Julián Álvarez, cabizbajo desde hace meses, repudiado por su propia afición, comenzó a salir del agujero en Stuttgart, ciudad del sur de Alemania donde, al fin, consiguió anotar el primer gol de su temporada. Un éxito que permitió al Atlético de Madrid sellar el empate tras sufrir de lo lindo, primero por el eufórico fútbol de los teutones y, más tarde, debido a la clara expulsión de Hjulmand. Pero, aunque no fueron superiores, los rojiblancos sí mostraron mucha entereza, y eso es tan necesario para sobrevivir en las frías noches de Champions como cualquier otra cosa. Tardó 20 segundos el Atlético en saborear la esencia del fútbol alemán, entregado el Stuttgart a la ambiciosa presión y a las definiciones relámpago, solo evitado su primer gol por una asombrosa doble parada de Oblak. La tormenta era implacable, los locales asfixiaban a sus rivales en cada centímetro del campo y, además, amasaban el balón con mucha confianza. Simeone resoplaba con fuerza, gritaba a sus pupilos en busca de una reacción más que necesaria, aunque estos temían hasta el mero hecho de salir de su área. Solo podían agarrarse a los milagros de Oblak, de nuevo en forma para desviar el chut desde la frontal de Stiller en el minuto 10. Barrios y Julián Álvarez intentaban esparcirse por el campo, provocar telarañas de pases para que el Atleti, de una vez por todas, pudiese empezar a respirar y a construir algo interesante. Pero pasaban los minutos y su inferioridad ni mucho menos se difuminaba. Incluso iba a más. La mejor noticia para los rojiblancos era que el Stuttgart, pese a su abundante pólvora, carecía de la precisión que demandaba su excelso fútbol. Al menos hasta la irrupción de Leweling, que aprovechó una pérdida de Pubill en la frontal para adelantar a los suyos gracias a un colocado zurdazo. Con el navajazo ya recibido, el Atleti se revolvió ligeramente, comenzó a disparar y a sacar algunos córneres peligrosos. Una ráfaga también propiciada por los alemanes, que decidieron resguardarse en los últimos minutos de la primera parte tras su imponente despliegue. Tras el paso por los vestuarios, el fútbol, infatigable guionista, decidió hacer saltar por los aires el encuentro. En la primera jugada de la segunda manga, Giuliano ganó un buen balón de cabeza, Grimaldo amplió el campo hacia Lookman y este, recién salido del banquillo y con la cabeza alta, encontró a Julián Álvarez, que definió por toda la escuadra desde el área pequeña. Su celebración fue pura rabia y el abrazo con sus compañeros, emocionante. Era el primer tanto del argentino esta campaña, el mismo que lo acerca a su reconciliación con la grada colchonera después de su intento de fuga hacia el Barcelona el verano pasado. Aunque la euforia fue máxima, la diana rojiblanca no alteró los planes del Stuttgart, que con avidez volvió a adueñarse del esférico y a bombardear los dominios de Oblak. Sin embargo, se encontró con un Atlético más entero, capaz de tejer buenas posesiones y de intimidar por las bandas, como hizo Barrios, que muy cerca estuvo de deshacer el empate en el minuto 60 con un latigazo cruzado. Un crecimiento detenido poco después por la expulsión directa de Hjulmand, que segó con dureza la tibia de Stiller. Un nuevo escenario que obligó a Simeone a prescindir de Baena para dar entrada a Cardoso. El paso por la batidora recargó el depósito de los locales y mandó a los madrileños a la cueva, en inferioridad numérica y en busca de un empate que, visto lo visto, era bastante apetecible. En ese momento emergió Oblak, bien aderezado el esloveno por los esfuerzo defensivos de sus compañeros, liderados por Grimaldo cuando tocaba achicar.