El nuevo régimen de desregulación de las tarifas aéreas en estas vacaciones de invierno salió ganando 1 a 0 desde el vestuario (como suele decirse en el fútbol con los goles tempraneros). Claro que, más bien, tendría que agradecérselo al cangureano salto cambiario, porque el millón de pasajes que vendieron, dada la antelación mensual con que deben hacerlo, recién pesará en las estadísticas a partir de ahora. Las 7 empresas de menor porte que compiten por el cabotaje con Aerolíneas y Latam, con Flybondi a la cabeza, se largaron a pedir que les autoricen a volar casi 800 rutas más, aunque todavía los números sean inciertos. Antes quenada están signados por el encarecimiento en dólares y en pesos del principal insumo, el combustible, lo mismo que de los restantes costos que se indexan en el Índice de Precios al Consumidor, que de low no tienen nada. De afuera llegan buenas y malas noticias: de éstas últimas, la guerra comercial añadirá a las naftas un aumento extra del 2,6% en moneda dura, que pesificado se multiplica por las cuitas domésticas; de las positivas, la hipótesis mundial de crecimiento del 2,4% incrementará los viajes aéreos, una parte de los cuales se podría canalizar a destinos emergentes abaratados por el dólar como el nuestro. En este contexto, la guerra interna de tarifas que se temía con las low cost pasará a ser secundaria, al contar con una demanda transfronteriza ampliada que convergerá en el vasto mapa nacional.
Coincidió con el debut de las compañías low cost que se haya registrado en la temporada invernal (julio-agosto) un récord de viajeros transportados en avión por la vasta geografía nacional.
Nada más que en el mes de inicio de las vacaciones de medio año se contabilizaron 1.360.000 pasajeros y en agosto, sin la incidencia de pasajes a precios low cost, hubo 156.000 plazas ocupadas más que en el mismo mes de 2017.

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