
Hablamos de dos países muy diferentes pero que, sin embargo, han compartido rasgos comunes. Su principal soporte económico es el petróleo, han sufrido gobiernos autocráticos y militaristas y han representado una amenaza inusual para sus vecinos. El contexto en el cual George W. Bush decide emprender la segunda Guerra de Irak lo hace con el fuerte respaldo de su país, afectado emocionalmente por los dramáticos eventos del 11 de Septiembre, el argumento central de la intervención: la denuncia de la existencia de armas de destrucción masiva por parte del Régimen de Sadam Husein y el partido único, el Baas.
Una coalición de países liderada por USA logra de forma relativamente rápida deponer al régimen dictatorial de Irak y, poco tiempo después, dan captura a Sadam Husein quien escondido en una madriguera, no contaba ya con capacidad para revertir los acontecimientos. Lamentablemente, ese no fue el fin del conflicto. Sucedió que Irak se convirtió en un escenario de múltiples conflictos inmediatos, de orden religioso, sectario, territorial y social tras el derrumbe del régimen que, a decir verdad, nunca tuvo posible sustituto a la vista, hablando en términos fácticos.
Aunque las críticas de buena parte de la comunidad internacional y de la oposición demócrata en USA se dirigieron a rechazar el conflicto porque “nunca se encontraron las armas de destrucción masiva” el lunar más importante en todo el asunto es que la presencia militar estadounidense estaba teniendo una no prevista situación de caos e ingobernabilidad que impedía su retiro en el corto plazo. En el terreno, era muy difícil construir un nuevo gobierno legítimo, constitucional y democrático en una sociedad tiranizada por décadas, dividida, que solo permanecía unida gracias a la violenta represión que ejercía el BAAS, única referencia política en el país árabe.
Ahora, me gustaría hacer una pregunta retórica: ¿ese problema que encontró la coalición internacional que intervino en Irak, de no encontrar sustituto político al régimen de Sadam Husein y por esa razón permanecer un largo periodo no previsto, ni deseado en ese país, lo encontrarían en Venezuela? El asunto es muy complicado como para ser evaluado correctamente en estas líneas, pero aparentemente no.
En Venezuela, a diferencia del Irak de Sadam Husein, ha existido una oposición política articulada, organizada en todo el territorio, con capacidad de movilización social, con acuerdos políticos internos comprobadamente cumplidos, que controla el poder legislativo gracias al apoyo electoral masivo y legítimo del pueblo venezolano y, además, en estricto cumplimiento de la constitución nacional, designó a Juan Guaido como presidente pese a que su cargo está ilegalmente usurpado por Nicolás Maduro desde el 10 de enero de 2019.
El régimen venezolano, a todas luces una amenaza inusual para sus vecinos, una fuente inagotable de ilícitos financieros globales y solo respaldado por una camarilla militar súper armada, ya ni siquiera puede gobernar los alrededores del Palacio de Miraflores. Si de esto puede darse cuenta cualquier venezolano en su país, ¿podrán notarlo quienes están fuera de Venezuela? Entre ser sacado a la fuerza de una madriguera o llegar a un acuerdo político para cesar la usurpación y permitir una transición política ordenada y pacífica. Sugiero a todas luces la segunda, porque en un mundo civilizado, las guerras de cualquier índole deberían ser parte del pasado. Aspiramos una resolución de este tipo, la ultima palabra la tiene el régimen.
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