Santiago.-Al doctor Mirabal lo veía de lejos cuando a penas siendo niña, estudiaba en el colegio, cercano a su despacho de abogado notario. Lo observaba perderse entre un montón de escarpadas escaleras rumbo a sus quehaceres profesionales. Hombre circunspecto y espigado, de presencia regia. Años después, ya en los tiempos de estudios superiores, a través de sus hijos y su esposa, le traté más de cerca. Siempre rodeado de ese aire de solemnidad y rectitud. Recuerdo la advertencia de doña Marcela, quien al oír el vehículo, decía al grupo de jóvenes alborotados, «hagan silencio que llegó el doctor». Entonces se abría la puerta, entraba el anunciado, saludaba cortésmente y seguía su rutina. Tiempo hubo después para conversaciones en torno a temas de política o de historia, análisis profundos sobre actualidad. El, siempre al tanto, por su apego a la lectura, por su interés y sobre todo, su disfrute…