Buenos días amigos… «Era una mañana como cualquier otra. Yo me encontraba de mal humor, te regañé porque te estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprendí porque masticabas con la boca abierta. Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso, te levanté intempestivamente y te empujé con violencia para que fueras a cambiarte de inmediato. Camino a la escuela no hablaste. Sentado en el asiento del coche, llevabas la mirada perdida, te despediste de mí con una vocecita tímida, y yo, haciendo la voz grave, sólo te advertí que no hicieras travesuras.Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos unos pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos, que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte, te hice entrar a la casa para que…