Saltar al contenido
Edición en español Viernes 30 de octubre de 2026

Felo Jiménez: El día que faltó el jabón en Venezuela

Todavía me acuerdo de ese pasillo como si fuera ayer. Estaba en el supermercado con mi carrito, y mi mano fue sola hacia el estante donde siempre estuvo el jabón de baño que me gustaba. No lo conseguí. Solo una marca que yo jamás habría comprado. Pasé a la pasta dental: lo mismo, una sola opción, la que quedaba.

Nadie me había quitado nada con violencia. Pero entendí, con una claridad que todavía me incomoda, que la pregunta había cambiado. Ya no era “¿cuál quieres?” sino “¿te lo llevas o te vas con las manos vacías?” Me lo llevé, como haría cualquiera de nosotros.

Años después, en una entrevista a la cual fui invitado, dije: el día en que faltó el primer jabón o la primera pasta de dientes en el súper o en la farmacia, ese día empezamos a perder libertades, entre ellas la capacidad de elegir, y lo peor: no nos dimos cuenta. Desde el oficio de consultor aprendí a ponerle nombre: la curva de dependencia. Cada vez que cedes, el poder paga menos por pedirte lo siguiente, y tú pagas más por negarte. Un poder que controla no necesita prohibir la elección. Le basta con administrar el menú.

Primero fue el jabón, luego la harina, la medicina. Y la misma lógica llegó al voto. Se seguía votando, pero elegir dejó de significar algo: candidatos inhabilitados, reglas cambiadas, resultados que no se respetaron. Y si eso no fuera suficiente, también competencias estadales o municipales cercenadas, o trasladadas a unos entes que prácticamente se sacaban de la manga.

Hoy, desde lejos, me cuentan que en los abastos hay de todo. Me alegra de verdad, aunque no sea para todos debido a la inflación, costos de reposición, a los bajos sueldos y por qué no decirlo, a la especulación de algunos comerciantes. Pero mi lectura como analista es otra: los estantes se llenaron y la oferta electoral no. Un poder que alivia ciertas condiciones sin devolver el voto en su sentido amplio de la palabra compra tiempo, no legitimidad. El jabón nunca fue el problema. Era el aviso.

Ahora hay una ventana abierta y se habla de elecciones, todavía sin fecha oficial. Y en esa ventana está presente un nombre. El domingo 25 de octubre, María Corina Machado volvió a Venezuela tras diez meses fuera y varios intentos frustrados. Hoy dio su primera rueda de prensa en Caracas, y la leo con la misma frialdad con que leo todo lo demás.

Primero, lo que dijo. Que regresó para terminar una tarea y cumplir un mandato. Que no está en la mesa que encabezan Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera, pero que tampoco la obstaculiza. Y que esa mesa debe designar un Tribunal Supremo y un Consejo Nacional Electoral, y fijar fecha. Minutos antes, Delcy Rodríguez había prometido elecciones con una autoridad electoral renovada. Machado dijo que le parecía muy bien, y lo atribuyó al efecto de su regreso.

Mi lectura tiene dos caras, y las dos son ciertas. Por un lado, pide lo correcto: árbitro y fecha. Y al no estorbar la mesa, le quita al poder la excusa del sabotaje y deja el costo de cualquier retraso en quien lo cause. Su presencia en la calle pesa, porque le complica la demora al poder: postergar es más difícil cuando hay una multitud observando.

Por el otro lado, una ventana no se sostiene con una sola figura, por grande que sea. Ella está fuera de la mesa donde se decide quién integra el TSJ y el CNE, y su fuerza se apoya en la calle y en un calendario que, guste o no, depende de Washington. Hay algo que no puedo dejar pasar: lo que se perfila son elecciones presidenciales, no una renovación de todos los cargos a la vez. Elegir solo la cima y dejar el resto del tablero sin fecha para renovarse es seguir administrando el menú, solo que con otro plato principal.

Mi posición es conocida: lo ideal, por muchísimas razones y todas de peso son elecciones generales, con todos los cargos de elección popular en juego a la vez. Pero soy realista. Machado habla de una elección presidencial en 2027 (tal vez sean en 2028) y ahora incorpora un debate sobre reformar la Constitución. No me parece mala idea esa secuencia: primero la presidencial y después una reforma en la que se renueven todos los cargos de elección popular.

Por eso el liderazgo, por legítimo que sea, no reemplaza los hitos. Que ella pida fecha es necesario; que esa fecha sea verificable es lo que la hace útil. La prueba más honesta no es lo que se prometa en un micrófono, sino quién puede competir el día que abran las urnas. Y sobre Machado no debe pesar inhabilitación alguna. No es un favor ni un privilegio: es lo mínimo para que esa votación signifique algo. Lo mismo vale para cualquier ciudadano inhabilitado por decisión administrativa por interés político. Quien decide quién puede ser opción sigue administrando el menú, aunque deje la urna abierta.

Aquí el entusiasmo suele olvidar algo: una elección no es lo mismo que democracia. Una votación sin árbitro creíble, sin un registro que incluya a los millones que están fuera, sin inhabilitaciones levantadas y sin observación independiente no devuelve el derecho a elegir. Certifica su ausencia.

Pero el error contrario también cuesta. Exigir condiciones perfectas sin calendario le regala tiempo a quien se beneficia de esperar. Por eso no pido “elecciones ya” ni “elecciones algún día”. Pido una fecha con hitos verificables: árbitro creíble, registro abierto, voto en el exterior con plazos realistas, observación independiente. Cada hito medible. Cada retraso, con responsable.

Un pueblo que aceptó una vez lo que quedaba en el estante conoce el precio de conformarse. Por eso hoy los ciudadanos no necesitan permiso para exigir una fecha y condiciones verificables. Una ventana no la mantiene abierta quien promete, sino quien reclama. Los venezolanos aprendieron en un pasillo de supermercado lo caro que sale conformarse, y les toca decidir si lo pagan dos veces.

 

Clique aqui para ver articulo original