Lo confieso. Tengo un placer muy culpable. Se trata del Twitter oficial de Nicolás Maduro. Si la situación de Venezuela no fuera tan trágica y dolorosa, las ocurrencias del presidente-obrero podrían competir airosamente con las mejores parodias del Saturday Night Live. Sus retahílas conspirativas, la elegía constante en recuerdo del comandante eterno, su inglés tan entusiasta como incomprensible, los trotes rodeado de uniformados en plan «Loca Academia de Policía», su empeño en justificar lo injustificable a través de mezclar literalmente lo divino y lo humano… constituyen todo un clásico de banalidad tan siniestra como entretenida.
De acuerdo al principio de «dime de lo qué presumes y te diré de lo qué careces», la palabra más repetida por Maduro en estos atribulados días es «constitucional», en contraste con el creciente consenso doméstico e internacional sobre su inexcusable falta de legitimidad democrática para calzarse otro mandato de seis años. Otros vocablos reiterados son «respeto» y «dignidad» acompañados de una notable incapacidad para diferenciar entre la preocupación para que Venezuela no se convierta en un Estado fallido y el interés muy particular por la supervivencia del régimen.
A Maduro también le encanta enmascarar el dilema moral que representa su país con un planteamiento tan falsario como «Trump o Venezuela». Sin olvidar la viejuna retórica apoyada en el imperialismo, Simón Bolivar, Noam Chomsky, junto al corte permanente de venas a lo Eduardo Galeano y la retórica forzada de no permitir que Venezuela se convierta en un nuevo Vietnam. En la cabecita de Maduro nunca termina la Guerra Fría o el foro social de Porto Alegre ni tampoco llega la hora de guardar en el cajón la camiseta del Che Guevara.
Junto a todos estos «grandes momentos» como dicen en la jerga de la telebasura, Maduro ha proporcionado también a los venezolanos todo aquello que no necesitaban desde que Hugo Chávez alcanzó la inmortalidad. Su calamitosa y dictatorial gestión recuerda aquello que decía Ava Gardner: «Hollywood me dio todo lo que nunca quise».