Ramón Peña: La mirada del testigo

Jorge Ramos, presentador de la cadena de televisión estadounidense en español Univision, habla con los medios de comunicación mientras se prepara para salir del país en el aeropuerto internacional Simón Bolívar, en Caracas, Venezuela, 26 de febrero de 2019. REUTERS / Carlos Garcia Rawlins

 

Dos periodistas, Jorge Ramos, mexicano, destacado entrevistador del canal Univisión y Annika Henroth-Rothstein, joven sueca, colaboradora de importantes medios europeos e israelitas, fueron testigos significativos de esa fecha de infamia que fue el pasado 23 de febrero. Annika, agraciada y valiente, se aventuró a cubrir la zona fronteriza con Colombia. Allí fue asaltada, agredida, vejada, robada y a punto de ser asesinada por matones de los colectivos, autorizados como fuerza oficialista contra el ingreso de la ayuda humanitaria. La narración de su experiencia, vivida en un camino cercano a San Antonio del Táchira, semeja el libreto escalofriante de una película de terror. Providencialmente sobrevivió. Como conclusión periodística escribió: “Maduro ha mostrado cuán lejos puede llegar a usar violencia, terror y persecución extrajudicial de opositores y periodistas para mantenerse en el poder.”

Por su parte, Jorge Ramos concertó una entrevista en Miraflores. Ésta terminó siendo un test psico-político de la naturaleza del entrevistado. Ante la pregunta “¿Usted es presidente o dictador?” y la presentación de una imagen que mostraba jóvenes alimentándose de un camión de basura, la respuesta no pudo ser más burda y violenta: confinamiento en cuarto oscuro, incautación de sus equipos, intimidación de esbirros, destierro. Ante el experimentado periodista se reveló un ser de menguado desenvolvimiento, falto de recurso político, inseguro y peligroso. Un episodio que, por contraste, nos trajo a la memoria aquella entrevista que el gran Emil Ludwig, en 1934, le hiciera a José Stalin. Ante una pregunta igualmente provocadora: “¿Así que usted niega ser un dictador?, el zorro comunista simplemente respondió echándose a reír…

Existen dictadores torvos y calculadores, pero también dictadores tan burdos y primarios, que hasta pueden no saber qué cosa son en realidad. Parodiando a Hannah Arendt podríamos llamar a estos últimos: dictadores banales. No obstante, aunque disímiles en personalidad y estilo, ambos son inconfesables en cuanto a los límites de su crueldad.

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Author: Pablo Perez