Lo que hemos aprendido en las dificultades de la era chavista

Cuando el venezolano decida comenzar a trabajar por el bien común de los venezolanos, tratando de beneficiar al máximo a su coterráneo, buscando las maneras de facilitar al máximo cualquier gestión con sentido humano, consciente de su familiaridad con quien atiende; ese día, estaremos en camino de convertirnos en una verdadera potencia como nación y como gentilicio.

Los venezolanos somos gente de sentimientos, con una profunda vocación de ayuda al prójimo no importa de donde venga, no importa quien sea, ni su religión, ni lo que piense y justamente eso ha sido utilizado en nuestra contra; incluso por venezolanos que perdieron el norte de su propia identidad en algún momento de su historia personal y subyugaron sus principios al rencor con el fin único de vengarse de quienes no tenían ninguna responsabilidad en los desaciertos que forjaron sus antepasados.

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La diáspora nos ha enseñado a todos; los que se fueron y los que se quedaron, que las cosas en aquellos países de donde vinieron tantas personas que fueron nuestros compañeros de clases, nuestros vecinos, nuestros vendedores en quioscos y supermercados, nuestros albañiles, constructores, panaderos, nuestros médicos, farmaceutas, odontólogos, taxistas y cualquier otra profesión u oficio que conforma nuestro diario transitar por la vida; de esos países a los que aprendimos a querer en la distancia por tantos cuentos que escuchamos de sus ciudadanos, ahí en esos países las cosas son “distintas” para los venezolanos. Allá no tenemos derechos más allá de los netamente básicos; no podemos estudiar sin pagar incluso más de los que les cuesta a los propios ciudadanos su educación y en este momento recuerdo como profesor universitario, cuantos acentos distintos llegué a escuchar en las universidades públicas de Venezuela, de alumnos a los que sólo se les exigía el talento, las ganas y los sueños para que pudieran tener acceso a educación gratuita y de calidad, a quienes tratamos como hermanos y los escuchamos gritar “truco!” con orgullo en cualquier pasillo universitario mientras esperaban sus horas de clases.

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En esos países, el derecho al trabajo aun para profesionales titulados, está limitado y condicionado al cumplimiento de una infinidad de trámites que hace prácticamente imposible trabajar completamente legal. No es suficiente un título universitario para atender una recepción, no es suficiente una maestría venezolana para ser cajero en cualquier supermercado, nuestros PhD atienden en algún restaurante cuando consiguen una oportunidad, normalmente con remuneraciones menores a las de cualquier local. Los descendientes de aquellos que huyeron de las guerras en distintas latitudes, de dictaduras feroces, de situaciones paupérrimas y que encontraron en Venezuela el calor de un hogar que extrañaron, son ahora quienes limitan las oportunidades a los venezolanos, condicionan su derecho universal al trabajo y aún más, los estafan cuando trabajan porque no les pagan lo justo o les pagan cuando quieren – si es que les pagan; esos descendientes son los protagonistas de una xenofobia absurda y sin sentido.

El venezolano debe reflexionar sobre su condición como ciudadano del mundo y comprender que las prioridades de otros países no incluyen soluciones integrales globales sino locales, es por ello que cada país evalúa los problemas ajenos en la medida en que estos tienen influencia dentro de
sus fronteras pero no como una situación particular que puede tener efectos hemisféricos e incluso globales. El reduccionismo con el que muchos diplomáticos quieren plantear soluciones a problemas con potencial de daño catastrófico, limita la incorporación de la mayoría de las variables que definen estos problemas.

Hay situaciones locales que requieren enfoques globales, no sólo por el daño que infringen dentro de sus fronteras sino por el cáncer cultural que pueden representar para otras naciones sin importar su cercanía o culturas. Somos testigos inermes de las secuelas que han dejado muchos pensamientos radicales en la historia, incapaces de reaccionar con lógica y determinación ante la amenaza cierta que representan estas células cancerígenas cuyo propósito no es la pluralización del pensamiento sino el fanatismo reducido a una sola idea absurda, violenta, limitante y doctrinaria.

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Somos víctimas de nuestros propios principios porque, excluyendo la complejidad, tratamos de enfocar todas las soluciones bajo la misma óptica y ya sabemos que no resulta. Es como si tratáramos de convencer a un tigre de no atacarnos con base a nuestro derecho a la vida!
Es necesaria una reflexión global que realmente integre al ciudadano. Hablamos de globalización pero se restringe a profesionales, intelectuales, artistas y personas trabajadoras las opciones de crecimiento fuera de sus propias fronteras. Los venezolanos necesitamos una reflexión profunda, como personas, como ciudadanos, como familia, como pueblo, como nación.

Una reflexión que nos permita integrar y profundizar lo bueno y corregir lo malo. Una identificación e internalización de valores y principios fundamentales que guíe al país hacia una meta común: Una definición de la potencia que queremos ser y esa potencia debe ser aquella que sirva de ejemplo al mundo entero, una potencia integradora, lejos de intereses particulares, que enseñe al mundo que si es posible tener un pensamiento globalizador y que ese pensamiento necesariamente debe basarse en la integración y no en la exclusión de los ciudadanos del mundo. Que todo aquel que quiera integrar nuestra nación debe evaluar su compromiso con el beneficio común, con un profundo “venezolanismo” como doctrina integradora, de familia, de progreso universal; lejos de ideales radicales y del fanatismo sin sentido. Que todo aquel cuyo propósito fundamental sea la familia, la felicidad de sus vecinos, el progreso, el bienestar común y la armonía como nación, siempre será bienvenido en nuestro país. Enseñarle a quienes por ignorancia, egoísmo o cualquier otra deplorable razón, promueven la xenofobia, que los venezolanos estamos muy por encima de cualquier limitación cultural y que estamos dispuestos, como siempre ha sido, a trabajar con los mejores para construir una nación global que maraville al mundo.

Hoy, los venezolanos estamos aprendiendo, de la peor manera, quienes somos dentro y fuera de nuestra tierra. Mañana, con ese conocimiento haremos un país de futuro pero esta vez sin olvidar que nuestras propias decisiones causaron tantas cicatrices, porque esos errores habrá que recordarlos como a nuestros muertos, siempre presentes. Y será VENEZUELA! Un solo sentir con mayúsculas, una sola familia muchos futuros.

 

Edmundo Minguet

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Author: El Reportero Anónimo