No se trata del fresco de Miguel Ángel que adorna el ábside de la capilla Sixtina en el Vaticano. Nos referimos al juicio inevitable que debe enfrentar el tirano Venezolano tarde o temprano. Ni que haga marchas de los mercenarios del Clad. Tristes marchas. Ni que la cubana constituyente grite más de lo debido, en la boca de un cabello dislocado, en la inmensa calvicie del régimen.