Casi nadie se acuerda del infravalorado Martin Van Buren, el octavo presidente americano y el primero nacido como ciudadano de Estados Unidos. Aunque siguió la delirante estela de Andrew Jackson, considerado como el primer gran populista en la Casa Blanca, la filosofía política de Van Buren -aplicable también a los análisis postelectorales- insistía en «no guiarse por la emoción temporal, sino por el segundo pensamiento sobrio».
– Los demócratas han ganado la mayoría de la Cámara de Representantes pero no con la fuerza y el margen asociados desde la Segunda Guerra Mundial a presidentes con bajos índices de popularidad como Donald Trump.
– El nuevo reparto de poder -empezando a nivel estatal con Florida, que es lo más parecido a una media aritmética del conjunto de Estados Unidos- no ofrece ni un sendero directo ni una estrategia clara para evitar la reelección de Trump en 2020.
– Vuelve el llamado gobierno dividido, la cohabitación entre partidos impuesta por los votantes desde los ochenta.
– El gobierno dividido está asociado con la sobreactuación de los presidentes. Y aunque es difícil imaginarse más sobreactuación por parte de Trump, en adelante es previsible una proliferación de decretos, vetos o amenazas de veto, invocación generalizada de privilegio ejecutivo, centralización de decisiones y cierre de filas.
– Los demócratas pueden utilizar la Cámara Baja para investigar y re investigar al presidente pero completar un «impeachment» parece inviable, con el agravante de que Trump suele beneficiarse de la tensión que fomenta.
– La diferencia entre la América rural y urbana es más abismale que nunca.
– Ha sido el gran año de la mujer (y la diversidad) en la primera fila de la política americana.
– La líder de la nueva mayoría demócrata en la Cámara Baja, Nancy Pelosi, es un regalo para el nacional-populismo de Trump. La veteranísima congresista que representa San Francisco y combina Armani con progresía cosmopolita es una conveniente caricatura del establishment desconectado con la realidad de EE.UU.