
Fue el 14 de noviembre de 1909. Simón Radowitzky arrojó una botella con nafta contra su carruaje, cuando iba al cementerio.
Don Antonio Ballvé, director de la Penitenciaría Nacional, había muerto la mañana anterior. Nada especial. Un ataque cardíaco. Nombrado en su cargo por indicación directa del presidente José Figueroa Alcorta, el hombre se había ganado los respetos del establishment porteño por su dedicación y eficiencia. El velatorio fue en Barrio Norte y duró todo el día y la noche. Estuvieron en él los hombres más representativos del poder nacional y ciudadano. También los integrantes de la comisión que trabajaba en el proyecto del Centenario de la Revolución de Mayo, al año siguiente, esforzándose para que Buenos Aires se viera impecable. El tema ocupó buena parte de las tertulias que se formaban en el velorio, acá y allá. En el salón donde lloraba la viuda y en los patios de baldosas con malvones recién florecidos y adornos de hierro forjado.