El principio de «realismo local» de Albert Einstein, basado en dos axiomas, defiende, en primer lugar, que no hay nada que pueda viajar más rápido que la velocidad de la luz; y en segundo lugar, que el Universo no permite eventos aleatorios, que no hay espacio para el azar en él (una idea que Einstein plasmó en la famosa frase «Dios no juega a los dados»).
En el año 2015, científicos de la Universidad de Delft refutaron la teoría del físico alemán. El experimento llevado a cabo en la universidad holandesa consistió en entrelazar dos electrones, atrapados en el interior de dos cristales de diamante distintos y bastante alejados entre sí, para después medir la orientación de su espín o giro. En teoría cuántica, la propiedad de entrelazado es muy poderosa, a la vez que misteriosa, y sirve para «poner de acuerdo» a las partículas. Al medir los electrones en el experimento de Delft, se observó que dichas partículas aparecían orientadas de forma aleatoria. Sin embargo, ambas parecían entenderse muy bien. Tan bien que, de hecho, era imposible que hubieran tenido orientaciones preestablecidas o preexistentes, tal y como defiende la teoría de «realismo local» de Einstein. El experimento citado puso en duda la teoría de Einstein: si las orientaciones de los electrones son reales, éstos han tenido que comunicarse de algún modo; y si se comunicaron, tuvieron que hacerlo a una velocidad superior a la de la luz. No hay otra salida. En consecuencia, o Dios juega a los dados en el Universo, o los giros de los electrones pueden hablarse entre sí a una velocidad mayor de la que viaja la luz.
Si hacemos caso a la conclusión del estudio de Delft, las leyes que ordenan el Universo podrían estar regidas por el azar, como por el azar parece estar regida la geopolítica y su impacto en el mercado financiero. ¿Fueron previsibles el triunfo del «Brexit» en el referéndum británico de 2016 o la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de EE.UU. ese mismo año? ¿Es lógico que en un año como 2018, con un crecimiento del PIB mundial cercano al 4% y un avance de los beneficios empresariales superior al 15% a escala global, el índice agregado de la bolsa mundial (MSCI World) cediera casi un 9%?
De aquellos barros de 2016, vienen los lodos que capitalizan una buena parte de la atención del mercado en estos momentos, siendo uno de ellos las arduas negociaciones entre EE.UU. y China en materia comercial. A falta de pocos días (1 de marzo) para que expire la «tregua» pactada en la última cumbre del G-20 celebrada en Buenos Aires por Trump y Xi, ambos gigantes económicos cuentan con incentivos potentes para no hacer descarrilar las negociaciones. La economía china se encuentra en un momento “delicado” y sin un gran margen para poder impulsarla únicamente a base de políticas de estímulo. De acuerdo a lo que han esbozado en las últimas semanas sus autoridades, el cambio en el modelo de crecimiento que está buscando China sólo será exitoso si no se introducen variables exógenas en la ecuación, y una de ellas sería una escena comercial más beligerante. En el caso del Gobierno estadounidense, tampoco cuenta con margen fiscal para estimular una economía que también se debilita, aunque en menor medida. No obstante, en EEUU, el que está presionando es el propio mercado, que Trump ha venido considerando como un termómetro de su gestión, quizás su único aliado de cara a las presidenciales de 2020, y que está muy ligado a la confianza del consumidor.
Retomando el experimento de Delft, la aleatoriedad de las declaraciones en el terreno comercial vertidas tanto desde EE.UU. como desde China desde que Trump desató las hostilidades, como la de los electrones, no es incompatible con un desenlace de buen entendimiento, como el de las propias partículas. Entendimiento que no sería nuevo -sólo hay que recordar el estrechamiento de lazos que tuvo lugar a partir de 1978 entre ambos países a raíz de las reformas acuñadas como «Cuatro Modernizaciones» de Deng Xiaoping- y sería bueno para que el mercado volviera a desviar el foco hacia variables más «predecibles» como el crecimiento económico y los resultados corporativos. Y también sería favorable para que 2019 termine siendo en China al menos el año del cerdo… agridulce.