El 20 de febrero, Emmanuel Macron pronunciaba en la cena del Consejo representativo de las instituciones judías de Francia, la confesión más amarga de un Presidente de la República Francesa desde 1945: el resurgir del mayor deshonor del siglo XX. Su discurso era la confesión de una derrota histórica: «El crepúsculo del siglo veinte pudo dejar entrever la posibilidad de un repliegue duradero del antisemitismo. El alba del siglo veintiuno viene a recordarnos hasta qué punto las pasiones tristes están en marcha y hasta qué punto la oscuridad retorna».
No es un pesar retórico lo que el presidente francés expresa a través de su reverencia a aquel judío español, Baruch de Spinoza, que teorizó la tragedia moral que acarrean las “pasiones tristes”: la masacre de la libertad. Unas semanas antes, Francia ha visto agredir al académico judío Alain Finkielkraut; ha visto profanar tumbas de cementerios judíos, cubiertas con cruces gamadas, pintar el epíteto juden sobre el retrato de Simone Veil. Ha visto cosas peores, que el presidente evocó dolorosamente.
No son sólo las grandes matanzas yihadistas: la de enero de 2015 en un supermercado kosher. Es igualmente la violencia cotidiana en las duras periferias urbanas: «Mireille Knoll, parisina de 85 años, que sobrevivió a las redadas nazis, pero no a la locura asesina de sus verdugos, Sarah Halimi, madre de tres hijos sorprendida durante el sueño, asaltada y luego defenestrada por su asesino, Ilan Halimi, joven de veinte años secuestrado, torturado, asesinado… Jonathan Sandler y sus hijos Aryeh y Gabriel y la pequeña Myriam Monsonengo, abatidos a tiros».
El discurso del CRIF ha venido precedido por la visita oficial del Presidente al Memorial del Holocausto. Porque la República asume como un deshonor nacional que una tal barbarie haya podido volver a ser la normalidad de un país libre y moderno. Y asume las conclusiones que necesariamente derivan de la primordial apuesta por combatirlo. Lo hace remitiéndose al episodio más negro de su historia: la entrega a Alemania de los judíos franceses: «Lo dije con motivo del 75 aniversario de la redada del Velódromo de Invierno: el antisionismo es una de las formas modernas del antisemitismo». La declaración de Macron marca una fecha en ese combate en el cual se juega la dignidad del hombre de nuestro tiempo; no sólo en Francia. Porque lo más alarmante del antisemitismo –que es la forma moderna de la judeofobia– es su versatilidad: su capacidad para operar en contextos diferentes y obtener siempre las mismas eficacias.
La judeofobia, el odio a los judíos, hunde sus raíces en una teología perversa: la que sostiene que un Dios puede ser «asesinado« por un grupo preciso de hombres. El antisemitismo es una variedad fechada de ella, a partir de la acuñación del término por Wilhelm Marr en 1879. En la Francia a la que Macron se dirige, «antisemitismo» nace ligado a un best-seller del año 1885: La France juive de Édouard Drumont. Paul Chack –ideólogo del nazismo, fusilado en 1944– hará de su influencia en Alemania un título de gloria del pensamiento francés: «Un magnífico ejemplo nos llegó del Este. Un gran pueblo, uno de esos pueblos que tienen la voluntad de crear fuerza con el sufrimiento que los desgarra, con el pesar que los aplasta, con la miseria que los oprime, se lanzó por la vía fecunda [abierta por Drumont] que lleva a la pureza de las razas. Entonces, poco a poco, otras naciones europeas abrieron los ojos… Comprendieron que el judío, destructor en todas partes, es en cualquier lugar indeseable«. La aplicación de la «norma sanitaria« de extinguir la «enfermedad judía« estaba siendo puesta en práctica como Drumont soñara. Resultado: seis millones de judíos asesinados. Lo llamamos Shoah. O, más impropiamente, Holocausto. Eso estamos viendo reabrirse. Bajo formas nuevas. Con la misma eficacia.
Porque, ¿cuál es la eficacia del antisemitismo? La que asentará el teórico del Estado nazi, Carl Schmitt, como fundamento de la dominación política: sólo hay fusión entre Estado y nación, allá donde quien gobierna logra construir un mítico enemigo por el cual estaría amenazada de muerte la nación misma. No importa que ese enemigo sea real, anota Schmitt. Sólo es preciso que parezca monstruoso, amenazante, incompatible con mi existencia. Generada esa certeza, la población se hará una piña en torno a sus dirigentes para exigir que ese enemigo sea aniquilado. Esa rentabilidad obtuvo el totalitarismo centroeuropeo –pero también la obtuvo Stalin– del antisemitismo.
El antisemitismo sirve para todo. Es su peculiaridad más asombrosa: su alarmante intemporalidad. Lo vemos renacer. Bajo formas nuevas. Que asombrosamente son las más viejas: las que se remontan a un odio teológico puro. Esa judeofobia teológica es, en occidente, un vejestorio; desplazado por el antisemitismo austríaco y francés de final del XIX. Es un vejestorio; o, más bien, lo era. La irrupción de una nueva incitación a la matanza universal de los judíos ha irrumpido, en el último tercio del siglo XX, de la mano de una fe inesperada: la que asienta sus fundamentos en la doctrina coránica. Y cuya exigencia más inmediata es el vertido al mar de los ciudadanos de la rareza democrática que es, en el Cercano Oriente, Israel. Y cuya prolongación en una Yihad universal, exige la indiferenciada ejecución de la población judía en cualquier punto del planeta. No es ya el antisemitismo que hemos conocido; es una antijudaísmo teológico, apenas enmascarado bajo ese nombre de «antisionismo» que Macron denuncia.
La última alarma viene de los Estados Unidos, que fueron, a final del siglo XIX, tierra de promisión para los judíos europeos. Y viene –es lo más asombroso– del partido en el cual la presencia de judíos liberales había sido más notable: el Demócrata. Lo sucedido en las últimas semanas no tiene precedente. Una Congresista Demócrata musulmana, Ilhan Omar, acusaba la semana pasada a los judíos estadounidenses de estar al servicio «de una potencia extranjera«, exactamente el mismo cargo que cayó sobre Alfred Dreyfus en la farsa judicial que desencadenó el estallido antisemita de 1894. Y recibió el inmediato apoyo de la joven estrella del partido, Ocasio-Cortez. Omar había, a esas alturas, asentado ya su propuesta para la depuración islámica del judaísmo, con una poco equívoca declaración en Twitter: «Israel ha hipnotizado al mundo, que Alá despierte al pueblo y le ayude a ver la maldad de Israel». La «enfermedad moral« del judaísmo, que sentó las bases del llamamiento al exterminio del judío, emerge ahora con un arcaísmo asombroso. Es la tragedia fundante del antisemitismo: que siempre vuelve.
Siempre. En todas partes. Hace cinco o seis años, estaba yo dando una conferencia sobre Israel en una ciudad castellana. Un joven, de pulcro aire «antifascista«, tomó la palabra: «Yo odio el nazismo, evidentemente. Pero, en lo del Holocausto, a Hitler sólo tengo una cosa que reprocharle: que no acabase la tarea. Nos iría ahora todo mejor a todos«. Y entonces, como Macron ahora, entendí nuestro fracaso. Y supe que el antisemitismo siempre vuelve.