Síndrome del impostor, eso que pasa cuando tienes éxito y te sientes un fraude

 

La primera vez que escuché sobre el síndrome del impostor creí que me explotaba el cerebro. Al asentir mi cabeza, boquiabierta, mientras me explicaban de qué trataba me sentí expuesta y acompañada a la vez. La sensación del impostor era familiar, la había tenido entregando artículos de opinión o algunos temas especializados. La sentí aplicando para el máster y después de entregar alguna propuesta de estrategia comunicacional para un cliente. Claramente no se lo había dicho a nadie, el miedo de ser descubierta era paralizante, este era mi secreto, o al menos eso creía. El síndrome del impostor es un término acuñado por dos psicólogas clínicas, Pauline R. Clance y Suzanne A. Imes, en 1978 para referirse a un fenómeno que identificaron en un grupo de mujeres exitosas alrededor de la universidad en la que trabajaban. Estas mujeres temían haber estafado a sus colegas, no se sentían responsables de sus logros, los cuales asociaban a agentes externos como suerte, timing, encanto o mucho esfuerzo, en lugar de su inteligencia o habilidades internas, reseñó vogue.mx

Los síntomas incluyen terror de ser descubierta, perfeccionismo y workaholismo, miedo de no poder mantener el éxito obtenido, creer no contar con la capacitación adecuada para emprender un proyecto y minimizar los halagos recibidos (“¡Felicidades por haber conseguido una nueva cuenta para la agencia, qué buena eres!”, “La verdad es que creo que el cliente se quiere acostar conmigo” por ejemplo).

Si bien 70% de las personas han experimentado síntomas en algún momento de sus vidas, Clance e Imes sostienen que las mujeres exitosas u over achievers tienen más posibilidades de experimentarlo y con mayor intensidad (estudios realizados después de 1978 sugieren que hombres o mujeres pueden sufrirlo por igual).

Clance e Imes descubrieron un patrón en la infancia que se repetía con frecuencia en los casos de estas “fraudes intelectuales”. Primero estaba “la hija estrella”. A la hija estrella siempre le celebraron su inteligencia: lo rápido que aprendió a hablar en comparación al resto de los niños, cuán rápido contó hasta 20 o resolvió problemas espaciales. Al llegar a la escuela y enfrentarse con los primeros exámenes, donde si no estudiaba no lograba la mejor nota, se dio cuenta que realmente no era tan inteligente como sus padres creían. Comienza entonces a estudiar muchísimo para lograr mantener esa imagen, pero procura que no la descubran trabajando, esto revelaría que no es tan inteligente como sus padres creían.

El segundo cuadro familiar que descubrieron repetirse en sus pacientes fue el de “la hermana sensible” o “de inteligencia emocional”. Esta niña era la hermana de alguien a quien siempre lo celebraban por brillante. Mientras el hermano (o la hermana) destacaba por su desempeño escolar, los padres le aplaudían a ella otros atributos, como su sensibilidad artística o excelente capacidad de relacionarse con otros. La niña hacía grandes esfuerzos por lograr la aprobación de sus padres en el lado académico, pero así consiguiera excelentes notas en el colegio, el rol de “el inteligente” versus “la sensible” ya estaba definido en la casa, por eso era premiada por su esfuerzo, y no halagada por su inteligencia. Con el tiempo la niña continuó haciendo grandes esfuerzos por conseguir el aplauso de los que la rodeaban, creyendo en el fondo que no era tan inteligente, sino que sus logros eran producto de un profundo esfuerzo que las personas “realmente inteligentes” -como su hermano- no necesitaban hacer.

 

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Author: Pablo Perez