Lo primero que me viene a la mente si pienso en Juan Carlos Navarro es la valentía que tenía cada vez que salía a la cancha. Era un jugador sin miedo. El día que le hice debutar, con solo 17 años, entró al partido y anotó dos canastas muy rápido. No le podía la presión, porque jugaba como llevaba haciéndolo desde que era un niño.
Yo lo conocí cuando tenía ocho años. Solía ir a tirar a la canasta antes del entrenamiento de su hermano, al que yo entrenaba. Recuerdo que una vez estaba hablando con su padre y él vino a decirme todos los puntos que metía. En lugar de felicitarle, le dije que eso estaba muy bien, pero que no sabía tirar ni botar con la mano izquierda. Cuatro años más tarde vino a verme a la grada tras un campeonato que acababan de ganar. Me dijo que si le había visto, que había metido varias con la zurda.
Lo de la «Bomba» no viene por su famoso tiro en carrera, sino porque en la cantera decían que era como una bomba de relojería. Capaz de lo mejor y lo peor. Un talento único.