Por Alejandro Morillo
No es confortable anunciar la posibilidad de que emerja un poder de fuerza con la pretensión de compensar la excesiva politización alcanzada por un sistema político en fase terminal, pero si la sociología que ha investigado la movilización social como proceso crítico concluye que, al darse ciertas condiciones socioeconómicas y sociopolíticas, comienza a conformarse una presión social que puede dar lugar a una salida que “rompa con todo”, es deber del sociólogo investigador advertir sobre tal amenaza a quien esté dispuesto a ponerle atención.
Pero cuando se llega a situaciones como las de Venezuela hoy es difícil, muy difícil, encontrar escuchas a tal advertencia, pues los mismos actores políticos que vienen protagonizando la actual crisis societal insisten en utilizarla para su provecho, es decir, para tratar de “ganarle a la crisis” y extraer más poder de ella, por lo cual usan todos los medios a su alcance para convencer a la población sobre lo acertado de su posición, buscando así uno y otro desde cada lado del sistema hacer creer que son la solución y no el problema. Y una población en estado de sobrevivencia no está en capacidad de entender otro mensaje que lo que le acostumbraron a escuchar y seguir, mientras cada quien individualmente, por su parte, busca salir airoso del desafío que plantea el día a día frente a una inflación galopante creada por el mismo fracaso del sistema.

Pero esta crisis venezolana, por ser de carácter terminal, esto es, por anunciar la muerte de un sistema enfermo, puede también ser observada y analizada por algunos ciudadanos esclarecidos como la oportunidad de crear un sistema nuevo que nazca con las defensas suficientes para evitar los errores cometidos en el pasado. Y es así como puede también surgir como salida un salto hacia adelante y no por el contrario un retroceso. Todo depende del tipo de actor social que interprete la crisis y su solución, pues si se trata de una reacción primaria el resultado será únicamente destructivo, mientras que de constituirse una fórmula creadora de nueva sociedad podrá iniciarse un proceso de “inteligencia social” que habrá aprendido de la crisis y no simplemente reaccionado a ella de manera desesperada.
Las reacciones primarias y brutales a la crisis terminal aprovechan el inconsciente colectivo acudiendo a la fuerza emocional básica que catapulte un fenómeno de masa impredecible e irreductible. Generalmente el actor que hace este uso de la masa poblacional crítica es un sector militar orientado por una mentalidad cuartelaría, mientras que aquellos que están en condiciones de interpretar la crisis como una coyuntura histórica son de naturaleza civil, capaces de asumir una visión histórica que busque el futuro y no trate de volver al pasado.
Pero tampoco es fácil que emerja la esperada “inteligencia social” como alternativa válida porque se requieren cualidades ciudadanas que realmente escasean en una población tan sometida por el dueto PSUV/MUD, donde lo que hoy más luce como obstáculo lamentable es que la fórmula que personifica Guaidó sigue contando con una población que hace muchos años se acostumbró a ser tratada como rebaño que sólo sabe moverse pastoreado, tal cual ocurre ahora, a lo que se añade el nefasto “culto al líder”, el mismo que trajo a Chávez al poder y que ahora sigue como un manso rebaño a Guaidó.

De todas formas, aún a conciencia de no contar con resonancia social alguna, considero mi deber seguir adelante con una propuesta difícil de implementar. La advertencia que dicta la Ley del Péndulo sigue latente disguste a quien le disguste, ella no es confortable para nadie, pero considero un garrafal error no considerarla en toda su amenaza. Y quizás lo único que queda ya es apostar a la salida ciudadana que acá, en esta serie, se seguirá presentando como única opción salvadora. Pero tampoco se trata de optar entre dos opciones “ideales”, pues la transición hacia una vía ciudadana pasa por lo que en realidad constituiría una dictadura. Y es que, duela lo que duela, construir un nuevo sistema democrático civilizatorio, es decir, capitalista avanzado, pasa por una primera etapa de firmeza republicana que permita erradicar todo vestigio de socialismo, pero ello sin caer jamás en un liderazgo que compre apoyo poblacional a cambio de una legitimidad apoyada en un velado culto a la personalidad, tal cual viene ocurriendo con Guaidó en estos momentos.
Es por esto último que la propuesta ciudadana que acá seguirá presentándose ha de ser definida como una lucha social contra cualquier pretensión estatal asistencialista, lo cual requerirá un endurecimiento institucional inicial que logre crear una nueva conciencia política curada contra toda pretensión populista. Explicar ello acá no será fácil de asimilar en las actuales condiciones de sobrevivencia que invitan a llamados demagógicos. Ya veremos cómo sortear esta dificultad a lo largo de los próximos artículos y frente a la incredulidad de los lectores.