrarias a las garantías constitucionales?
¿O acaso piensa que el problema de los abusos policiales se resuelve impartiendo una instrucción desde Miraflores?
Y la lista de sorpresas continúa.
Tenemos ahora a una Delcy preocupada porque no se vaya la luz, porque los salarios alcancen, porque mejoren las condiciones laborales y porque se eliminen instrumentos normativos que puedan utilizarse para restringir el pensamiento y la expresión bajo el argumento de combatir el odio.
En definitiva, una dirigente que parece haber descubierto, de repente, las virtudes de la economía de mercado, la libertad de expresión, el pluralismo político, el Estado de derecho, la transparencia electoral y los derechos laborales.
Frente a semejante transformación, uno no puede evitar preguntarse si estamos ante una auténtica rectificación política o ante una operación de relanzamiento de imagen y construcción de una nueva identidad para garantizar la continuidad del proyecto chavismo-madurismo bajo otras formas.
Porque una cosa es pronunciar discursos y otra muy distinta es gobernar conforme a los principios que se proclaman.
No basta con hablar de libertad de expresión mientras se mantienen restricciones a los medios y periodistas. No basta con invocar la transparencia electoral sin esclarecer las controversias sobre los resultados de las elecciones. No basta con ordenar que se respeten los derechos ciudadanos mientras persisten denuncias sobre actuaciones arbitrarias de los organismos de seguridad.
En fin, Delcy, después de escuchar y leer los diez principios difundidos por el Noticiero Venevisión en sus redes sociales el pasado sábado, uno termina preguntándose si no habrá ocurrido algo extraordinario: ¿será que un hacker particularmente diestro y peligrosísimo logró clonar a la siempre eficiente vicepresidenta y colocar en su lugar a esta nueva Delcy, liberal, garantista, modernizadora y defensora de las libertades?
En definitiva, si no estamos ante una conversión política, estamos ante una clonación. ¡Caramba, qué hacker tan extraordinario! ¡Hackear a Delcy y conseguir que piense y hable exactamente al revés de lo que ha representado durante tantos años!
Los venezolanos ya hemos escuchado demasiadas promesas. Esta vez, lo que corresponde son hechos.